Acabo de verlo. En una esquina de Bogotá, en este preciso momento, venden una copia pirata del código penal: al lado de las restauradoras novelas de superación personal, las últimas novelas de los novelistas de moda y las inaplazables recetas de la famosa terapia de las frutas descansa, pirateado, el compendio de todos los crímenes y todos los castigos. Es, por parte de los piratas, toda una declaración de principios: hasta que no bajen los precios, hasta que no los dejen de perseguir, hasta que no les sugieran un mundo diferente, no van a dejar de comerciar a escondidas: olerán el peligro, correrán cuando la policía pase por la misma cuadra y atravesarán océanos para vender sus mercancías. No invertirán su sexto sentido en la búsqueda de alguna vacuna, no: muchas personas se quedarían sin trabajo y ellos saben lo que se siente.

No quiero convertirme, de un momento para otro, en el defensor de los piratas. Sé que lo que hacen está mal hecho. Entiendo que debería darles vergüenza. Estoy convencido de que así como ellos tendrían que evitar ese deplorable comportamiento, uno mismo, que no tiene ese tipo de iniciativas pero que en el fondo admira a Robin Hood por robarles bolsas de monedas a los millonarios, no debería fotocopiar libros, grabar las películas que dan por televisión y, por ningún motivo, bajar canciones por internet o llevar grabadoras de mano a los conciertos. Desde chiquito me enseñaron que hay que ir a las librerías, ver los últimos estrenos en las salas de cine y esperar, con toda la paciencia del mundo, a que los discos de los músicos favoritos lleguen a los almacenes. Sé que eso es lo correcto. Bueno, todos lo sabemos.

Pero entonces, ¿por qué seguimos haciendo lo contrario?, ¿no respetamos los derechos de autor?, ¿no les tememos a las persecuciones de las autoridades competentes?, ¿aún hoy, en plena era de la seguridad absoluta, nos parece encantador aquel ser humano que es capaz de robarse un banco sin ir a la cárcel?, ¿sentimos en el fondo que tenemos derecho a la piratería? Si no tuviéramos trabajo, ¿pondríamos un negocio de ese estilo?, ¿llevaríamos una cámara y filmaríamos la película que estuvieran proyectando bajo los techos en ruinas de cualquier teatro del centro? ¿No es una contradicción piratear aquel deprimente éxito radial que insiste en que "yo sólo quiero pegar en la radio para ganar mi primer millón"?

El problema es que todo está muy caro. Y que pagar cuarenta y cinco mil pesos por un disco de Christian Castro, aun cuando contenga el inolvidable "nuestro amor es azul como el mar azul", es todo un despropósito. Sí, claro, comprarlo pirata, a cinco mil, tres mil o dos mil pesos, es igual de censurable, pero la verdad es que así como un juego de PlayStation no debería costar cien mil pesos porque lo más probable es que al final sólo lo juegue el niño más odioso del curso, un disco no debería costar, jamás, cuarenta y cinco mil pesos. Porque cuánto es eso, ¿más del veinte por ciento del salario mínimo?, ¿unos siete almuerzos?, ¿la cuenta del teléfono de un hombre prudente? Además, ¿tiene sentido invertirle tanto a un disco de Paulina Rubio?, ¿no basta con sacarle una fotocopia a la portada?

Sí, es todo un dilema. Por un lado, la educación que nos dieron. Por el otro, los precios y la explotación. Por una parte, nuestro sentido del deber. Y, por la otra, nuestro afán de justicia. ¿Qué podemos hacer? Lo único que se me ocurre, en este momento, es comprar la famosa copia del código penal para saber bien de qué estamos hablando. Lo único que me tranquiliza, por ahora, es la sospecha de que los autores de superación no se molestan porque fotocopiemos sus libros edificantes. En cambio, sonríen con ternura.

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