Pero en realidad no conocemos a ciencia cierta el profundo significado de estas palabras. Es rudo el camino de aquellos que eligieron para sus vidas llevar canciones de mesa en mesa, de puerta en puerta y de corazón en corazón. Son espartanos que resisten para que no se cambie el amor y el romanticismo de ayer por la banalidad y la vulgaridad de los nuevos tiempos. No importa si el músico viaja en avión o en buseta, cena en el Ritz o en el Desayunadero de la 42, si canta en el American Airlines Arena o en la 49 con Caracas en Bogotá. Porque, dejémonos de pendejadas, ser músico popular nunca fue visto como una profesión seria que pudiera brindar seguridad y estatus a la persona que la ejerciera, pero bueno, después seguimos hablando de eso.

Permítanme presentarles al cuarteto Los del Sol: ellos son la típica agrupación nacida bajo la inspiración de aquellos famosos tríos mexicanos de bolero (ver conexión Cuba-Yucatán) de los años cincuenta, como Los Panchos, Los Tres Ases, Los Tres Diamantes, Cuarteto Rufino y de agrupaciones colombianas como el Trío Martino, El Dueto de Antaño, Los Isleños, etc. Grupos fascinados también por el glamour que trajeron a nuestra identidad el bolero cubano y la canción puertorriqueña. Ahora sí, permítanme presentarles a Benjamín (Mincho) Valencia, vocalista y una de las guitarras punteras del cuarteto. Benjamín es el ideólogo del grupo, el estratega o mejor dicho el que impone el repertorio, tiene voz de locutor y me habla como si estuviera narrando un evento y tiene, por supuesto, licencia del Ministerio de Comunicaciones y carné de la Asociación Colombiana de Locutores. Fue animador y presentador del mariachi México Lindo, y tiene una memoria prodigiosa para recordar nombres y apellidos de los clientes que dan buenas propinas y valoran de mejor manera su trabajo. Y ahora les presento a su hermano mayor, don Emilio Valencia: arpista, guitarra puntera, guacharaca y capachos, es el cerebro musical, un poco más discreto que Benjamín, pausado y tranquilo; es, además, el administrador y contable de la pequeña organización. Y el otro es don Germán Solazo: guitarra acompañante y segunda voz, el más callado de todos, noble y educado, como que es de Belencito, Boyacá. Él es el complemento perfecto de los hermanos Valencia para conformar el trío Los del Sol.  
¡Ah!, pero claro, yo les hablé de un cuarteto, y sí, el cuarto soy yo: Carlos Alberto Vives Restrepo y he caído como anillo al dedo en este trío, no por ser más conocido que ellos sino por tener en mi crianza musical la mezcla perfecta de géneros que dan forma a lo que podríamos llamar hoy El Trío Colombiano:  

Mamá paisa = Dueto de Antaño, Jaime R. Echavarría, tangos, Los Chalchaleros. + Papá costeño = Boleros y vallenatos.

Sumen y se darán cuenta. Soy guitarrista acompañante por debajo de don Germán, del que me copio todo el tiempo, y primera voz cuando Benjamín lo permite y no me cambia el repertorio. 

Me identifico mucho con mis tres compañeros, con sus vivencias y sus esperanzas, y estoy muy contento de compartir con ellos y con los lectores de SoHo una noche en el trío Los del Sol.

Son las ocho de la noche, es lunes y con los músicos nos dirigimos a un restaurante tipo fonda antioqueña donde se da comienzo a nuestro trabajo. En la puerta nos recibió el "gerente", que aunque conoce la trama hace sentir su jerarquía y le recuerda al músico su lugar: la monta de que ya estamos tarde y hay algunas mesas que ya están comiendo.
Paso seguido entramos a nuestro camerino que, por supuesto, no es un camerino; es un lugar adaptado (durante mis más de 15 años de carrera como actor en mi país siempre fue así, no había un lugar especial para los artistas… espero que eso haya cambiado) en donde afinamos las guitarras y repasamos el repertorio. Les pedí que empezáramos con una canción que yo me supiera bien, ustedes saben, la primera impresión es la que vale. Así que escogí Me estás haciendo falta, de Jaime R. Echavarría, la R es de Rudesindo. Pero mi escogencia no fue afortunada, pues nos acercamos a una mesa en la que había dos señores de muy malas pulgas conversando, uno de ellos cortó nuestra inspiración ipso facto diciéndonos: "¿Les parece que tenemos cara de enamorados? ¡Canten en otra mesa porque estamos hablando de negocios!" y nos mandaron a volar. En la mesa donde aterrizamos había cuatro hombres que comían de manera bastante generosa. Benjamín pendiente de que yo no cometiera el mismo error me gritó en voz baja: Pescador, lucero y río, un bambuco costumbrista de José A. Morales que de inmediato interpretamos. Empezamos a cantar con mucha emoción patriótica mientras los señores, que eran turistas venezolanos, no quitaban sus ojos de la comida y menos mal, porque el pegante de mi bigote empezó a fallar con el sudor provocado por la tensión del momento. En la mitad de la canción el bigote salió volando y se posó en el hombro de uno de los comensales bolivarianos que siguió comiendo sin percatarse del hecho. Terminé la canción de espaldas a la mesa, y fui rescatado rápidamente por la producción y llevado a maquillaje para ponerme un nuevo bigote, una entrada rápida a pits y de nuevo a las mesas. Llegamos a una de solo mujeres, un grupo de compañeras de trabajo que celebraban alguna ocasión especial y nuevamente Benjamín se adelantó y preguntó por una petición y ellas, por supuesto, pidieron una de las únicas canciones antioqueñas que yo no me sabía, la emblématica El camino de la vida. Emilio se dio cuenta, me pasó las maracas y me relegó a la parte de atrás. Al poco rato otra vez voló el bigote y ya nada se pudo hacer, las muchachas miraban extrañadas al maraquero "transformer" y a nuestro equipo de producción que, gateando en el piso, buscaba afanosamente el mostacho. Tocamos una andanada de canciones en las que logré coincidir con el repertorio oficial para así volver a ocupar mi puesto de guitarra acompañante y logramos sacar algunos aplausos en la escasa concurrencia. Cantamos Pesares, de José Barros; Cuando voy por la calle, de Jaime R., y Te busco, de Lucho Bermúdez, entre otras. Bueno, y obviamente ya sin el bigote comenzaron a reconocerme. Y entonces nos pidieron que un vallenato, que Bovea, que Buitrago, que Escalona y al fin el primer descanso.  
Regresamos al camerino, nos reímos del bigote que nunca pegó y brindamos con otro aguardiente. De repente mi productora me dijo que uno de los señores venezolanos quería hablar conmigo. Cuando salí me preguntó: "¿Usted es Carlos Vives?". Yo le dije que sí, que a la orden, y en seguida se tomó una foto conmigo y me dio 10.000 pesos. Aquí fue cuando entendí que el contable era Emilio, pues me llamó al orden por la plata que acababa de ingresar. Otro aguardiente y otro más, y nos venían a la memoria más canciones en común, ¿y en qué tono? Y venga que entró el administrador y hágale que llegó otro cliente.  

Se trataba de una pareja. Estaban en una mesa, apartados. Benjamín los conocía y los saludó muy especialmente, Dr. tal y su novia tal, me presentó, y en seguida dio la orden de arrancar. El cliente me miraba de reojo, Benjamín comenzó con Cosas como tú, preciso el único bolero que no me sabía… y con el mismo gesto me hizo entender que debía ocupar otra vez el lugar de maraquero. La pareja de enamorados me miraba con un poco de risa hasta que a la tercera canción se rompió el hielo y el cliente hizo saber que me había reconocido. Me preguntó que si cantaba rancheras y cuando fuimos a entonar la primera nos llamaron para atender otra mesa, una pareja de enamorados algo tímidos, y Benjamín nuevamente cometió el error de preguntar por el gusto musical. ¡Esta vez sí me sabía la canción! Somos novios, de Armando Manzanero. Pero mis mosqueteros no se la sabían. Con todo y eso me acompañaron los muy descarados. Menos mal la pareja estaba muy enamorada y no les importó la empantanada que nos metimos con la hermosa canción del gran yucateco. Tocamos hasta que en el lugar irrumpió a trompetazo limpio un mariachi y entendimos que era hora de emigrar y buscar trabajo en "la playa", como le llaman al tuche de los músicos en la calle 53 con Avenida Caracas. Pero antes de salir del restaurante, Benjamín concertó una serenata para una madre de parte de sus hijos, por la que había cobrado 200.000 pesos pensando que yo conocía al cliente. Cuando le dije que no era así, Benjamín golpeó la guitarra con la mano y me dijo: "¡Hombre, hubiéramos cobrado por lo menos 300.000 pesos!"

Pero bueno, ya estábamos en un acomodado barrio de la capital y coincidimos en que la canción Mama vieja podía ser uno de los temas en la serenata, pero cuando la hija de la homenajeada nos oyó, dijo: "¡No, no, Mamá vieja no! ¡Mi mamá los echa de la casa si cantan eso! Ella es cartagenera y se jura una pelaíta, tienen que tocarle La araña con pelo". Y nos morimos de la risa, y por ahí arrancamos: Luego llegaron Noches de Cartagena, de Jaime R.; Cartagena contigo, de Alfonso de la Espriella, y después de seis canciones ya era la una de la mañana. 

Ahora sí, nos dispusimos a ir a "la playa" de la Caracas. Benjamín, Emilio y Germán saludaron a todos y me presentaron ante el gremio con mucho orgullo, todos me querían dar la mano y me sentí identificado con ellos. Entramos a una cafetería, echamos pola y conversamos, y fue tiempo suficiente para saber que la situación de la música de aquí no es buena, que no se trabaja en el mejor lugar ni con las mejores condiciones, y que cuando solo queda el alcohol las cosas tienden a empeorar en la vida de mis compañeros. Nos rodearon todos, allí estaban el Mariachi Villajuarez de Abnegado Pinzón que ya ofrece además trío y servicio de filmación; también estaban Los Sensibles del Vallenato y Yimmi Carrillo, su director, y también Pedro Herrera y su conjunto, y todos se despidieron mientras nosotros nos alejábamos en la camioneta, para detenernos en alguna calle solitaria de Bogotá y cumplir un compromiso fotográfico adquirido con esta prestigiosa revista. Ya eran las dos de la mañana, a mi guitarra le hacían falta dos cuerdas y aunque yo no daba más, contraté al Trío del Sol para una última serenata, esta vez para la novia de uno de los integrantes del grupo. Fue el momento cumbre de galantería de parte de Benjamín hacia la novia de su compañero. Me mató cuando arrancó la serenata con Antioqueñita. Al final, me pidieron un último aguardiente, pero se tuvieron que conformar con lo único que tenía: un Baileys. Nos fundimos en un abrazo de despedida. 

Después de la serenata y sin quitarme la ropa de trabajo, caí extenuado en el sofá de mi casa pensando en lo dura que es la vida del músico. El reloj marcaba ya las tres de la mañana.  

 

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