"No joooda, otra vez escribieron mal mi nombre", dice Galy Galiano a la salida del aeropuerto José María Córdoba de Rionegro. "Veinticinco años en esta vaina y aún no han podido entender que es con i y no con e". El hombre del cartel escrito a mano lo saluda con timidez. No en vano Galy, a pesar de ser feo y tener un cuerpo de pajarito, es un ídolo sin discusión. Lo confirman cuatro taxistas, que corean su nombre como colegialas. El cantante les responde con la mano derecha en lo alto y acto seguido le pide a Ricardo Acosta, su director artístico y asistente, que le pase un afiche de los que traen para repartir en la presentación relámpago de hoy. Ricardo, de mediana edad, vestir sacerdotal, actitud servil y cara de niño, le pasa una foto gigante para que su jefe estampe un garabato, seguro motivo de orgullo esa noche en alguna casa de Barrio Triste. Una vez firmado se lo entrega al vocero de los conductores, que lo rifa bajo el justo método del que saque el palillo más largo.

La segunda molestia de esa mañana viene por cuenta de la van que llevará su tropa a Medellín. El cupo se queda corto entre baterista, dos percusionistas, dos pianistas, guitarrista, vientos, mánager, periodista, fotógrafo y cantante. Galy da un par de instrucciones rápidas a los músicos y toma un taxi con el resto de sus acompañantes. No puede perder tiempo. Necesita relajarse y almorzar bien antes de ir al centro comercial El Cid, a media cuadra del parque Bolívar.

Durante los cuarenta minutos de recorrido hasta el Gran Hotel, donde se hospeda siempre que viene a Medellín —cinco o seis veces al año—, Galy no deja de mirar por la ventanilla. Responde preguntas ocasionales con breves estallidos de vivacidad, pero en verdad se ocupa de la vegetación. Cuando no está trabajando el cantante visita los viveros de la sabana en busca de nuevas especies para sembrar en su casa de Chía, donde además tiene patos, pavos reales y faisanes. Uno de los árboles que no ha podido encontrar en sus excursiones es el yarumo plateado. Cada vez que sus hojas en forma de manos de oso y su color lunar asoman después de una curva, su alma descansa. Dos décadas y media de giras municipales, departamentales, nacionales e internacionales, promociones, lanzamientos, programas de televisión y radio, firmas de autógrafos, ferias, remates y fiestas patronales han hecho mella en sus huesos aunque no se queje. Es probable que por esa razón viva en las afueras, lejos del bullicio y las multitudes, como toda deidad pop con largo kilometraje, y prefiera el silencio al desbordado narcisismo tan característico de todo ídolo nacional de a peso.

En el poco tiempo que llevo al lado de Galy me da la impresión de estar en permanente cortocircuito. Con él sube y baja la marea varias veces en una hora. Se te acerca, cálido, sonriente, para luego irse, ausentarse, quizás protegerse de un periodista que pretende optar por la burla fácil en lugar de hacer el esfuerzo por entender el corazón de las cosas, el magma sobre el que descansa este fenómeno de masas que ha vendido quince millones de discos. Galy toma el almuerzo en el hotel. Pide a la habitación una mojarra frita, arroz, ensalada y estira los pies un rato antes de salir para el concierto. Faltando un cuarto para las cinco baja a la recepción vestido con jeans, una camisa negra brillante y un par de Converse diferentes a los que llevaba puestos en la mañana. Se monta en un Renault Megane y sale para El Cid, que es una especie de San Andresito en pleno centro. Al atravesar las calles congestionadas, los transeúntes lo miran como si un verdadero ídolo no tuviera el derecho a existir en tres dimensiones y no en dos, como lo guardan sus cabezas.

En el último piso de la edificación los organizadores han dispuesto varias hileras de sillas Rimax y una tarima. Son las cinco y media pasadas y aún no logran cuadrar el sonido. Galy les ayuda desde la clandestinidad donde aguarda el guiño del presentador de turno. No importa que sea una presentación pequeña, más de promoción que otra cosa, el cantante sabe que toda salida debe guardar un aire triunfal. Discretamente le hace llegar al ingeniero un papel donde le indica la ecualización que más se ajusta a su timbre. Los instrumentos pueden desafinar un poco, su voz jamás. Es su sello junto a su estilo capilar, que ha mantenido a través de su carrera a excepción del día en que un peluquero lo alisó, lo peinó de medio lado y lo mandó así a la sesión fotográfica de la portada de No volveré a casarme jamás, producción que fue disco de oro. Desde esa tarde selecciona muy bien las manos a las que se ha de entregar su cabellera esponjosa, parecida a esas nubes asociadas a los rayos, truenos, a veces al granizo y a los tornados, que reciben el nombre de cumulonimbus.

Pasan diez minutos más y Galy no puede ocultar su intranquilidad. El avión de regreso sale a las siete y media y perderlo significa hacer nuevas reservas para una docena de personas. Presiona un poco hasta que lo anuncian. Su público, apenas unas cincuenta personas entre patrocinadores y vendedoras que dejaron a medio cerrar sus locales, lo vitorea. Galy, el primer colombiano que llegó en 1981 al número uno de la lista Billboard con Frío de ausencia, no se amilana. Ofrece un miniconcierto como si estuviera frente a una de las multitudes que lo han ovacionado en El Campín. Para echarse al bolsillo a los pocos asistentes, arranca con Amor de primavera, canción en clave de ranchera autorreferencial: "Amor, quizás lo nuestro tenga que acabar./Quizás me marche para no verte nunca más./ Pero jamás morirá este amor por ti./ Amor, tus padres no lo pueden aceptar, con razón./Me juzgan por haber llegado a ti, /y amarte estando casado ya." Una gordita histérica llora y ruega por un afiche. Lo recibe de las propias manos del hijo más grande de Chiriguaná, porque el doctor Roberto García, médico ya fallecido, reconocido en toda la región por su vocación en la cura de mordedura de serpientes, y Luis Alejandro Álvarez, escritor también enterrado, apenas si cuentan ante las gestas de Galy.

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¿Si Diomedes Díaz es el Elvis de Colombia, qué vendría siendo Galy Galiano?

Algunos malintencionados dirían que apenas alcanza a ser el Juan Gabriel criollo. Craso error a pesar de las coincidencias. Es verdad, Alberto Aguilera nació en Juárez, provincia mexicana, y como Galiano, nacido en Chiriguaná, Cesar, se hizo grande en contra de todas las apuestas (Aguilera desafió con su amaneramiento al pueblo más machista de todos, Galiano hizo lo propio con su rostro asimétrico en un país capaz de consolarse con tener una Miss Universo). Ambos han sabido hacer de la cursilería su materia prima, su fuente de ganancias, disfrazándola bajo el infalible eufemismo del sentir popular. Ambos empezaron como baladistas y después han rondado con éxito varios géneros (bueno, el Galy mercenario y burlón que ha pisado sin pudor los terrenos del vallenato, la salsa y el corrido lo avasalla en este ítem). Y, sobre todo, ambos son ídolos. Carlos Monsiváis dice en uno de sus ensayos-crónicas sobre Juan Gabriel: "Un ídolo es un convenio multigeneracional, la respuesta emocional a la falta de preguntas sentimentales, una versión difícilmente perfeccionable de la alegría, el espíritu romántico, la suave o agresiva ruptura de la norma. Sin estos requisitos se puede ser el tema de una publicidad convincente, el talento al servicio de las necesidades de un sector, una ofuscación de la vista o del oído, pero jamás un ídolo".

Un ídolo perdura, una promesa se apaga con el viento, para hacer uso de una de las frases cursis de las que se alimentan las letras de ambos, pero sobre todo un ídolo es "quien retiene el falso amor de las multitudes más allá de lo previsible". El falso y mudable amor de las masas. Por eso taxistas, dependientas, botones, obreros y en secreto, vergonzantes como siempre, burócratas, actrices y diplomáticos que ya no pueden escudarse en la música de plancha, porque sencillamente Galy la rebasa, lo adoran. Hacen suya su cursilería, porque como Monsiváis bien lo recuerda, ampliando el concepto ofrecido por don Ramón Gómez de la Serna (lo cursi es el fracaso de la elegancia), en Latinoamérica lo cursi no es la elegancia fallida, es la elegancia disponible. ¿Bueno, pero es o no es el Juan Gabriel colombiano? Pues no, porque si bien ambos tienen encima cirugías estéticas, las de Galy son menores, apenas unos retoques, los dos han compartido tres veces escenario, codo a codo, ninguno por encima del otro. Además no adolece de la soberbia y la desfachatez del mexicano, que reconoce no haber leído un libro en su vida mientras que Galy escribió uno. El colombiano solo en una ocasión se ha puesto uno de aquellos trajes de terciopelo, tapizados con lentejuelas doradas, en Caracas, cuando se disponía a recibir el premio al mejor artista internacional. Es Carmelo Galiano, un muchacho que la primera vez que dejó Colombia le puso a la foto de su pasaporte otra encima en la que salía más agraciado y casi fue a dar a la cárcel por falsedad en documento.

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"Aquella inquietud, aquella necedad, no pasaba de ser la fiebre de un muchacho que le gusta algo cuando está joven. La mía era aprender a tocar la guitarra, por eso me fabriqué una yo mismo. Después de darle lija y lija aprendí a tocarla oyendo vallenatos en una radiola. Las rancheras las oía en un bar que quedaba cerca de la casa de mi abuela Eloisa. Otras las oía cuando veía las películas mexicanas en el teatro de María Firifiri. Total de que así fue como aprendí. Vine a saber que sabía cuando se presentó Calixto Ochoa en Chiriguaná. En una de esas me colé a la tarima y le pedí que me dejara acompañarlo. Me prestaron un bajo y les dije que tocáramos Las leyes de la vida y sonó perfecto, sin siquiera saber yo afinar. Es un misterio que no te puedo resolver, debió ser el espíritu de mi abuelo que dicen que tocaba violín. Él era italiano, de ahí que mi apellido sea con i y no con e.

A los diecisiete me vine para Bogotá y conocí a un cubano al que le mostré mis canciones y me dijo que bueno, que qué chévere, pero nada en firme. Al año me volvió a llamar. Yo andaba por ese tiempo entre Chiriguaná y Barranquilla. Estaba yendo a clases de arquitectura como asistente porque no tenía plata. Pero bueno, iba y ponía cuidado y creo que de algo sirvió porque diseñé la casa donde vivo con mi esposa Sandra, y mis hijos Galy Mauricio, Melissa y Vanessa. Entonces, como te estaba diciendo, me vine otra vez. Aquí me meto en un estudio, conozco a un arreglista y tocamos mis canciones. Me dice que suena así como una onda medio argentina, medio mexicana y me nombran cantantes que yo ni idea. Grabamos y resultó un disco de baladas que se salían de todo. No era Raphael, ni Camilo Sesto, ni Sandro, era otra película. Terminé por firmar con FM discos pero al gerente no le gustó el trabajo, así que hasta luego. Guardaron las cintas y pasó un año más, y toma, el cubano me llama y me dice: "Mira, tienes que venirte porque vas a recibir un disco de oro en Guatemala. Es que eres un artista". ¿Qué es eso, ¿con qué se come eso, me acuerdo que le pregunté. Y bueno, vino el viaje, el hotel cinco estrellas, la limusina, pero sobre todo el recibimiento en el aeropuerto. Había muchachas con pancartas y un Galy Galiano enorme. Ese día fue que me enteré que ese era mi nombre y no Carmelo. Me acordé que el cubano me lo había puesto en una cafetería en Bogotá después de escribir nombres compuestos, dizque Pedro yo no sé que, Juan no se qué. Ya cansado de pensar en alguno que funcionara me preguntó cómo me decían en el pueblo, y bueno, yo me acordé que firmaba mis vainas como Galia. Tun, el tipo me dijo: te llamarás de ahora en adelante Galy Galiano. Sí, Galy, sin la a. Y un año después era famoso en Guatemala bajo ese nombre. El resto es historia.

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Lo que Galy llama historia son los conciertos en sitios como Nueva York, Lima, Ámsterdam, Ginebra (Valle) y Ginebra (Suiza), Duitama, Leticia, Bruselas, Londres, París, y hasta uno improvisado en la Gabarra, donde le tuvo que cantar a un comandante de la guerrilla que en pleno monte le ofreció Polar helada sacada directamente de un congelador y un sonido mucho mejor que el del pasado concierto en El Cid. Galy lo cuenta con desparpajo en un restaurante típico al frente del Hotel Intercontinental. Ordenó una corvina al ajillo y un jugo de mandarina. Mientras el maître, que lo ha saludado como don Galy, pone a correr al cocinero con el pedido, un mesero trae una orden de patacones bien tostados. Galy se come los bordes y deja el corazón. Con el pescado servido y un segundo jugo cuenta que también tuvo que darle su empujón a Pastrana durante la campaña presidencial, cuando el entonces candidato se dio cuenta de que en su compañía las plazas y los estadios sí se llenaban. Es la segunda vez en menos de un mes que viene a Medellín, ciudad que le agrada mucho, no en vano allí nació Amor de primavera. En esta oportunidad la agenda está menos apretada. El de hoy sí será un concierto en franca ley. Tendrá teloneros, camerino y unas diez mil personas, entre ellas yo.

La llamada es a las siete de la noche. En la recepción lo espera un empresario con el que posiblemente monte una gira por Europa, donde acuna los espíritus de los inmigrantes salidos de Cochabamba, Esmeraldas, Neiva, El Chaco. Los dos se montan en un taxi rumbo al centro comercial Terminal del Sur. Al llegar los conducen en secreto a unas casetas de lona blanca que harán las veces de camerino. Las trompetas afinan, el bajo desentume los dedos, Galy prueba micrófonos y ocasionalmente se toma una tapita de Brandy Domecq que ha empezado a circular. El público se calienta con los Relicarios y después con Armando Hernández, un ex corralero de majagual con pinta de boxeador peso pluma retirado, de esos de anillo grueso plagado de brillantes y zapatos blancos charolados. Galy administra los nervios pensando en yarumos plateados, en lejanos amores prohibidos, en pargos fritos y tilapias a la plancha. Los músicos ya están arriba. Un muchacho ciego, encargado del piano y del acordeón, al que sus compañeros peluquearon con un Mohawk recatado pero moderno, sufre con los ajustes. Galy aguarda detrás del escenario. Antes de que lo anuncien, un grupo de adolescentes pudientes con pases para andar en el back stage y con botella de aguardiente en mano lo reconocen y se toman fotos a su lado. Aquí, con ustedes, el señor Galy Galiano, se oye de repente. Sube despacio para que una cámara de televisión lo pueda tomar en toda su amplitud, y da unas buenas noches que muy rápido se ahogan entre los gritos de sus seguidores. Sin muchos preámbulos rompe con Pequeño motel. "En un pequeño motel... donde no exista el reloj/ juntar tu piel con mi piel... que se tejen en mi pasión/ en él, solo para mí... tus encantos de mujer/ amarnos sin condición... en un pequeño motel/ amarnos sin condición... en un pequeño motel."

Le siguen La cita, Dos corazones, Miedo de olvido, hasta que llega Me bebí tu recuerdo, la canción de tres minutos veintidós segundos con que se inmortalizó entre los habitantes de las cantinas, los cajeros despechados, las modelos engañadas y los ministros con penas amorosas. La periodista Alma Guillermoprieto también se ocupó alguna vez de Juan Gabriel. Una de sus crónicas cuenta el día en que el cantante fue a dar un concierto en provincia, durante una fiesta. Los machos del pueblo, al enterarse de que un cantante amanerado iba a cerrar su festival, soltaron culebras, ranas, sapos, toda clase de vituperios. Cuando empezó el concierto la primera lágrima la derramó uno de aquellos hombres recios. Al Galy arrancar con su clásico, donde habla de una noche en que metió una foto de la mujer que amaba en una copa de vino y empezó a bebérsela para que su recuerdo no lo lastimara, los primeros en cantar a grito herido fueron los muchachos burleteros, los jóvenes ricos que no tuvieron otra opción que rendirse ante el brillo del ídolo. Yo también sucumbí. En mitad de la canción empecé a cantar y después, habiendo dejado de ser yo para ser parte de la masa, canté Amor de primavera. Ese es el corazón de las cosas, Galy permite la disolución del yo para abrazar la cursilería sin recato, el increíble alivio que sobreviene cuando uno ya no se lleva puesto. Por eso cuando vuelva a mirar al cielo ya no serán cumulonimbus lo que vea, será a Carmelo en las alturas.

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