Leer una partitura es como leer el idioma de un universo totalmente diferente: no se rige por consonantes, tildes, ni pasados participios, sino por tiempos, intervalos, acentos y calderones. No solo hay que estar pendiente de que la nota sea la indicada, sino de que se esté logrando la duración exacta de una negra o una redonda, el acorde perfecto que encaja con el resto de la obra o los matices y repeticiones que le dan todo el sentido a la composición; sin contar las tonalidades, los compases, los crecendos y los moderattos. Es un ejercicio de perfecta coordinación, que requiere conocimiento y mucha técnica. Por eso estudio composición de orquesta: porque me gusta conocer y dominar a la perfección todas las dimensiones de ese otro idioma.
Ya he ganado varios premios y reconocimientos por mis obras, pero mientras sigo aprendiendo, ayudo de vez en cuando a pasar partituras en el piano de la Orquesta Filarmónica. Soy como una tercera mano, independiente a la del pianista, que debe conocer muy bien la obra, comprender muy bien las señales y leer muy bien la partitura para que no llegue a haber errores. Para empezar, no existe una profesión como tal donde la gente se gana la vida por pasar partituras; de hecho, se supone que si un músico es lo suficientemente bueno, debe poder tocar de memoria hasta que pueda pasar la partitura por sus propios medios. Pero hay obras como las de Rachmaninov, en las que es casi imposible hacer eso, así que para eso está uno. Por lo general, el pianista es el único que necesita un ayudante de este tipo. Él le va indicando a uno cuándo cambiar, con un movimiento de la cabeza. Pero uno también tiene que saber leer muy bien partitura, por si al pianista se le olvida dar la señal o simplemente para no confundirse. Además, hay que ser muy ágil y rápido: no enredarse en la pasada de la página, ni incomodar al pianista, ni taparle la visibilidad, pues cualquier error puede llevar a que el pianista deba apartarse de la composición y llene el vacío con improvisaciones. A la larga, no es tan fácil como parece, pero hay que pasar siempre inadvertido. Al fin y al cabo uno no es más que una simple ayuda para los verdaderos protagonistas del concierto.

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