Mi nombre es Rodrigo Lara y soy una víctima más de la violencia en Colombia. A los ocho años tuve que enfrentar la muerte de mi padre, asesinado por hacer su trabajo como ministro de Justicia. SoHo, en su afán de comprender los eternos misterios del tiempo, me ha invitado a que escriba sobre cuánto dura el odio. Un tanto sorprendido por la pregunta, tengo que reconocer que mi carrera de Derecho no me faculta como psicólogo para responder a eso. Irremediablemente me es necesario sentarme a revivir ese odio y escribirlo todo; como quien dice, empelotarme yo para SoHo. Apremiado por la solicitud, debo decir que la respuesta es fácil y casi obvia: el odio dura hasta que uno entiende.

La respuesta natural a una agresión es la defensa que, con frecuencia, es igual de agresiva al ataque que la genera. Sin embargo, uno no siempre puede defenderse. De esa impotencia ante el abuso nace el odio, sentimiento que afirma y da fuerza al débil para superar o sobrevivir la agresión. Tras la muerte de mi padre, mi familia tuvo que salir del país y ahora reconozco que ese odio me sirvió para adaptarme a los cambios tan rápidos que se sucedieron, al igual que para mantener mi corazón en el país. A los ocho años uno se distrae muy fácilmente, por lo que el traslado, en efecto, me sirvió para superar el dolor. El odio, no obstante las distracciones, subsistió como resentimiento durante varios años. Era una rabia difusa y constante hacia mafiosos y corruptos, deseando lo peor para ese tinglado invisible, responsable de la muerte de mi padre. Como consecuencia de ese odio, hacía todo lo posible por mantenerme al tanto de lo que ocurría en Colombia. Devoraba cuantos periódicos y revistas llegaban a mis manos, esperando justicia y buscando una explicación.

Debo decir que conté con suerte. Cuando se habla de odio es casi seguro que salgan a relucir nombres como Hitler, Stalin, los khmer rojos o los talibanes. Los nombres locales son Escobar, Castaño y 'Tirofijo'. Digo que conté con suerte porque a diferencia de estos personajes, tuve la fortuna de recibir el apoyo de alguien que me ayudó a entender qué era el odio. Jaime Ortega era un periodista colombiano, apasionado estudioso de los temas sociales, a quien por suerte, tuvimos como vecino durante la estancia de mi familia en Suiza. A la empatía generada por el idioma, la cultura y el interés compartido por las ciencias sociales se sumó que a él le encantaba montar en bicicleta, por lo que fuimos acercándonos y nos hicimos buenos amigos. En alguna conversación, él me ayudó a reconocer el odio, a ver qué era eso. Entendí que el odio es un autoenvenenamiento doloroso y silencioso, que me hacía más daño a mí que a aquellos que lo habían causado. Fue el fin de ese odio.
No todos los que hemos sido blanco de la violencia terminamos convertidos en asesinos en serie o genocidas. La diferencia la marca esa persona solidaria que ayuda a entender y sobrellevar el odio. No es necesario que la persona que cumple esa función pueda ayudar efectivamente a quien ha sido víctima de violencia o maltrato. En muchos casos esa persona no existe. Por eso vemos que niños maltratados se vuelven violadores o asesinos. Me viene a la cabeza el caso de Carlos Castaño. Como a mí, a él le mataron a su padre. Inmerso en su odio, se convirtió en un criminal de guerra, un verdadero monstruo autor de las peores atrocidades. Sin embargo, a él el odio no le duró para siempre. Él también encontró esa persona solidaria que le ayudó a entender y superar el odio. Difícil saber si fue la mujer, la hija o las dos. Que un monstruo como Castaño supere su odio, representa para mí un factor de optimismo para la raza humana. Él tardó mucho tiempo en darse cuenta de que se había envenenado a sí mismo, cientos, quizá miles de muertos demasiado tarde. La violencia no favorece ninguna clase de enmienda y por eso lo mataron. Su odio lo había llevado a una posición insostenible para él. Suena cursi, pero es una prueba de cómo el amor supera al odio. No quiero decir que debamos olvidar la ferocidad y el horror de sus actos. Quiero decir que debemos reconocer a gente como a Jaime Ortega o la hija de Castaño, en un país donde los maltratos a los demás parecen durar para siempre.

¿Cuánto dura el odio? Mientras se siente, es eterno. En donde hay agresión hay odio, pero con ayuda y solidaridad el resentimiento se acaba. Por supuesto, conservo cierto desprecio por escobares y santofimios, y tanto tramoyero con la barriga llena. El resentimiento por la muerte de mi padre terminó para mí alrededor de los catorce años. Ese sentimiento específico duró seis años, y salir de él me hizo inmune, en adelante, al resentimiento. Ahora, el odio lo reservo para cosas más mundanas, como hacer colas en entidades públicas, pagar impuestos y a veces, casi nunca, para contestar preguntas que exigen quitarse la ropa.

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