Desde que el mundo es mundo, o por lo menos desde que están en él las criaturas, el rey de la creación, ya sea por instinto de procreación o afán de recreación, se preocupó por ver y ocupar el inquietante agujero que esconde entre sus piernas su compañera, sitio que un poeta sutil calificó como "la rosa entreabierta".

El hombre de las cavernas tenía sus maneras (1). Con el garrote falofórico entontaba a su virtual concubina. Luego la tomaba del pelo y la arrastraba a la cueva o el pedregal donde, despojándose de sus pieles, saciaba sus instintos hasta que la hembra despertaba a querer poner de su parte. Lo que no hacía ya ninguna gracia al cavernícola en hartazgo, ahora sólo interesado en empuñar su garrote para salir a cobrar una nueva pieza (2). Práctica la mejor por su condición instintiva pero que, lamentablemente, con la invención de la cama y el amor cortés, vino a entrar en desuso, y ni tanto, porque desde la entronización del feminismo las trogloditas han devenido a ser ellas. Si no me creen, mírenme este chichón en la frente.

Para que pudiera asumir los desafíos de la carne desde mediados del siglo veinte en una provincia de tierra caliente, y más si viajaba a la capital, la tía Adelfa -que era esposa de un putañero- me enseñó las condiciones sacramentales para ser buen conquistador: nadar, bailar y montar en bicicleta (3). Para la hora señalada había que vestir bien, desde luego, pues el que viste mal se desviste peor, como rezaba el aviso de la sastrería de papá. Pero no me mencionó la enjundiosa palabrería. Lo que yo debería decir para que me lo dieran, amén de un beso. Eso se presentará según las circunstancias, me dijo. Pero te irá mejor mientras menos explícito (4) seas.
Me suscribí a la literatura a ver si encontraba las palabras que procuraran el acceso al misterioso. Por lo menos al principal. Pero en las novelas los protagonistas terminan tirando de un momento a otro sin que medie la petición. Devoré todos los tratados, desde El arte de amar de Ovidio hasta el Erotica biblion de Diderot, desde El Satiricón de Petronio hasta El almuerzo desnudo de Burroughs, desde El sí de las niñas de Moratín hasta La venta empieza cuando el cliente dice no. Y lo mejor que vine a encontrar fue una atinada solicitud al respecto en la Biblia de mi abuela, en las primeras líneas del Cantar de los Cantares, en la pluma rijosa de Salomón. La paradoja es que quien lo pide es la Sulamita: "Ah, si me besaras con besos de tu boca, porque mejores son tus caricias que el vino. Hazme del todo tuya, ¡date
prisa! Atráeme, Señor, a tu alcoba".

Con el amigo Quevedo (5) no me fue nada bien, a pesar de que hallé el comienzo de un soneto con un amago de petición onírica: "¡Ay, Floralba! Soñé que te. ¿Direlo? / Sí, pues que sueño fue: que te gozaba". Casi no se atreve a expresarlo el pazguato, ¿por qué? Tal vez por el nombre de la agraciada, poco proclive a despertar la erección. El escritor más reconocido del mundo, James Joyce, utiliza la epístola para anunciárselo a Nora Barnacle: "¡Cómo me gustaría ahora sorprenderte durmiendo! Hay un lugar en el que ahora me gustaría besarte, un extraño lugar, Nora. No en los labios. ¿Sabes dónde?". El maestro Fernando González, en Viaje a pie, trae un catálogo de prescripciones, entre ellas las de que "casi nunca que se propone se obtiene", que "casi nunca que se comienza acariciando se falla" y que "toda mujer que se distrae, se entrega". De modo que a distraerlas, pues, con la comida, la bebida y el baile, ya que no hay fórmulas infalibles con palabras preconcebidas. Cada uno tiene su estilo y es más importante encontrar el lugar que la fórmula. No se lo pide igual un joven artista a una señora entrada en años y en carnes que un adusto millonario a una jovencita en apuros; ni un deportista en pleno doping a la gerente del banco que un académico de la lengua a la señora que dispensa los tintos; ni un erotómano redomado a la trapecista de un circo que un yogui a una discípula de Vivekananda. No importan las palabras del seductor, del peticionario. Tan sólo operarán cuando la dama esté predispuesta a ofrendarlo.

Y allí viene el otro desembarre del ufano conquistador. Cuando lanza su dardo apuntando al motel o al apartamento, ya sea en la mesa del restaurante coreano o en la pista de la excitante discoteca, en el auto de regreso de la represa o a la entrada del cineclub, ya ese dardo ha sido despuntado por la querida requerida y requete herida en lo más profundo de su delicia, porque en estas cosas del amor cuando el hombre apenas va la mujer se viene.

De lo que sí hay que abstenerse es de esos trucos en otros tiempos exitosos, como la queja de que la esposa no lo comprende, que se está en proceso de separación de cuerpos, pues podría generar una desaforada ilusión en el prospecto de levante que haría que dilatara la entrega para vender a mejor precio la virtud y la mercancía, según teoría del virtuoso del violín mi maestro Armando Holguín Sarria. Ni de posar de experto en el sexo tántrico, en la alquimia sexual y en el culto del kundalini. Eso es jugar sobre seguro y haciendo trampas con las cartas del espíritu. En ese caso ni necesidad habrá de pedirlo. Bastará con invitarla a un masaje y se despojará de la bata. Y terminará por abrir hasta la cartera.

Tampoco hay que acudir -porque sería darse por perdido- a las gotitas enervantes en el cuba libre ni a otros productos que doblen la voluntad antes que las piernas. A este respecto es de premio el aviso que me mostró Yury Lesnikov, publicado en la revista Pimienta, de una pomadita infalible para que la mujer se entregara ipso facto. Bastaba con untársela suavemente sobre el epitelio del clítoris.

Según el barón Alfredo del Rey, la mayor gracia de pedirlo debe apuntar a recibirlo una sola vez y que quede notificada la interesada. En lo intrascendental del acto radica su intensidad. Una cosa es pedirlo. Muy otra cosa es una declaración de amor o un acoso de boda. El que lo pide y se lo dan de una, debe darse por bien servido, terminar el meneo y luego del ritual de un buen baño poner pies en polvorosa, si no quiere correr el riesgo de perder el ancla en esta última polvera. La mayoría de las mujeres están dispuestas a darlo para evitar que uno lo siga pidiendo. El problema para los hombres viene después, cuando la gomina del polvo se vuelve engrudo. Más pesada aún que la mujer ligera es la mujer pegachenta. La de los arrumacos en los cocteles, la que te monta la pierna en el taxi, la que te mantiene lleno el buzón de correo con la repetición de la repetidera.

A pesar de la cita de Joyce, que podría complementarse con algunas de Éluard a Gala, escribir cartas es anticuado y peligroso. Sobre todo si son a mano, en papel de colores, perfumado y sobre lacrado. Para eso se cuenta ahora con el teléfono celular, por donde el levante es más fijo que por el fijo. Escribir poemas para seducir es inicuo. Casi peor que mandar flores o entregar chocolates. No tiene ninguna gracia una conquista que se hace a base de esos detestables detalles que perfilan como huevón (6). Más bien a la despedida se puede hacer un regalo espléndido para remachar el recuerdo. Pero el recuerdo debe estar más orientado hacia el glorioso remache del machacante que hacia el esplendor del regalo.

"No lo pida tanto y verá cómo terminan por dárselo", me repetía una novia neoliberal que tuve cuando me colé en el jet-set. Coincidió que cuando dejé de pedírselo a sus amigas ella misma me lo retiró porque creyó que ya me lo estaban dando, y mentira. A la altura del 2003 la pedida se pone más difícil con la adopción femenina del término 'intenso' para calificar al que es persistente. Ese personaje que antes perseveraba para alcanzar, es lo más detestable para las chicas y sus amistades cercanas. De modo que hay que coronar en el primerazo. Contagiando el deseo, despertando la expectativa, con o sin palabras, y en lo posible encoñándolas con todos los subterfugios, que alguno habrá que no conozcan.

Voy a mostrar mi as en la manga. A mí siempre me funcionó este razonamiento perverso: "No sé si habrás notado que a pesar de que te miro con tanta intensidad nunca he sido capaz de pedírtelo. ¿Sabes por qué? Primero por respeto. Pero sobre todo porque me da miedo hacerte daño. Puede que después ya no sientas gusto con el de nadie... Hasta las prostitutas se quejan... Me piden que lo recorte". Aunque nunca me falló, tampoco hubo nunca segunda vez. Que era lo que venía predicando.
Tanto esfuerzo -y a veces tanta inversión- para meterlo, y al final tener que sacarlo. Paradojas de la vida galante. Lo más cruel es que después de las primeras manos a la presa haya que soltarla. Porque no hay presa superior a la libertad.
Envío: La revista SoHo me regaló el título "El arte de pedirlo" y creo que los lectores han terminado por resignarse a que no hay ningún arte infalible para lograrlo. Espero que para el próximo número encarguen a todas esas amazonas con quienes fracasamos en el intento a que se explayen con "El arte de darlo". Y que todo termine como me pasó en Madrid con una bella señora que encontré en uno de los bares bohemios de Malasaña. Me le acerqué por detrás para decirle que era una de las mujeres más sugestivas que había conocido pero que no encontraba las palabras para pedírselo. Ella me contestó: "Sólo dime dónde lo hacemos". Después me di cuenta de que era la autora de un libro con ese título y que quería promoverlo. Aquí aprovecho para seguírselo promoviendo. Aquí aprovecho para seguírselo promoviendo.

1. A pesar de su falta de tacto.
2. Esto nos lo cuenta la prehistoria a través de sus exegetas, los caricaturistas modernos, con exageración que está por medirse.
3. Hoy serían surfear, chatear y snifar.
4. Me prometí buscar la palabreja en el diccionario, pero se me ha ido olvidando.
5. Gran cantor del ojo del culo.

6. En un tiempo tuve gran éxito con Transmigración: "Cuando la vida humana / desaparezca del planeta / y yo resida en una piedra / y tú en los nervios de una hoja / recordarás que te lo dije / cuando jugábamos al cuerpo/ déjame amarte que más tarde / tiempo tendremos para el resto". Tarde vine a enterarme de que me lo daban, no por la excelencia del poema, sino por lástima de mi comportamiento anacrónico.

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