Corto de picante llama el director del aguilucho del erotismo cundiboyacense: "please, jálese una vaina chévere sobre los revolucionarios de los sesenta que se volvieron unos gordos pendejos y no salieron con nada". En eso se queda corto. Hay que explicarle que no, que no pretendían tanto y que los potes de hoy, es cierto, no dieron un brinco. La muchachada de la boda real, además de su inmadurez endocrina normal, carga con otras preocupantes como mitos cursis sobre los sesenta.
Los revolucionarios de verdad están casi todos sepultados porque en estos países no ha sido chiste. No es tampoco paseo para revista de 'farsándula' al que la gente se metía por fiebre y del que se largaba por otro mejor. Eso ha habido y habrá mientras la sociedad de papaya, pero quien lo haya sido en serio no da para competir con lencería y por poca plata. La rebelión no es funny y por eso gente chic no le jala. Uno que otro sí; otros se han dado cuenta de que existe, que es distinto.
Los sesenta se volvieron manoseo cíclico a la hecatombe cultural de la guerra, convirtiéndola en babosada de modistería y promoción de música para adolescente, demostrando que el alboroto era arriesgado para mocosos adictos al brívido de Onán. Sí hubo mucho rentista suyo que echó flota cuando impresionaba a las niñas en cafeterías universitarias y penumbra de discotecas. Pero como siempre, la mayoría no se dio ni cuenta.

Pasó que las nenas administran mejor sus encantos y que los piscos esos quedaron sin oficio ante el esplendor de la democracia más antigua de América, la clase dirigente más inteligente del continente y la vagabundería esta que cepilla la lambonería. El infortunio proscrito, la maldad desterrada, la institucionalidad consolidada, el inconforme debió peluquearse, encorbatarse y buscar puesto. Esta belleza de país, pasmo mundial, desempleó al negativista. ¿Qué más le quedó, pobre, sino asimilarse al yuppi reluciente de autosatisfacción? Aprendieron por dónde era la cosa. ¿Cómo no treparse a la aplanadora bipartidista? Ni bobos que fueran. Se arrepintieron a tiempo los guaches zarrapastrosos desencantados con el republicanismo tropical.

Para Shaw era deficiente un menor de treinta consciente de la situación social que no fuera revolucionario. Churchill matizó: insignificante hasta esa edad, pero peor si insistía. Aquí cuánto figurón no ha medrado con el "yo también tiré piedra". Solo los imbéciles y las piedras no cambian. ¿Quién dijo que acomodarse a esta delicia era exclusividad de la lagartería?

El 'mamerto' lo usan ya hasta las muñecas de los medios sin tener idea que fue el devoto del catecismo revolucionario, pero que por extensión debería aplicarse al que vive según manuales de éxito, conducta higiénica y aceptación social. Mamerto no es solo el dinosaurio rebelde, también el que cree que al fin despegó el país, que protestar es de resentidos y que la revolución estafó porque el papá de uno, pensionado de indócil, se empiyama temprano de miedo al resfrío del cierzo sabanero.

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