Desde hace rato se venía con el cuento de que Medellín estaba rezagada en materia de artes plásticas en comparación con Bogotá. Se hablaba como de un letargo y de un aislamiento en el que nadie, aparte de los propios paisas, sabía muy bien en qué andaba el arte por esos lados. Ya las dudas están disipadas y, además, la ciudad dio una lección con un evento que ha integrado no solo espacios de exposición sino también varios lugares públicos. Si usted ha estado en Medellín en los últimos seis meses o piensa ir antes del 30 de junio, seguramente se ha topado con arte por todas partes. Ni siquiera tiene que meterse a los museos. El artista japonés Tatzu Nishi, por ejemplo, construyó una "minicasa" justo en lo más alto de la iglesia de Barrio Triste, a la que pueden subir los visitantes y ver, en todo su esplendor, la cruz que domina la iglesia y que en condiciones normales no verían. El brasileño Cildo Meireles hizo dos paréntesis enormes en un parque, con el mismo material que se hacen los canastos, para que la gente pudiera recorrerlos. Las estructuras de cemento que sostienen el metro también fueron pintadas, y hasta la Casa del Encuentro (antigua sede del Museo de Antioquia), cambió su fachada: el artista mexicano Héctor Zamora rompió la pared que da a la calle y construyó un bar que permite que las prostitutas y los habitantes del sector lo usen.

La ciudad luce transformada y el movimiento en los museos es evidente. No puede dejar de ver la obra de Libia Posada en el Museo de Antioquia. Tomó fotografías de mujeres que han sido maltratadas físicamente y las ambientó de tal manera que, a simple vista, parecieran una pintura más de la colección del museo, confundiéndose entre retratos de mujeres en otras actitudes. Por donde vaya, hay arte. .


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