Uno de tus hermanos me lanzó el otro día una pregunta peligrosa: "¿Cuál es el sentido de la vida?". Tuve que confesarle que a estas alturas no tenía la menor idea. Hace años, le agregué, disponía de algunas certezas frágiles que me servían para aproximar respuestas. Ahora solo me queda una certeza: no lo sé ni lo sabré nunca.

Todo se reduce, entonces, a procurar unos recursos para la manutención, para el estudio, para el consumo. Y por supuesto muchas prohibiciones y regaños, y docenas de docenas de consejos inútiles. Doblemente inútiles: porque se dicen sin convicción y porque los hijos harán invariablemente lo contrario.

A la estupidez de los padres sobre la vida, habría que agregar una especie de extrañamiento que el paso del tiempo, la tecnología, la ciencia, las modas, el lenguaje, van consolidando sin vestigio alguno de compasión. A veces los veo a ustedes, mis hijos, con la misma perplejidad con la que observaría a un marciano. Es más coherente, sin embargo, aceptar que quien tiene antenitas encima de las orejas soy yo.

Toda esta carreta, señor honorable representante a la Cámara, primogénito y mayoral, para expresarte que lo que me propongo, vale decir, una carta que contenga consejos, recomendaciones, alertas y cosas por el estilo, es una tarea que yo no podré efectuar a satisfacción.

Mi perplejidad, mi embarazo, mi turbación y mi incompetencia son aún mayores en tu caso, por culpa de la profesión, el oficio, o lo que sea, que escogiste. Tengo con la política unas relaciones siempre conflictivas. Y tengo por los políticos los mismos márgenes de incredulidad y desconfianza que acaso todos los habitantes del planeta Tierra tienen con ellos. Me da mucha pena, a la mejor manera de Juan Manuel Santos, pero así son las cosas.

Claro que esa pobre reputación de lo político es en parte intencional, insidiosa y perversa. El discurso neoliberal conduce a una trampa ineludible: si todo individuo actúa en función de la satisfacción óptima de sus necesidades e intereses, ese individuo no escapará a la tentación de usar un sistema de relaciones institucionales que le permita potenciar al máximo esa tendencia. La legitimación de lo público sería inalcanzable y por lo tanto sólo lo privado, que es peor o mínimo igual, debe conducir los intereses públicos.

En otras palabras, no hay salvación, porque lo privado es desalmado, mecanicista y codicioso, pero lo público, desde la óptica y racionalidad económica y política de cualquier Hayeck, participa de esas dudosas virtudes sociales, las reproduce y las fortalece. Lo peor, honorable representante, es que ambas partes, que son bipolares pero idénticas, parecerían tener la razón.

De cualquier manera la política es la ciencia del poder. Y eso significa, Armando Alberto, arriesgarse diariamente a la mentira. Quienes ejercen el poder fingen ignorar que no existe. Esa su verdadera fortaleza porque no hay manera de luchar contra lo que no es real. Por eso la intangibilidad de Dios y la temible fuerza de las iglesias. También de los banqueros y financistas, que guardan el secreto de que el dinero tampoco es real.

El mercado es una teología indemostrable que sabe que no es más que la continuación de la guerra por otros medios. Los ciudadanos, si es que aún no todos hemos degradado en consumidores, estamos en medio de una soledad total. Los poderes mediáticos, acólitos y diáconos del poder, o de su ilusión, rehacen y consolidan esa ruidosa soledad. El mundo desarrollado, y el nuestro, el de la indigencia y las democracias de papel, es sordo a la música del universo, indiferente a sus esperanzas, sus sufrimientos sus crímenes.

¿Cómo prevenirte de todos esos peligros? ¿Qué lenguaje no resultaría vacío, retórico, decadente, demasiado metafísico? ¿Cómo decírtelo sin que parezca una debilidad geriátrica? ¿Cómo saber, finalmente, si mi pensamiento caótico, libertario, controversial, irreverente, desilusionado, termine en sentencias atolondradas y consejos retorcidos?

¿Y cómo atreverme a matar tus sueños, y el esfuerzo que has hecho hasta aquí, con resultados que superaron todas mis expectativas? ¿Y cómo negarte que cuando te veo en ese oficio que a veces parece una emboscada de la vida, me conmuevo y te admiro, y te respeto más, pero también temo siempre que algo vaya a salirte, a salirnos mal?

Por todo esto no quedan mayores recomendaciones. Tal vez un apretado catálogo de cosas que no debes olvidar, por difícil que parezca conciliar esa memoria con los gajes del oficio:

Que el poder es un peligro, una concupiscencia, casi un pecado.

Que la democracia es más capitalismo que democracia.

Que los derechos humanos económicos no son de tercera generación o categoría, sino que sin ellos no hay ciudadanos.

Que los pobres no son el problema sino las víctimas.

Que toda arbitrariedad desde el Estado es un crimen.

Que la moral y la ética no obedecen a una racionalidad individualista de mercado, sino a los restos de la dignidad del hombre.

Que la libertad es primero que el orden, porque sin ella no hay más legitimidad que la fuerza.

Que la igualdad no es un sueño sino el presupuesto insustituible del orden social y político.

Que los partidos son perversos, pero que sin ellos solo tendremos grupos de interés, facciones y mafias.

Que la sociedad civil no es aquello que queda cuando restamos la institucionalidad, sino hombres, mujeres, niños y ancianos.

Que toda violencia, incluida la del Estado, es un delito atroz.

Que los medios de comunicación son el peligro más efectivo de las sociedades civiles del tercer milenio.

Que la globalización y las liberaciones financieras tienen como propósito que las clases 'inferiores' vivan en otros continentes, lejos del primer mundo.

Que las clases sociales y sus luchas se acabaron en el primer mundo, pero son verdades anacrónicas y de sangre en África, Haití y aquí.

Que solo los poetas, que no los filósofos, ni los militares, tienen las preguntas, así tampoco tengan las respuestas.

Que un poco de ternura y de compasión son las únicas claves contra la angustia repetida del hombre.
Me temo que el día que puedas hacer tuyos estos requerimientos vitales habrás escapado de la política y yo de la vida.

Un afectuoso abrazo de quien te quiere más que nadie, a pesar de tantas diferencias.

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