Sandra,

Como ves —he decidido escribirte— me acuerdo de ti. No sé muy bien cada cuánto pasa ni por qué, pero hay días en los que simplemente vuelves a aparecer en mi memoria.

Es bueno tu recuerdo, eso me alegra. A pesar de que han pasado tantos años, tantas cosas, de mi mente nunca se han borrado por completo las imágenes del tiempo que estuvimos juntos, de las cosas que hicimos y dejamos de hacer.

Eran otros días: más nuevos, menos seguros. Bellos y miedosos, raros y felices. Aunque indudablemente han quedado atrás, todavía añoro esas tardes infernales, en las que nos encerrábamos a oír a las chicharras, muriéndose de ira bajo el sol. Sudábamos juntos en tu cama, en cualquier parte, muertos de risa, pensando que afuera el mundo se desbarataba mientras nosotros empezábamos a vivir.

Es una felicidad extraña esta de recordar. Se confunde con la nostalgia que produce revisar las pocas cosas que van quedando cuando la vida se asienta; el ripio que terminamos siendo.

Hoy, escribiéndote, no dejo de pensar en la figura de un rosario roto, en un manojo deforme de recuerdos sueltos. Surgen las imágenes de la primera vez que te besé, de la noche en la que acabamos con el bar de tu casa, reponiendo lo que nos tomábamos con agua para que nadie se diera cuenta. Vuelvo a aquel día en el que decidimos sentirnos grandes, pactando una relación estrictamente física, lejos del amor.

No fue un buen negocio el que hicimos, eso quedó claro hace tiempo. Pero, ¿qué más se podía esperar? ¿Qué otra cosa podíamos hacer? No dejábamos de ser dos niños asustados, confundidos, jugando a imitar a un puñado de ídolos que no tardaron en revelarnos su fragilidad.

Hace diez, doce años, no había caso. No hubiera podido ser diferente. Pesaba demasiado la ilusión de algo hermoso, que intuíamos oculto tras nuestra irresponsabilidad. Perseguíamos espejismos, alucinados entre la velocidad y el vértigo.

¡Cómo iba todo de rápido! Desde el momento en el que descubrimos que nos deseábamos sin remedio, hasta las largas madrugadas en las que compartimos nuestros cuerpos en la soledad de un apartamento vacío, todo anduvo a mil. Finalmente llegó aquel mediodía triste pero necesario en el que decidiste dejarme, tras descubrir que habías sucumbido ante el afán irracional: quisiste adueñarte de mí.

Ese día se rompió nuestro contrato de amantes furtivos. Apareció el amor, cortante, entre los dos. Llegaron los celos, la ira, el egoísmo posesivo. Todo se acabó.

Desde entonces, nunca volví a saber de ti. Nos encontramos una vez —¿te acuerdas

— caminando por ahí, hace unos años. Me contaste que vivías en Alemania, que trabajabas en algo que nada tenía que ver con lo que estudiamos, pero que estabas bien.

Yo tuve que despedirme rápido. Mi novia de ese entonces —ahora otro recuerdo, como el tuyo, aunque diferente— me esperaba. Ocultando toda la pasión y violencia con la que algún día nos entendimos, fui formal y distante, mientras preguntaba las dos o tres tonterías que suelen compartir los extraños, antes de irme.

Pero te deseé igual. Seguiste existiendo, intacta. Me pareciste regia, con tus ojos desorbitados y tus fantásticas piernotas, idénticas a como las recordaba.

Idénticas a como las recuerdo ahora, aquí, solo y muerto de frío. Lejos de esa época, del calor del mediodía caleño, de la locura de la adolescencia, de aquella época en la que todo era tan nuevo y, por eso, tan bonito.

Lejos, y preguntándome si habrá días en los que te acuerdas de mí.

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