¿Qué es lo peor de los hombres?

Por Rosaura Rodríguez

Cuando las mujeres decimos que ustedes los hombres son todos iguales es porque lo creemos fervientemente. Es más, estamos convencidas de que son un centro ambulante de SIDA. Por supuesto que no me refiero a la fatal enfermedad, sino al Síndrome de Insuficiencias y Dependencias Avanzadas que los aqueja a todos por igual.

En esto de las insuficiencias ninguno se salva. Todos los de su género sufren de un egoísmo intrínseco que estoy segura desarrollan en el útero materno. Un egoísmo perfeccionado a través de la historia y que les da la gran habilidad de voltear las situaciones para que la culpa recaiga siempre en las mujeres. Al fin y al cabo, así empieza la Biblia. Con una Eva que se lo pide a Adán, el pobre no tiene boca, ni voluntad para decir que no, y la mala del paseo termina siendo la mujer.

Ese primer hombre demostró desde un principio que no tenía los pantalones puestos, era la moda en esos tiempos, y el problema sigue siendo que no logran ponérselos. Como si continuaran en el paraíso, son incapaces de decirle no a una mujer que se les insinúa. Eso iría en contra de su adorada hombría. Si se trata de la madre, les aflora el complejo de Edipo que todos llevan dentro. Y ni hablar de decirle que no a una rumba o al fútbol con los amigos. Ahí sí que se encuentra una con la frasecita de siempre: ?¿Y qué querías que les dijera?? Esta pregunta tiene muchas respuestas, pero desgraciadamente muy difíciles de encontrar para unos seres que se caracterizan precisamente por la cobardía.

Sí, ustedes son cobardes por naturaleza, a todo le tienen miedo. Miedo a decir lo que sienten, miedo al compromiso, miedo a perder la libertad, miedo a no estar a la altura de las circunstancias (y me refiero a todo tipo de alturas), miedo a los cambios y miedo a la verdad. Por eso van ofreciendo amor cuando lo que quieren es sexo. Con la mano en la cintura prometen llamar mañana cuando es precisamente lo que no van a hacer. Si están enamorados intentarán por todos los medios ?debajear? ese amor. Si se sienten comprometidos huirán como si fueran para el matadero, y si se encuentran entre la casa grande y la chica, mantendrán ambas por ese miedo a enfrentar la verdad. En esto la naturaleza fue muy gráfica y nos puso a nosotras los huevos adentro y a ustedes afuera, con un firme propósito: recordarles que los tienen

porque se les olvida fácilmente.

Pero es que la buena memoria tampoco es una de sus virtudes. No hay forma que recuerden un aniversario o fecha especial. Como tampoco existe fórmula para que se les grabe en la cabeza no mojar todo el baño cuando se lavan la cara, bajar la taza del inodoro, no dejar la toalla tirada en el piso, que los hijos son responsabilidad de dos, que hay que llamar para decir que van a llegar tarde o simplemente que no van a llegar. Por alguna razón desconocida ni en el cerebro principal, ni en el alterno logran almacenar este tipo de información.

Y es precisamente la tendencia a usar ese cerebrito alterno de lo peorcito que tienen ustedes los hombres. Por supuesto, no se sientan mal por el diminutivo, es en plan cariñoso. Sabemos de sobra que ?ningunearles? al amigo del alma es meterse con los trastos de la iglesia. Al fin y al cabo, para ustedes esa es la fuente inagotable de todo. La ofrecen como reemplazo seguro del psicoanálisis, por aquello de que sube la autoestima femenina. Como antidepresivo para esos momentos en los que el mundo se nos viene encima, y hasta como alucinógeno, porque seguramente tocaremos el cielo durante el trance sexual.

No les importa que llevemos siglos diciéndoles que el sexo no lo es todo, la sordera que también los caracteriza nos ha ganado la batalla. No han logrado entender que el órgano sexual femenino más importante es el oído y allí se llega a través de la palabra. Precisamente un área en la que siguen en

pañales porque a duras penas logran balbucear. No hay nada más frustrante que intentar que hablen, que por esa boca salga algo más que un ?no me pasa nada? o esos gruñidos al estilo cavernícola. Y es que para eso sí tienen memoria, para trasladarse a la época de las cavernas y gruñir como fieras, sentarse frente al fuego hipnotizados (lo mismo que hacen hoy en día con la televisión), o lo que es peor, seguir en una cacería constante ya no de fieras, sino de mujeres, la gran debilidad masculina.

En materia de debilidades y miedos no tienen competencia. Si no pregúntenselo a cualquier mujer que haya tenido a un hombre enfermo en su casa. Un simple dolorcito de cabeza es un tumor, la acidez es principio de cáncer y un guayabo motivo suficiente para correr al hospital. Se vuelven cursis, quejumbrosos, dependientes y demuestran en todo su esplendor que todos

sufren del síndrome de Peter Pan. Por eso, sin una mujer no son nadie. Cuando no dependen de la madre, dependen de la novia, la esposa, la secretaria y hasta de la ex.

Pero no deben preocuparse. A pesar de ser un centro ambulante de deficiencias y dependencias, los hombres siguen siendo el mejor motor y motivo para nosotras. Desde el día en que esa primera mujer llegó a la triste conclusión de que en sus manos estaba poblar el mundo y buscarle diversión al aburrido paraíso, las descendientes de Eva comprendimos que la vida de ustedes, en todo el sentido de la palabra, dependía de nosotras. Llevamos siglos resignadas a que lo peor es que tenemos que seguir educándolos siempre. Después de todo, no hay nada más cierto que aquello que dice que detrás de cualquier hombre, grande o pequeño, tiene que haber una mujer.



¿QUÉ TIENEN DE DIVERTIDO LOS HOMBRES?

Por Liliana Carbone

Si me hubieran formulado esta pregunta en mis años mozos, y no es que ya esté en la edad que a uno lo deja el tren o que viste santos, sin duda habría apelado a razones colectivas propias de la pubertad. Por ejemplo ser la envidia de las demás mujeres de la clase y que en el baño, labio mordido, digan: ?¡Huy, qué nota estar con ese churro, mucha de buenas!?, o ?a mí no me paran bolas los tipos así, me tocan los feos?.

O ser la sobrada de la clase y de una experiencia reducida al popular y famoso beso con lengua (¡guácala!) extraer, imaginación quijotesca, enseñanzas transmitidas en las tediosas horas de recreo.

Si, por otro lado, la pregunta me la hubieran hecho hace cinco años, cuando sobre mis hombros caía el peso de un buen par de experiencias amatorias (los amantes de rigor, los novios formales y los de fin de semana), habría bostezado del aburrimiento. ¿Qué tienen acaso de divertido los hombres? Si se duermen con gran facilidad al terminar de hacer el amor, un par de gritos fingidos y caen, con su sonrisa de Mona Lisa, y sin haberse quitado el condón que les usurpó tantas energías. Qué tienen de divertido si no se atreven a experimentar nuevas formas de amar, y cuidado que se proponga mucho porque ahí sí que uno se gana la fama de prostituta. Qué tienen de divertido si para ellos, no digo todos, no tienen cabida los juegos eróticos y seductores, pues terminan por querer profanar de manera inmediata, animal y brutal, nuestro ?tesoro? (vayan a ver los Monólogos de la Vagina quienes no la hayan visto).

No es el caso, la pregunta hasta ahora me la hacen. Ahora, cuando ya no tengo que usar pastillas anticonceptivas que me ponían el genio como un demonio, cuando no tengo que poner cara de ?¡uff, estuviste increíble!? (quince minutos, ¡ja!? sonrisa Pepsodent), cuando no tengo que contar ni tener

estrés si la regla no llega.

La pregunta llega ahora cuando no tengo que devorar libros tendida en la cama al lado del roncador y quitasueño, como llamaba al amante de turno, quien llegaba al orgasmo mucho antes que me empezara a excitar. Amantes que pretendían ser los únicos que tenían derecho al gozo, al culto del cuerpo y la sexualidad, evitando el juego alrededor del placer, el goce de la desnudez, la sensualidad, la ternura mezclada con la pasión, cosas que hacemos muy bien las mujeres.

Así que ahora la pregunta carece de sentido, así como hubiera carecido de sentido la pregunta opuesta en mis años mozos.



¿CÓMO ES EL AMANTE PERFECTO?

Por Piedad Bonnett

¡Dios nos libre de las generalizaciones, esa burda manera de salir del paso, simplificando, reduciendo, esquematizando! Y sin embargo, ¿quién podría negar que los franceses son antipáticos, los madrileños rudos, los argentinos soberbios, los santandereanos machistas, los bogotanos flemáticos? Y más allá de las procedencias, ¿quién no cree que los gays son sensibles, que los negros poseen sentido del ritmo o que los científicos son distraídos? Sin ir más lejos, generalizar es lo que los docentes, en ejercicio de nuestras funciones, y como forma inevitable de evitar la casuística, hacemos a menudo. Metemos nombres y hechos en grandes sacos a los que ponemos cómodos rótulos que anulan los matices, y todos tan contentos. Ahora bien: ese perverso placer que nos proporciona la deliberada arbitrariedad de la generalización, nunca es más pleno que cuando ésta se refiere a los géneros. Por lo menos en el caso de las mujeres. No hay nada que amenice tanto una frívola conversación femenina ?pues no todas lo son, como pensarían los hombres? que las generalizaciones sobre ellos. Hay unas cuantas que ya son axioma: que todos tienden peligrosamente al autismo, que jamás encontrarán un objeto perdido sin ayuda femenina, que no hay ni uno que posea el talento de comprar solo un buen regalo.

La generalización se hace más difícil cuando nos ponemos a reflexionar sobre cómo se comporta un individuo del género masculino cuando cae víctima del enamoramiento, que es lo que ahora me ha encargado esta revista. Pues imagino que en lides amorosas no ha de actuar lo mismo un estibador que un profesor de filosofía, ni un corredor de bolsa que un punketo de piercing en la nariz. Apelando, sin embargo, a los ya nombrados métodos pedagógicos, y echando mano tramposamente del pensamiento científico que permite que todo sea clasificado, me atreveré a crear algunas categorías, reconocibles para todas las mujeres, por ser de bulto y frecuentísimas.

En primer lugar mencionaré la especie más abominable y peligrosa, la de los estrategas. Los que aún con el corazón en vilo echan mano de la racionalidad cartesiana en la que han sido educados, y planean su conquista y su relación con frialdad de ajedrecistas. Los que dicen que llaman a las ocho y marcan a las diez, los que dejan caer frases inquietantes que luego no recuerdan, los que, como contadores del amor, dosifican miradas y viven de cálculos y cómputos. Tal cerebralidad es casi siempre patrimonio de los bellos, por supuesto ganadores natos, y en general tan sensibles como un hacha de hierro templado.

En el otro extremo estarían los intensos, de corazón efervescente y sin noción de límite. El intenso puede llamar al amanecer para contarnos un sueño erótico, mandar cinco docenas de rosas en desagravio, que nos obligan a habilitar como florero hasta la olleta del chocolate, contratar la orquesta sinfónica el día de nuestro cumpleaños y en circunstancias íntimas exteriorizar su pasión sin tener en cuenta el nivel de decibeles permitido en el edificio. Si este espécimen además es cursi, es posible que después de hacer el amor se lance a recitar un poema, generalmente de Sabines o de Benedetti, o en casos ya extremos, de su propia autoría. Y si es celoso, cuidado, todas somos Desdémonas potenciales.

En las categorías menores cabrían los torpes, pulpos que se enredan en sus propios brazos; los frágiles, que lloran de amor como Pietro Crespi y amenazan con suicidarse en caso de abandono, y los que antes que amantes son hijos, que so pretexto de estar enamorados quieren además techo, comida y servicio de lavandería. Todos estos, la verdad ante todo, suelen despertar en nosotras imprecisas ternuras, y no es difícil que sus carencias aviven el amor que sentimos.

Por supuesto que también existe el amante perfecto, sabia síntesis de pasión y mesura, tierno, oportuno, inteligentísimo, con sentido del humor y que jamás hace el ridículo. ¿Dónde? Algunas pensamos que en la mente de Dios, otras que en el mundo de las ideas platónicas, otras más que en casa de la vecina. Si usted cree ser uno de ellos, por favor llame a SoHo. Tendrían una primicia.



EL DÍA DESPUÉS

Por Alexandra Samper

Una espada de luz, originada entre la junta de las cortinas, atravesó el aire oscuro de la habitación amenazando con cegar el iris que se interpusiera en su camino. Ana entreabrió los ojos y volteó su desnudo cuerpo hacia el otro lado de la cama con la esperanza de no haber quedado ciega de por vida. Apretó la cara contra la almohada para borrar las luciérnagas fosforescentes que quedaron bailando en el telón de su cerebro.

?En caso de haber quedado ciega ?pensó Ana cosquilleándose plácidamente la nuca, hombro y espalda?, me bastará con el recuerdo de Camilo anoche, para sobrevivir feliz por el resto de mi vida ?sentenció, y como una icotea metió la cabeza

debajo del edredón de plumas y aspiró los olores penetrantes remanentes de la

noche anterior?.

Trató de poner la noche en rewind y sentir, otra vez, el mentón rasposo de Camilo estrujando su cuerpo perfumado con So Pretty de Cartier. Ana no sabía cuánto tiempo había dormido pero, en todo caso, era muy poco. Tenía la lengua igual a la de un loro pegada al paladar. Entreabriendo los ojos alcanzó a divisar el vaso de agua que, como un oasis, brillaba en medio del desierto de recibos sobre su mesa de noche.

?¡Qué sed! ?chasqueó en seco, a sabiendas de que el agua estaba demasiado lejos de sus posibilidades. Decidió entonces, concentrarse y, más bien, recuperar a

Camilo mentalmente:

?Camilín, tus besos lentos y profundos. Tus nalgas deliciosas, apretadas, contraídas, debajo de las palmas de mis manos. Y tu ingle. ¡Huy! El recibo de la luz se vence hoy. Camilo, quiero volver a ti. Camilo, Camilín, tierno, divino. Eres delicia. Si hoy no pago la luz me la cortan. Camilo, qué rico un tipo como tú, que le fascine hacer el amor. Que le fascine el sexo. Eso es lo que le gusta a uno: el juego y el goce. No como otros, que lo que quieren es

tirar, tirar, quelmundosevacabar y se tienen que tirar todo, a toda velocidad.

Camilo: tú no eres así. Tú eres miprincipeazul, que nunca me va a mentir, ni engañar. Eres mi Superman que me saca a pasear por las estrellas, como anoche, cuando me llevaste volando a tocar el infinito con mi lengua, y ahora me arrullo con tu imagen: te encajas a mi espalda, te pegas, tu vientre hirviente, contra mis nalgas, apretando. Huy, qué sed, el vaso de agua sigue sobre la mesa y mi lengua sigue pastosa de vino trasnochado pero lo que en realidad quiero es una cerveza fría.

Ana se concentró y envalentonada sacó el brazo de entre sus desnudas piernas y blandiéndolo al aire logró agarrar con fuerza el vaso, produciendo un maremoto que hizo naufragar los recibos que estaban sobre la mesa de noche.

?Agua, ¡fuente de vida! ?Ana se tragó el vasado en tres grandes sorbos de caballo?. En estos momentos Camilo debe de estar por llamarme y decirme que lo pasó como nunca y que quiere verme hoy mismo ?sentenció mientras se acariciaba las piernas?.

Ana volvió a meter la cabeza debajo del edredón y empezó a mimarse. Con la punta del dedo índice se acarició los dedos del pie y fue subiendo despacio. Sintió la piel suave bajo el dedo y sintió el dedo serpentear sobre su piel. La caricia subió lenta por la parte interior de la pantorrilla, la rodilla, el muslo de la entrepierna. Y siguió subiendo pausadamente.

?Rrrriiing ?interrumpió el teléfono?.

?¡Ahí está! ?se regocijó Ana, segura de que era Camilo?. Voy a dejar sonar el teléfono para no parecer ansiosa.

?Rrrriiingg...

?Dos ?contó Ana?.

?Rrrriiingg...

?Tres.

?R...

?¡Mierda! Colgó. ¿Seré tarada? ¿Qué hago? Lo voy a llamar. No. Mejor no. Más bien vuelvo a la delicia en la que estaba:

La caricia volvió a empezar subiendo lentamente por la parte interior de la pantorrilla, la rodilla, el muslo de la entrepierna, y siguió subiendo pausadamente.

?Ay, Camilo, belleza mía.

La yema del dedo continuó en ascenso. Por aquellos territorios encontró la piel casi húmeda. Había sudor. Había, también, textura de los vellos empezando a salir.

?Tengo que pedir cita para la depilación. Los pelos del bikini se me empiezan a asomar y se trata es de estar lisita y linda como la Barbie y no picosa como Brutus. Te me esfumas, Camilín, y quiero recuperarte.

El dedo continuó acariciando en ascenso hasta encontrar la piel cubierta por el cristalizado nácar dejado en la noche por Camilo. Al tocar con la punta de sus dedos el barniz, la invadió el penetrante olor y aspiró

profundo.

?Rr ?empezó a sonar el aparato, otra vez?.

?¿Aló? ?jadeó Ana, contestando rápidamente?.

?Quiubo, Ana ?respondió una voz ronca al otro lado?.

?Ah.... Sergio. Es usted... ¿Fue usted el que llamó hace un ratico?

?Sí, y no contestó nadie. Pensé que seguía dormida ¿Cómo le fue anoche?

?Creí que era Camilo ?dijo Ana desilusionada?, es que... no me ha llamado todavía. ¿Qué hora es?

?Las nueve. Tranquila que él llama.

?Sí, pero ¿a qué horas me irá a llamar?

?Pues, ahorita. Dele tiempo.

?Camilo ya debe de estar en la oficina. ¿No le parece que ya hubiera podido llamar?

?Ana ?la interrumpió Sergio-, no le dé tanta importancia a eso.

?Es que... usted no se imagina cómo estuvimos anoche. Fue la locura. Lo que pasa es que nosotras contamos que nos fue bien con un tipo y nos sentimos halagándolo, en cambio ustedes no cuentan que les fue bien con una mujer porque se sienten insultándola. En todo caso, anoche me fue muy bien y Camilo es súper. Yo quedé... usted sabe. O, a lo mejor, no sabe, porque ustedes no sienten como uno. Quedé como en el aire. Sigo en el aire todavía.

?¡Qué bueno!

?¿Eso también les pasa a ustedes? No creo, ustedes salen del afán de la noche anterior, y ya. Al otro día se olvidan de llamar.

?No, Ana. No es así.

?¿Cómo que no?

?No. Porque uno también se enamora. Pero le digo, también, a veces, puede hacer el amor sin sentir nada de eso. Puede venirse, casi, sin venirse. Hay venidas de venidas.

?¿Ve? A ustedes lo único que les importa es venirsen.

?Venirse.

?¡Ja! Entonces, sí.

?No, Ana. No estaba hablando de eso.

?Pero, si me acaba de admitir que lo que quieren es venirsen. ¡No lo niegue!

?Oiga Ana ?gritó Sergio?, yo estaba tratando de que usted hablara correctamente la lengua castellana. No se dice venirsen sino veni...

?Bueno, bueno. Lo único que me faltaba ahora era que usted me dictara una clase de castellano y yo ¡con este dolor de cabeza tan tenaz que tengo! Venirsen todos, o venirse solo uno de ustedes, da igual, porque al otro día todos son igualitos de desconsiderados. Y, ahora, usted saca la excusa de que ustedes pueden venirsen sin

venirse. ¿Qué tal?

?Así es. Uno se puede venir y tener una insípida venidita de nada. Además, Ana, yo no la llamé a usted para que me vaciara a mí, por culpa de sus novios. Así que ¡mérmele!

?Sí. Tiene razón, perdón. Pero explíqueme: ¿Ustedes por qué no llaman al otro día?

?Uno sí llama... pero después.

?¿Después de qué? Después de varios días... semanas... ¿años?

?Dele tiempo.

?Pero, si él estuvo muy bien. O ¿sería que le pasó lo de su nueva teoría, de la que nunca nadie había oído hablar, de la inorgasmia orgásmica de los tipos? Después de lo bien que estuvo, pues yo no lo creo.

?Mejor para usted si estuvo así de bien, porque acuérdese que ?Pelo de chocha jala más que cable de tractor?.

?¡No sea vulgar! ¿Ve? Una cosa de amor, divina, ustedes la vuelven un chiste chabacán. Nosotras les entregamos el alma y ustedes, al otro día, ¡mire con lo que salen!

?Uno también alguito entrega.

?¿Entrega qué? ¿Qué es lo que tanto entregan, si ni

siquiera quieren llamar al otro día?

?Por eso.

?¿Por qué?

?Porque cuando se entrega es cuando menos quiere

llamar.

?No me venga, Sergio, ahora con ese cuentico, entonces... ¿Quiénes son los complicados? Mire, nosotras, las mujeres, clarísimamente queremos que nos llamen, cuando queremos que nos llamen, o que nos manden rosas, o mails, o algo. Dígame: ¿Para qué se inventaron las floristerías? Pues, para que los tipos le manden rosas a uno. Entonces, según usted, cuando el tipo no llama es cuando más entregado está.

?Tal vez, pero, lo de las rosas, eso sí que es comprometerse.

?¿Comprometerse a qué? A decir, con unas rosas, que pasó rico anoche. ¿Muy difícil? Ustedes le dicen a uno de todo en ese momento cuando quieren que uno se los dé, pero el sol les sale al otro día con el velo de la amnesia. ¡Qué tal esa vaina! ?Ay, Sergio, yo voy a llamar a Camilo.

?No lo llame, porque la caga.

?¿Por qué? ¿O también lo compromete, a él, que yo lo llame?

?A él no, pero a usted sí.

?¿Por qué?

?Porque las mujeres cuando se ponen intensas lo hacen a uno salir corriendo. La vieja intensa es tenaz. ¿Me entiende?

?Ah...

?¿Sí me entendió?

?Sí, claro.

?Ana, ¿lo va a llamar?

?No.

?Jure que no lo va a llamar porque lo pierde si se pone intensa, y ¡ojo! porque usted ya está engatillada.

?Tiene razón, no lo llamo. Gracias, por el consejo. Sergio, yo no sé qué haría sin usted. De verdad, gracias.

?Bueno... y espere tranquila.

?Sí. Adiós ?colgó y volvió a meter la cabeza debajo del edredón al aire oscuro de mezclados olores?. Sergio no es como el imbécil del Camilo ?recapacitó Ana?. A Camilo le voy a dar de plazo una hora para que me llame y si en media hora no me ha llamado lo llamo yo. O, más bien, voy a contar despacio hasta cincuenta, o cuento rápido, o, mejor, ni cuento. Lo llamo ya. Ya mismo, llamo a Camilo para cantarle las cuatro verdades que se merece ese patán, desconsiderado y grosero.

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