Hacer el amor con condón es una de las formas más aberrantes del onanismo. Quien diga que ha hecho el amor con otra persona usando condón, no lo ha hecho, simplemente se ha masturbado. La leche milagrosa pierde el encanto para el que fue creada, que consiste en empapar las mucosas puestas a disposición. El máximo prestigio de esta tripa plástica es que dificulta el embarazo no deseado -como si alguno lo fuera- y las enfermedades venéreas, nombre que infama la mitología, pues remite a lo que ni a Baudelaire se le ocurriría, a una Venus con gonorrea.

La gran pensadora Amparo Grisales -de quien parodiando al divo Gustavo Álvarez Gardeazábal conceptuamos que si hubiera gobernado con el culo estaríamos todos salvados-, ha dicho, sin soltar el micrófono que domina, que hacer el amor con condón es como comerse una colombina sin retirarle el envoltorio de celofán.

Ahora se ha venido a revelar, por parte de autoridades médicas y religiosas interesadas en la procreación sin control, que el tal revestimiento de látex es más poroso que un estropajo. Y que así como deja colar el espermatozoide obstinado, con mayor razón el virus del sida. Advirtiéndoles a quienes diariamente utilizan el tan publicitado adminículo para estar libres de todo mal y peligro, que están tacando burro mientras trabajan. No lo creo, y si bien las bondades del preservativo son innegables, puedo perfectamente abstenerme de ellas sin que esté defendiendo a la Iglesia. Los hijos que iba a tener ya los tuve, lo mismo que las tales enfermedades. A estas alturas de la vida, y con esta malicia indígena, uno ya sabe con quién se acuesta. Basta con mirarle a la muchacha el iris del ojo.

El trauma, si así puede llamarse, comenzó en mi pubertad cuando, para ganar una apuesta, me allegué hasta la farmacia, y sacando pecho y con voz gruesa solicité a la dependiente preservativos -que no iba a decir condones-, y hasta aventuré marca y presentación, Tres Cadetes en su caja de lata, a lo que ella me contestó como a la larva de poeta minimalista que era que no tenían tallas pequeñas, para evitar decirme que estaba prohibida la venta a menores, cuando yo ya calzaba las medias de mi papá.

Cuando al fin conseguí uno de contrabando, ante la máxima urgencia del ser humano -Flora había consentido en dejarse-, al ir a ponérmelo resultó que no resbalaba, ante lo cual ella se permitió colocarme el redondel en el glande y procedió a ir empujando con la boca el látex hacia la base del tronco, haciéndome ver tal chispero que me extrovertí enseguida rellenando la cápsula, y no había tiempo ni repuesto para esperar por una segunda erección. Así, el único virgo presunto al que tuve acceso para desflorar en la vida se frustró por este adminículo.

Cuando ya logré colocármelo bien y ensartarlo como Dios manda, muchos años después y por puro morbo, porque la joven meretriz tenía carné sanitario, fue tan trituradora la cucaracha que cuando lo saqué estaba vuelto chicuca. El condón y su contenido. Pudo también haber ocurrido que como el semen juvenil sale disparado a una velocidad de 45,6 km por hora, la dichosa capucha del condón se haya desflecado. Desde entonces comencé a considerar al prestigioso embeleco bajo beneficio de inventario.

Para nadie es un secreto que un condón oficial huele inmundo, huele a lo que es, huele a profiláctico. Para compensar esa agresión a un sentido tan exigente, han tratado de impresionar la vista y el gusto con colores y con sabores. Pero los colores, así sean los de Calder, se pierden en el oscuro. Solo sirven los colores fluorescentes, para no extraviarse cuando se va la luz en el motel.

Respecto de los sabores que les adosan a los condones de marca, el refinado intelectual Fernando Toledo me informa que no son de buen gusto, que para lo único que sirven es para hacer abrir más la boca en la arcada, que es preferible el bouquet a berrinche del original, no importa que sean de banana, de fresa chicle, de papaya o de chontaduro.

Lo que más me ha impactado de la historia del condón no es que haya aparecido en las inscripciones prehistóricas de unas cuevas francesas y en papiros egipcios, ni que lo haya formulado en el siglo XVI el médico italiano Fallopio (en cuyo honor se bautizaron "¿de quén shon tompas?"), hecho a mano y a la medida y rociado con esencias espermicidas, o que los japoneses lo fabricaran con caparazón de tortuga, sino que lo haya reinventado en Francia el divino Marqués de Sade, envolviendo su pene en una tira de tocino para sodomizar gallinas vivas. Habiendo tantas moscas muertas.

En caso de retornar a su uso, y en honor del mártir francés que quisieron convertir en verdugo, me iría por los condones que no cumplen con sus funciones sanitarias, sino que por el contrario vienen con fundas de castigo, con aspas de zepelín o como tiburón con aletas, con sustancias inflamables, para producir la irritación del delirio a través del placer forzado.

Como lo hubiera dicho el surrealista imaginativo, no será el miedo al sida lo que me obligue a bajar la bandera de la gratificación.

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