En muchas ocasiones puede tratarse de un espacio con poco paisaje. Un cuarto blanco, diáfano. pulcro. Puede ser todo lo contrario también: en un taller de mecánica, en un sórdido rincón con grasa y herramientas incluidas. 

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La responsabilidad no recae únicamente sobre el fulano. De hecho, me acuerdo de un momento vivido hace muy poco en medio de una tarea periodística: un lugar atestado de cámaras y con toda la adrenalina flotando en el ambiente entre miles de reporteros llegados de todas partes del mundo. Cada quien sentía un extraño erotismo en medio de tanto afán. La mirada estaba puesta en la lente; la mirada siempre es clave, siempre fija para no perder todo gesto posible. El sonido era una combinación entre murmullos y algo de música de fondo, aunque primaba el silencio interior.

Concentración. El tictac del reloj no existía. El calor poco a poco empezaba a sentirlo en la cara. Entre ensayos y movimientos previos, el minuto exacto antes de ir al aire empecé a sentir corrientazos que poco a poco me quitaban la respiración. Una mezcla entre pasión, gusto y mucho miedo. De repente, como quien va sintiendo el punto de ebullición, la luz de la cámara que se prende y un largo, larguísimo respiro: "Habla". Y entonces, la creación, la explosión, un lamparazo, un respiro, un instante, la perfección.

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