La veía en sus primeras fotos y la encontraba más convencional, más acorde con la época que ahora en sus últimos años cuando había rebasado cualquier frontera de la moda. Se había vuelto más osada en los videos y a cada presentación suya se le añadía la expectativa por sus zapatos y por el color de su pelo. Uno la oía cantando con roqueros y la sentía tan joven como ellos; cantando sin miedo y sin esfuerzo, como si la guitarra eléctrica y la batería fueran los instrumentos que la educaron musicalmente. Ella no se limitó a su época ni se dejó apabullar por los nuevos ritmos; siempre estuvo atenta para cantarlos y para convencernos de que toda música surgía de la mano de Celia Cruz.

Nunca pensé que fuera a morirse porque no tenía fecha de nacimiento, no tenía edad porque sobre este tema nunca hubo acuerdo; toda la gente que ha coincidido en estos dos siglos conmigo, vivos y muertos, damos fe de que Celia ya estaba ahí cuando nacimos. ¿Cómo iba a morirse, entonces, alguien que ya había pasado airosa la edad en la que todo el mundo se muere? Alguien que, además, no se veía consumiéndose en la decrepitud, sino al revés, recuperando bríos con el paso de los años, al punto que sólo a muy pocos les aguanta el cuerpo para seguirla en el entusiasmo de sus conciertos.

Nunca sospeché de la posibilidad de su muerte porque más que humana la sentía etérea, con esa fuerza divina que les pertenece sólo a quienes son parte de una leyenda. Su energía era de naturaleza contagiosa: a pesar de los problemas y las vicisitudes, no hubo quién que estuviera cabizbajo, que a pesar del agobio no soltara una sonrisa, o se olvidara por un instante de su molestia siempre que, por casualidad o no, se encontrara con la voz y la figura de Celia Cruz. Después volvíamos a los trajines y a los asuntos sin darnos cuenta de que al verla habíamos experimentado la felicidad de los segundos. Tenemos que considerarnos los más privilegiados al haber coincidido con ella en este fragmento de la historia, y preguntarnos, con pasmo, cómo pudieron vivir en el pasado, cómo vivirán en el futuro, los habitantes de este pesado planeta sin el aliciente de la existencia de Celia. A los que nos tocó al menos nos queda, a partir de ahora, el recuerdo.

Y ahora dizque está muerta. Que se ha ido a otros ámbitos, a la misma esfera que habitan los santos. Y aunque santos no hay, ella se quedará sin serlo, a pesar de tener los méritos, porque no se parece en nada a las monjas aburridas que beatifican, ni a los curas pedófilos que canonizan, ni a los infames asotanados del Opus Dei que entronizan en el cielo. Pero por suerte no hay patria celestial, ni Celia Cruz se parece a ellos. O tal vez será imposible santificarla por la sencilla razón de que no ha muerto, ni morirá; ya muchas veces se habló de su muerte y al poco tiempo apareció cantando con el pelo azul y trepada en unos tacones imposibles. Habrá que esperar a ver si es cierto, y si resulta que era mortal tocará pedirle, entonces, que nos invente un cielo a los que no creemos. Pedirle que nos siga dando la alegría nuestra de cada día para soportar esta templada existencia y para aguantar este fastidioso frío que nos entristece y nos maltrata.

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