En tiempos en los que se junta el desespero con las ganas de hacer dinero, lo más acertado es fundar una religión. Es el mejor negocio de todos. Para darle vida a un partido se requieren muchas mañas, que con el debido juicio se aprenden, y un corazón de piedra, que una vez tomada la decisión, se esculpe solo. También se necesitan dos bolsillos bien grandes para meter plata —los sastres dispuestos a confeccionarlos abundan— y una garganta lista a las falsas promesas para cuando haya que salir a la plaza pública en busca de votos. En realidad es poca cosa. Como anotó el pesimista: "Cuando era niño, me dijeron que cualquiera podía llegar a ser presidente; ahora estoy comenzando a creerlo". Crear una religión es otro asunto. Hay que tener una inventiva muy particular, no en vano el alma es la moneda con la que se negocia. Regina Betancourt de Liska tiene ese peculiar don, que casi malgasta cuando se metió en la política. A finales de los años setenta sucumbió a los halagos y creó el Movimiento Unitario Metapolítico. Su símbolo era una escoba, con la que pretendía barrer a todos los corruptos. Como suprema líder del partido alcanzó a ser concejal, representante, senadora y tres veces aspirante a la presidencia de Colombia. En la última candidatura dejó rezagados a Maza Márquez y a Enrique Parejo, y sumó 64.131 votos, cifra que convirtió a Regina en la cabeza de la quinta fuerza política de Colombia. Pero, como era de esperarse, la política le pagó como mejor sabe. A mediados de los noventa perdió su investidura por el delito de concusión, pasó por la detención domiciliaria, se le acusó de un falso secuestro para reparar su popularidad entre los votantes y muchos de sus colaboradores la traicionaron. Sabiamente se refugió de nuevo en sus hijitos, como llama a sus "tres millones de seguidores", y supo capitalizar sus derrotas en beneficio de su verdadero arte, el de ser Mamá Regina, una figura con tintes mesiánicos construida con férrea disciplina y una delirante organización a través de 35 años.

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Regina 11 tiene tres santas sedes. Una en Medellín, a donde llegó muy joven proveniente de su lugar natal, Concordia, Antioquia, otra en Cali y una más en Bogotá. Dicen que la de Medellín es la más bonita, parece una hostería. La de Bogotá queda en la calle 13 con 68, en plena zona industrial. Es un edificio de dos pisos y 1.500 metros cuadrados con características de centro comunitario. Cuenta con una vieja cafetería tipo autoservicio con sillas a las que la espuma ya se les sale por los costados y una especie de miscelánea de barrio con aparadores metálicos donde sus seguidores pueden conseguir cualquier cantidad de objetos relacionados con su culto. Hay muñecas semidesnudas a su imagen y semejanza, productos de aseo para la casa, jabones para el cuerpo, velones, collares, anillos, libros, revistas, afiches, calendarios, destapadores con su nombre escrito en el tipo de letra del programa de los años sesenta Tierra de gigantes, camisetas, calzones y calzoncillos magenta y amarillo, los colores que la distinguen, y otra cantidad de chucherías. En otra esquina están las oficinas administrativas, una de ellas destinada a Regitours, su agencia de viajes, una imprenta, consultorios médicos para los abonados; y en el centro de toda la estructura, lo más importante: un inmenso salón que vale la pena describir en detalle para asomarse a esa extraña mezcla de religión católica, metafísica, eventos paranormales, sanación e indigenismo producto de un cerebro antioqueño que está a medio camino entre lo chabacano y lo genial.

Lo primero que un incauto nota al entrar es el cielo raso, que en la mitad se abre en forma de pirámide hacia el cielo. Del vértice cuelga una lámpara enorme. Este es quizás el puesto más codiciado por sus seguidores. El que queda debajo de la lámpara recibe un baño de luz que lo fortifica. Ahora las paredes. En la del fondo se lee "Bienvenidos a la última frontera del campo magnético de Regina 11". En la opuesta está grabado lo que parece un versículo bíblico traducido al venusino. A su lado cuelga un centenar de cintas de colores parecidas a las de las tunas. Son agradecimientos por los favores concedidos por Papá Liskita, el difunto marido de Regina.

Danny Jay Liska Tikalsky medía 1,94 cm y era de ascendencia checa. Nació en Nebraska, tenía conocimientos de biología y recorrió el continente en una moto BMW. Conoció a Regina en Medellín y se enamoró inmediatamente de aquella pequeña mujer de ojos verdeazulados, voz firme y uñas largas. Muchos dicen que Dany fue el responsable del auge de su esposa. Según el libro Regina 11: ¿Salud, dinero y amor

, una completa investigación de los periodistas Donaldo Donado y María del Pilar Hernández, Dany le consiguió, por ejemplo, la columna que a mediados de los setenta tuvo en la revista Cromos, titulada ‘Las respuestas de Regina 11‘.

Además de ser la cabeza de la expansión del culto a Regina, el aventurero y doble de Yul Brynner en la película Tras Bulba, que moriría de leucemia poco después de la liberación de su mujer por parte de Colombia Viva, una extraña disidencia del

M-19 que la retuvo cinco meses, contribuyó a la simbología del culto, plagada de referencias católicas. Él y su hija Johana completaban la sagrada familia, la perfecta trinidad.

Una muestra de la influencia católica en el reginismo son los cuadros de otra de las paredes, grandes óleos que imitan escenas del Antiguo Testamento donde Regina levita entre sus discípulos. Pero quizás la más desconcertante tiene que ver con un pequeño busto ubicado al final del salón. El busto tiene tres cabezas, una de ellas representa a una joven y delicada Regina, otra es Jesucristo y otra, un Papa muerto, que en toda esta maraña armada para cautivar almas tiene un significado especial. Lo mejor es que sea la misma maestra la que lo explique: "Mientras los ejércitos del Eje asolaban Europa, Regina a la edad de cuatro años estableció contacto mental con un pequeño y rechoncho italiano, obispo de la Iglesia católica, a la sazón residente de Estambul, Turquía. Su nombre era Angelo Roncalli, quien más tarde vino a ser su santidad Juan XXIII". Fue él, el rechoncho italiano, el responsable del advenimiento de la doctrina de Regina.

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A lo largo del año los reginistas celebran 45 ceremonias diferentes. Una coincide con el jueves santo, otra con el Año Nuevo y una más tiene lugar el día once, del mes once, a las once de la mañana, pero la más importante es la que se lleva a cabo el 16 de diciembre. Ese día marca la llegada a la tierra de Mamá Regina.

Es domingo, día del Señor. Son las tres de la tarde y ya casi los 1.200 seguidores de Regina que vienen a celebrarle su natalicio están sentados. El 90 por ciento está compuesto por ancianas o mujeres mayores de cincuenta años. Algunas visten con largas túnicas confeccionadas en esa tela medio brillante que se usa para hacer los uniformes deportivos, otras llevan una especie de delantal con la imagen de su Mamá espiritual repujada en la espalda. Algunas tienen sobre la cabeza una especie de turbante, y casi todas un collar del que cuelgan once anillos de alambre unidos entre sí, al que llaman mandala. Este es el grueso de la masa que adora a Regina 11: mujeres viudas, pensionadas, marginadas, solas, sin otra cosa que hacer los domingos más que visitar a su Madrecita. Pero su presencia no se explica solo por su condición. Regina conformó su séquito gracias al programa de radio que conducía en Todelar, a mediados de los setenta. En él daba sencillos consejos de vida con ese discurso dicharachero, salpicado de chistes de doble sentido, consignas seudofeministas y campos energéticos, del que aún se vale, porque, contrario a lo que se cree, Regina nunca ha mencionado en sus charlas a Dios o al Diablo, o el Bien ni el Mal, la culpa o el sacrificio en el sentido absoluto cristiano. De la religión católica parece solo haber tomado la iconografía y la temprana bendición de Juan XXIII. Durante aquellos años, sus primeros oyentes fueron empleadas del servicio que a esa hora de la tarde planchaban con el radio encendido, o campesinas migrantes que se quedaban a cargo de la casa mientras el marido se partía el lomo. Siempre fieles, hoy la acompañan en su cumpleaños, así como ella las ha acompañado en todas estas décadas, porque si bien es cierto que en todo este asunto hay más de superchería y negocios que de otra cosa, también es verdad que Regina, con su actitud maternal y de santa entregada, les ha dado la oportunidad de volver a creer, de regresar a lo sagrado, a una multitud de mujeres que llegaron del campo a una ciudad agresiva. Ahí está el corazón del fenómeno. Todos tendemos a abrazar alguna cosa para espantar el desespero, el tedio, el miedo, o por lo menos para burlarlo. Hay presidentes que usan gotas de esencias florales y hacen yoga a las cuatro de la mañana, muchos de nosotros gastamos las mañanas en sesiones de acupuntura, pilates o meditación zen, otros se entregan al trago, al fútbol o al trabajo, pero lo cierto es que todos tratamos de colgarnos de un madero que nos salve del naufragio por unos momentos, y como nada es gratuito en la vida, hay que pagar por ello, con el hígado, la locura o los ahorros. Las ancianas de Regina 11, todas sonrientes a diferencia de cualquier beata culposa, pagan comprando las chucherías que les sugiere usar su Madrecita. La misma Regina paga la devoción de sus hijos, subiéndose a los setenta años a una tarima en un galpón de la zona industrial a repetir la misma cháchara de hace tres décadas, con la diferencia de que ella se puede dar sus escapadas a Miami o Houston cada vez que quiera.

El cumpleaños se inicia con la lectura del orden del día, que incluye himno reginista, palabras de la maestra, ceremonia de la magnetización del billete, para que haya plata todo el año, brindis, torta y un rito especial: el grito de la libertad con el que Regina celebrará su reciente divorcio. Entre una y otra cosa, como en un buen cumpleaños, habrá un mariachi, un trío y una tuna para amenizar la tarde.

La multitud canta el himno con la mano en el corazón. Otra vez se hace presente toda la mezcolanza, ese sincretismo energético-religioso que incluye termodinámica, biología, psicología y un desquiciado culto a su persona. Hay que oír la segunda estrofa por ejemplo: "De ti hemos aprendido/ a concebir las luces/ del aura que genera/ la fuerza celular/ y en dinamo magnético/ el relax que traduce/ en fluidos energéticos/ la psiquis sensorial". La parte católica la aporta un padrenuestro reformado que rezan más adelante: "Padre nuestro que forjas el cielo y la tierra, santificado sea tu nombre, cuando las mentes se unan para entender tu reino…". Lo acompañan de una compleja mímica que hace pensar en el lenguaje de los sordomudos y de gargarismos que vienen a ser mantras.

Después de un conteo que va hasta once, las cortinas que cubren la tarima se abren. Aparecen dos fotos de cartón, una de William Coralini, el ex de Regina, y una de ella, unidas por una cadena de papel.

La Madre se hace esperar. Se oyen murmullos hasta que sale la gran artífice, la mujer que hace un tiempo se dio cuenta de que la fe es el verdadero negocio. Nadie va a la cárcel por verter bálsamo sobre las almas solitarias. Regina toma un micrófono con dos dedos y saluda. Pide más emoción en la respuesta, como un animador de feria. Dedica un especial saludo a Leonor Serrano, antigua gobernadora de Cundinamarca y aspirante a la alcaldía de Bogotá. Luego habla de su vestido rojo pegado, con mangas translúcidas y unos aditamentos parecidos a los que se cuelgan las bailarinas árabes. Con modestia dice que se lo cosió su empleada y que no le costó un peso. Luego se excusa por su desparpajo y cuenta una historia sobre su falta de protocolo, en la que resulta involucrado el presidente Turbay, a quien saludaba como "Hola, belleza tropical". Su relación con él nació a partir de la promesa que le hizo el ex presidente de devolverle su espacio radial, que le fue quitado durante la administración de López Michelsen. Ese veto terminaría por lanzar a Regina a la política, luego de que sintiera vibrar a una multitud que la vitoreó durante una misa celebrada en la catedral primada en 1977.

Llega el mariachi. Regina se sienta en un trono de madera amarilla con cuero magenta con las iniciales R11 en la cabecera. Los oye distraída, con una desentendida sonrisa grabada hace lustros. Después agarra el micrófono de nuevo. Pide que apaguen las luces para magnetizar los billetes. Todos los asistentes doblan varias veces su papel moneda hasta reducirlo a un triángulo, lo ponen en medio de las palmas y esperan a que ella les indique qué pasos seguir. Arriba, abajo, tápenlo, frótenlo. "Guárdenlo en la billetera y no lo gasten durante el año". Listo, ahora llega el trío, que canta Yo también tuve 20 años y termina con trovas a la reina madre mientras reparten copas con su nombre grabado en dorado. Contienen líquidos de colores encendidos, amarillo, aguamarina, fucsia. Para obtenerlas, los asistentes deben entregar un papelito arrancado de una tiquetera vendida con anterioridad. Otro de los papeles servirá más adelante para la torta. Una vez todos tienen su copa, brindan y dicen "Salud, dinero y amor". El siguiente corto musical está a cargo del maestro Paniagua, que saluda al público, y rápido se lanza a tocar castañuelas con una larga pista musical de fondo que, entre otros, tiene apartes de la obertura de Guillermo Tell. Acaba y se reparte la torta. Antes de llegar la tuna, Regina anuncia que ya está a la venta el calendario del 2007. Vale 20 mil pesos. Mientras tanto, se le acercan señoras que, empinadas y temblorosas, le extienden sobres en los que apenas repara. Uno de los pocos hombres que asisten hoy, un viejo de bigote cano, se acerca con una mesa que ha tallado para ella. Parece que todos los años le regala una. Los tunos piden sonido y arrancan con Manizales del alma. Son casi las siete de la noche y el ambiente festivo llega a su clímax. La gente charla animada, se mueven de sus puestos, algunos van hasta la tienda para renovar sus calzones magnetizados, otros se toman un jugo en la cafetería. Para mí, es hora de irse. Tengo la cabeza como un balón medicinal. Está repleta de información inconexa, no procesada del todo, acerca de este extraño rito, esta extravagancia. Me imagino que eso mismo le sucede a un no creyente que pone su pie por primera vez en una iglesia católica. ¿Qué quieren decir esas estatuas de hombres sangrando? ¿Por qué otro hombre vestido con una bata blanca y larga bufanda levanta una copa de oro y dice que es la sangre de otro hombre, que fue derramada hace dos mil años para perdonar sus pecados? ¿De qué pecados habla? ¿Y cómo es posible que haya sido concebido y que su madre haya conservado su virginidad? Qué cosa más rara, más extravagante.

Mientras espero a que un taxi me lleve a la paz que encierran las paredes blancas de mi casa, donde me entregaré a mi propio rito, donde me agarraré de mi madero para no sucumbir, me quedo viendo a una viejita. Está al lado de un jardín con el pasto crecido, frente a la entrada de la santa sede de Regina. No es mucho más alta que uno de los enanos de cerámica que están regados por ahí. Tiene en su mano un atadito, una bolsa seguramente con una camiseta de Regina, un par de jabones o el nuevo calendario. Aunque espera en el frío de la noche, con la mirada perdida de un recién nacido, y vuelve en sí solo para contar por tercera vez las monedas del bus que aguarda, no se le ve triste. No lo está porque a pesar de lo que piensen no se encuentra sola en la vida, tiene a Regina, que mañana le hablará a ella, solo a ella, a las tres de la tarde, por Radio Super, mientras plancha un cerro de ropa.

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