No sé si se pueda escribir sobre cuándo termina algo que en realidad no existe. El poder no es más que una ilusión. Muchas veces se ha descrito como obsesión, manifestación del desconocimiento de la verdadera naturaleza humana o como un claro síntoma de patologías que deberían terminar en el consultorio de un siquiatra. Nunca se entendió el profundo contenido de la frase de Darío Echandía, cuando en pleno 9 de abril de 1948 y mientras ardía Bogotá, los liberales le ofrecían tomarse el poder, y él preguntó: "¿El poder para qué?".

Si se entiende en términos generales como 'poder' -mágica palabra que llevó a alguien a ponerle ese título a su revista- la posibilidad de influir sobre la conducta de otros individuos o incluso de pueblos enteros, son muchos los niveles de influencia que pueden darse. Van desde el poder del zorrero bogotano sobre el indefenso animal al que somete a trabajo forzado e intenso todo el día, hasta el que ejercen quienes pueden desencadenar o frenar guerras que, como todas, llevan a la muerte inútil a una, diez o millones de personas en el planeta.

El cómo y el cuándo se acaba el poder depende, entonces, de los distintos niveles donde se ha ejercido. Para un jefe de personal despedido, el nunca esperado momento llega cuando la secretaria no le pasa llamadas, o dice no conocerlo cuando lo solicitan, o no le arregla la corbata al salir, o de manera descortés o displicente rechaza la invitación a almorzar.

Cuentan que cuando el ex presidente Pastrana Borrero abandonó la casa de Bolívar -sede entonces del palacio presidencial- dedicaba buena parte de su tiempo a dar de comer a unos pajaritos en su nueva casa. Para los mal llamados 'hombres públicos' -aun cuando también hay mujeres- el signo más claro de pérdida del poder, en Colombia, se da cuando el teléfono ya no suena a partir de las cinco de la mañana para atender las llamadas de los periodistas que hacen las mismas preguntas sobre los temas del día, que por lo demás a veces no conocen. Sale de su casa y su auto ya no va escoltado por unas motocicletas que cometen toda clase de atropellos contra los inocentes transeúntes. Ya no escucha las torpes claves de la gente de seguridad que para referirse a la esposa del 'personaje' hablan de la 'distinguida', o lo identifican a él mismo como el 'propio', o que para que le preparen el ascensor dicen que le alisten el 'helicóptero', ni los sorprende observando agresivamente, con cara de atacante a todo aquel que por curiosidad 'osa' mirar la cara del 'protegido'.

Ya no le llegan regalos interesados para su cumpleaños, el Día del Padre, del Educador, del Niño, del Jefe, el de la conmemoración del nacimiento de Cristo o la llegada del nuevo año, el Día de los Inocentes o para el aniversario de su grado, matrimonio, separación o divorcio.

Quienes más sienten el cambio de 'estado' son las señoras de los 'jefes': no tendrán que oír ya las mentiras de las secretarias cubriéndoles la 'espalda' a sus inquietos consortes, no las abordarán en las peluquerías (a las que asiste Poncho Rentería) para preguntarles sobre lo que piensa su marido, no las invitarán las interesadas amigas a tomar té o jugar canasta, el portero del edificio ya no aparecerá presuroso a recibirles los paquetes cuando llegan del supermercado, los periodistas no las llamarán el Día de la Madre ni el Día de los Novios, no tendrán los choferes para que les saquen a pasear el perro o les ayuden a acariciar el gato.

Las personas a quienes nombró dirán que le hicieron un favor al poner su ingenio al servicio de un incapaz, y se cuidarán mucho de que el nuevo jefe no los asocie con él. Escuchará todos los comentarios de quienes lo adulaban diciéndole al nuevo 'patrón' que ahora sí hay jefe y las cosas funcionan mejor. Y seguirá el ciclo con el próximo.

Si todo esto pasa, como dicen los bogotanos, ¡qué jartera tener poder!

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