Me hice pasar por un extranjero solitario, sin celular ni conocidos. Fui a cuatro restaurantes de diferentes precios con la única intención de comer y al final decir que no tenía para pagar la cuenta.


Incluso me ofrecí a lavar platos para saldar mi deuda. Con la intención de presionar a los empleados del sitio, la hora escogida fue un poco antes del cierre de cada sitio. Un fotógrafo desde lejos me siguió todo el tiempo.La conclusión: lavar platos ya pasó de moda.

» Cilantro y jengibre: Calle 85, arriba de la Autopista
» Hora: 3:30 - 4:10 de la tarde
» Consumo: Plato del día: sopa de maíz, carne a la plancha, arroz, ensalada y plátano.
» Precio: 7.300 pesos

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Mientras hurgaba con desespero en los bolsillos y fingía mal genio porque me acababan de robar en el TransMilenio, la cara del mesero pasó de la risa a la rabia. Y ante la imposibilidad de dejarle en prenda algo de valor, pasó de la rabia a la amargura, miró hacia el techo y pensó quién sabe en cuántas formas de darme en la jeta, pero remató con un "pues vuelva y pague más tarde".

Ante mi insistencia de dejarle mis datos, el hombre despachó mi decencia con sabiduría: "Eso le queda en su conciencia". Primer restaurante y ya empezaban a cuestionar mi integridad. No me aceptaron la lavada de los platos, la recogida de las sillas ni la trapeada del piso. Ni siquiera recibieron mis datos. A los 15 minutos regresé, con la intención de demostrar mi honestidad, y el mesero ya se había ido. Quedé como un vil ladrón.

» Archies Calle 69 con carrera 10.ª
» Hora: 10:20 - 11:00 p.m.
» Consumo: una pizza napolitana personal y una Sprite.]
» Precio: 14.700 pesos

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El sitio estaba casi lleno, por lo que la mesera no entendió muy bien lo que yo le decía. Quedó fría. Solo atinó a llamar a la administradora, una paisa menuda, no muy dispuesta a comerse el cuento de mi billetera perdida en el taxi. Siempre me miró a los ojos, y soltó una pequeña carcajada cuando le insinué mi pericia en la lavada de platos. No sé si me creyó cuando le dije que no conocía a nadie en Bogotá, y más por librarse de mí que por solucionar las cosas, me dejó ir.

Otra vez por decencia, ofrecí mis datos, y esta vez sí los recibieron. Cuando pagué al otro día, el recibo tenía una pequeña nota en la parte de arriba: "Favor cobrar si vuelve el cliente".

» Crepes & Waffles Calle 118 con avenida 19.
» Archies: 9:30 - 10:40 p.m.
» Consumo: dos Club Colombia y una Pita Siciliana.» Precio: 21.000 pesos.

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A esas horas, yo era el último cliente en el restaurante. Las meseras esperaban recostadas en la caja su hora de salida. Cuando llegó la cuenta, hasta las miradas de los celadores estaban puestas en mí, y tuve que hacer un esfuerzo para simular mi desconcierto ante los bolsillos vacíos. Para mi sorpresa, la mesera lidió todo con la calma que da la experiencia. Agotó el recurso del amigo providencial y el del objeto de valor, y decidió dejarlo todo en manos de la administradora. La superiora me enfrentó y bajó mi defensa con un fuerte: "Entonces dime tú, ¿qué hacemos? Acá no usamos recursos como lavar platos. Yo puedo esperar hasta la medianoche".

Mi cara de idiota la suavizó un poco, y arreglamos todo gracias a mi abrigo, que quedó empeñado. Salí a la calle cagado del frío, y con la obligación de pagar al día siguiente.

» Café Renault Parque de la 93.
» Hora: 10:30 - 11:30 p.m.
» Consumo: unas patatas bravas, unos gnocchis 'alla' criolla, una Club Colombia, una Sprite y un tinto. » Precio: 38.000 pesos.

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Al recitar de memoria mi papel de extranjero desposeído, el mesero no perdió la compostura ni la amabilidad, y solo me preguntó si ya había buscado mi billetera en todas partes. Para disimular, miré en el piso y otra vez en los bolsillos, y confirmé mi pobreza.

Me preguntó por mis conocidos, y otra vez conté mi historia de habitante de hotel sin amigos ni familiares. Intenté por última vez sacar mis habilidades como lavador de platos, pero fue en vano. Casi me derrota cuando me dijo que fuera al hotel por plata y volviera, pero lo solucioné con una frase: "Me tocaría ir a pie, porque no tengo plata, y me demoraría un poco". Siempre amable, el administrador me aceptó los datos y me dejó ir con una frase: "Tranquilo, yo confío en usted". Al otro día, el administrador no podía creer que yo estuviera allá pagando, y me despidió con un sincero: "Que vuelva".
Este experimento SoHo se realizó en agosto de 2008

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