Se retiró de una mesa ovalada con un teléfono celular entre una oreja y el final de la horqueta de los labios, caminando a ritmo de pasarela, la mirada al frente pillándoselo todo pero dando la impresión de que no veía nada, los tacones marcando el tranco de unos zapatos cuadrados de Prada, hombros rígidos, brazo izquierdo tipo péndulo y golpecitos de cadera. Parecía negar algo, o regañar a alguien o, simplemente, discutir solo. Usted sabe: la bronquita personal de cada mañana.
—Pero, carajo: si el negocio no está para shortiar sino para recoger y fondiar...
La víspera habían perdido cien millones pero finalmente recuperaron cincuenta. Así tan fácilmente como habla de billones, no de los billones de Miami que son mil millones, sino de los de Colombia que son un millón de millones, ¿me entiendes?, suelta cosas como el anillo que le regalé el viernes por la noche a Roxana, la modelito de Twings; bueno, ese no valía un billón, pero sí un millón.
— ¿Estuvieron en Curazao?
— No. Esa es yip set: Santa Clara.
Sobraría decir que si se llama Roberto José es antioqueño, de Medellín. Y que si estudió en Los Andes, vino del barrio El
Poblado. Veintisiete años, hecho desde niño al agite y al acento de Bogotá, novia en Miami, a donde viaja cada quince días. Ella y su familia no pueden vivir aquí, ¿me entiendes? Es que si vienen,
secuestro.
Corte de pelo ni corto ni largo. Como dice Franklin Ramos silbando las eses: “entre clásico y moderno, una mezcla de estilos desmechados, algo muy alternativo”.
— El cuento es que cuando salgo de la ducha me lo acomodo con la mano para que agarre movimiento, ¿bueno?
La mesa ovalada se llama mesa de dinero y el lugar, una firma comisionista de Bolsa. Ellos son diez traders sentados al frente de diez terminales de computadora, veinte teléfonos fijos y otros tantos celulares, unos cuantos Avantel. A las espaldas un televisor habla en voz baja: es Bloomberg Televisión anunciando precios y tasas de
activos financieros en el mundo.
— Una compañía de Mike Bloomberg, el alcalde de “Niu York” que se hizo millonario cuando montó esta compañía, la competencia de Reuters.
Roberto José siente esta agencia más humanizada que las demás. No hay una guerra abierta, no es una jungla (todos contra todos), ni el jefe de la mesa de dinero repite a cada rato: “aquí no los tenemos a ustedes por ser buena gente sino para que produzcan plata”. Aunque realmente la medida de cada uno de ellos es su propia cartera de producción... Oiga: cuando muere un brocker, ¿va al cielo o al infierno?
— No va a ninguna parte porque no tiene alma.
Se escuchan diferentes voces a la vez, pero nadie grita, nadie gesticula, todos trabajan en camisa, algunos con la corbata floja:
— Tasafija ¿qué niveles tienes?
— Shortiemos.
— No, quedémonos quietos. (¿Sabes? Hay especulación por la proximidad de las elecciones.)
Roberto José, corbata de Gucci oscura con puntos.
— Nada de rosadas, azules claras o amarillas. ¿Sabes por qué? Porque “es propio de hojas muertas andar con el viento”. O sea: nada de ondas.
No obstante, lleva un traje de Hermenegildo Zegna gris nevado, chaqueta de tres botones.
¿Cuatrobotones? Ni por el carajo ¿Cuatrobotones como César Augusto Londoño? ¡Ju!
Pantalón entubado sin pliegues, bota doble de cuatro centímetros, camisa blanca.
— Pregúntele si nos puede fondiar veinte millones de dólares. Corfivalle compra.
En el ropero, chaquetas negras, grises nevadas y azules oscuras de Armani, de Serruti o de Segna. Es la pinta que llevan entre lunes y jueves. El viernes se cuelgan un blazer o un saco deportivo, “cuidado con el color café o el habano”, pantalón gris, zapatos tono miel, de amarrar y tal. El lunes se acomodará un milrayas de Polsileri.
Ahora son las diez y veinte de la mañana. A las nueve abrieron el mercado electrónico de la Bolsa de
Valores de Colombia, ellos le dicen MEC, y se escuchó un ohh cerrado.
Tasas de negociación, puntas de compras y puntas de ventas: el bid y el ask, o sea, demanda y oferta. Y así están todo el día comprando y vendiendo, ganando dinero en la diferencia entre compra y venta.

Diez y media.
— Agosto, trece sesenta, último cierre.
— ¿Has leído El póker del mentiroso? Habla de gente como nosotros porque uno siempre está cañando. Se trata de que el mercado no sepa tu posición.

Diez y treinta y cinco.
— Carajo, las pantallas se quedaron ciegas.
— Se cayó el sistema de la bolsa.
En el piso, al lado de sus pies descansa un
portafolios negro.
— ¿Qué marca?
Sonríe.
— Louis Vuitton, para el computador.
Le hubiera gustado estudiar letras y filosofía, lenguas clásicas. Es lo que realmente le llega al alma, pero no lo hizo. ¿Qué paso?
— Eso no da dinero. El gran filósofo Kid Pambelé es un tipo serio: “es mejor ser rico que pobre”.
Tiene tres relojes de pulsera, un Patek Philippe, un Rolex y un Cartier y cuando va a cenar al nairi therd park, —como realmente se le debe decir al parque de la 93 en colombiano posmoderno—, no deja de ver los catálogos de modelos de pasarela y reinas y reinitas de belleza que ofrecen por allí algunas mujeres de minifalda y medias
oscuras de seda.
— A las más conspicuas, porque se asoman a la pantalla chica algunas noches, hay que sacarlas del país. Pagas sin Iva ni retefuente...

Once de la mañana.
Les traen platos con fresas y ciruelas grandes, moradas. O con mangostino y uvas. Cada cual su gusto.
— Están comprando calls (opciones) al 17 de junio, a la tasa de mercado de hoy. La segunda vuelta electoral es el 16 de junio y la gente le apuesta a que va a ganar Uribe y hay optimismo: el 17 habrá euforia, bajará el dólar, se acabará la guerra, los guerrilleros entrarán al convento. Mire: el mercado es histérico y reacciona en forma excesiva con optimismo y pesimismo.
Trabajo de concentración absoluta que no permite pensar en la novia. La novia reaparece después del cierre. Un sueño de todos los días: mañana tomará la ai nairi faif que lo lleva a Brikel y en Brikel al Mandarín Oriental, quinientos dólares y pico la noche pero a ellos les dan descuento corporativo. Doscientos una habitación humilde, entre comillas —dice marcándolas con los dedos en el aire— en un hotel donde puede verse a Pavarotti, a Luis Miguel, pero en el ascensor cuando suben de su habitación al helipuerto...
— Ofrecen Uveeres del seis, del siete y del ocho.
— ¿A cómo?
— ¡Los ochos al siete dieciséis son del putas!
La noche del próximo sábado a cenar en Nobu, el restaurante japonés de Robert de Niro en “saud bich”: varios platos compartidos con ella “oll for de center”: creamy and spicy and cream shrimp, como quien dice, langostinos picantes y cremosos, sake, beef teriyaki, unas rodajas de carne flambeada en salsa teriyaki y algo de toro tartar...

Once y cuarto de la mañana.
— Ojo, los sietes van en noventa y tres veinticinco.
— Las puntas bajaron un poco con respecto a los niveles de apertura.
— Es especulación.
Y el domingo por la mañana un poco de tenis en el Ritz Carlton o en el Ocean Club de Key Biscayne.
— Especulación. Están dejando que la gente coja confianza para vender más y luego comprar más alto. Manipulan los precios de las acciones porque el mercado es poco profundo. El accionista minoritario está a merced de los grandes grupos económicos que manejan las cuerdas.
Y si no juegan tenis, porque a Maripaz le duelen los tendones, se van directo a...
— Oh, “boi”, a la playa....
— Pregunte qué comisiones le piden de entrada.
La playa en “saud bich”. Relax total “¿iu nou?”
Son fines de semana de tres mil dólares. Y el lunes en Bogotá: frío y llovizna. Soledad.
Y el martes terminar la jornada y a las cinco de la tarde tomar el BMW y partir hacia el norte, hacer la U en la autopista y regresar unos metros, entrar por la vía al aeropuerto de Guaymaral, detenerse frente a una casa elegante, la de Alvarogiraldo, un hombre famoso que vive en Miami y viene a leerle el aura a los de la Bolsa y a ex presidentes con ínfulas de yupis y a locutores con ínfulas de yuppies y a aquellas pocas chicas de la televisión que ganan para meter dentro de su cartera cuatrocientos mil pesos con qué pagar el aquelarre.

Once y veinte.
— El cierre está al catorce diez.
— Le pegaron al catorce diez. Oferta y demanda empatan. Hay cierre.
Una hora y media después, Roberto José abandonó la casa —justo cuando entraba el ex presidente recién llegado de Washington—. Estaba convencido de que Álvarogiraldo le pega al futuro, aunque al comienzo le dijo lo mismo que a muchos:
— Usted atraviesa por una etapa de siete años en la cual tendrá gran éxito, bla, bla, bla, pero luego le dio a cosas que lo dejaron aterrado. Dijo nombres propios, lugares exactos.

Once y media.
— “Oh. Is an advenchur”. Son veinte mil millones al veinte cero seis.
Álvarogiraldo le preguntó:
— ¿Usted tiene un amigo que se llama Mateo?
— Sí.
— Ese man no le conviene. Es muy ambicioso, retírese de él.
Con Mateocorrea iba a hacer un gran negocio.

Once y cuarenta.
— ¿Por qué niveles salen?
— A nosotros nos los dan al siete quince.
Álvarogiraldo lo describió perfecto, con sus aires de nuevo dueño del mundo que un día salió de la universidad muy sano, es decir, muy sencillo y cuando vio que comenzaba a ganarse unas cifras para él absurdas y para el país absurdas, perdió el sentido. A los seis meses recibía un promedio de ochenta millones de pesos, había cambiado
de coche y dormía en lo más alto de un edificio en lo más alto de las montañas bogotanas.

Once y cincuenta.
— Pongámosle cien milloncitos, como para meternos en ese “bisnes”.
Hoy dice que comienza a despertar porque, definitivamente, ha descubierto que se mueve, en parte, solo en parte, en un mundo ficticio porque, claro, mucho de lo que gasta no es suyo. El miércoles en Harri Sasson se encontró con uno de sus clientes que cenaba con toda su junta directiva. A las once de la noche pagó un millón seiscientos mil pesos. Hoy le reembolsarán aquel dinero.

Doce y media:
El dólar subió quince pesos porque no había demanda. El síndrome de elecciones. Luego bajó al trece: veintitrés
trece. Hay resistencia al quince.
— Sí, un millón seiscientos mil, dinero ajeno, pero, ¿sabes?, la gente dice: “ese man es un millonario”.

Una de la tarde:
— Catorce quince. Último cierre.

Almuerzo de trabajo:
“Ayer llevábamos ochocientos millones ganados”. Por la tarde planifica el día siguiente: “la meta de cada uno de nosotros es producir tres veces nuestro sueldo básico”. Antes de anochecer, se va al gimnasio: “debo estar en plena forma, si anoche hubiera bebido, hoy habríamos perdido cincuenta millones. Fue un día estresante”.
Luego a casa, media hora dentro del jacuzzi: “Qué día, qué volatilidad. Ese swap del gobierno no permite mayores negocios...”
— ¿Estefanía? Te recojo a las diez. Sí, el aniversario de Sayaka.
Cuando sale mira el cuadro con la imagen de las Torres Gemelas y sobre el marco, una pequeña bandera estadounidense a media asta: “Ja”.
— Vamos, vamos, le ordena Federico, el conductor a quien le pide que coloque el último Ci Di de Carlos Vives.
— Súbale a esa vaina.
Tres cuadras adelante Estefanía salta dentro del auto y dice que afronta un grave problema. ¿Cuál? “La pinta. Qué mamera esta pinta, carajo”, pantalón clásico totalmente recto, botas altas, pelo alisado cuando normalmente lo lleva ondulado, camisa negra semitransparente... “Porque sólo se le ve el pezón”, dice él.
Estefanía estudia modelaje y actuación pero su pinta habitual son yins talle bajo, bien desteñidos, bota ancha, camisa de lino suelta, respectiva mochila traída de la Sierra... “Nada que hacer, hoy es una fiesta especial, en el World Trade Center, pero el de las torres pigmeas y subdesarrolladas del norte de Bogotá”.
— Estefan, hoy fue un buen día.
— ¿Cuánto?
— Ya te lo voy a decir.
La plazoleta está iluminada con luz azul, afuera hay trescientas personas esperando que abran las puertas, luego llegarán más. Adentro un salón amplio, no hay butacas, en el centro una barra circular: “Tomaremos absolut vodka, Estefan: ¿Con qué lo quieres? ¿Magic Man? ¿Red Bull? ¿Vodka no? ¿Ginebra? Yo sí tomaré vodkita... Normalmente movemos veinticinco mil millones en operaciones, pero hoy fueron setenta mil…”
— La música es una nota.
— Te gustan los ritmos de retro?
— Sí, los setentas y los ochentas, un poco de disco, funk, acid jazz, algo pop y dance en español y después el loco de Carlos Vives...
— El mercado de deuda pública está demasiado especulado por la vecindad de las elecciones. Los inversionistas tienen una incertidumbre muy grande y quieren estar antes del seis con las posiciones livianas.
— Its raining men: The Weather Girls ¿Te gustan?
— Sí, pero prefiero Yo te quiero dar, de La Mosca... ¿Sabes? Hay que estar con la liquidez disponible porque en estas volatilidades se presentan muchas oportunidades de negocio: comprar a tasas altas.
— Le pegaste, Andrés. Está en oferta La Mosca.

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