Miren ustedes: a estas alturas del paseo, ya nadie puede pretender convertirse de golpe en Nadia Comaneci.
Pero es que más que un libro, el Kamasutra es un mito, una palabra mágica, un punto de partida para el morbo occidental. Todos nos imaginamos que es un manual práctico de posiciones amatorias desconocidas que nos llevarán al paroxismo del placer. Pero ni Kama quiere decir cama, ni Sutra sexo, ni mujer multiorgásmica, ni cómo hacerla aullar de júbilo mientras le trepanas el tímpano al tiempo que le chupas el dedo gordo del pie. Siento desilusionarlos pero no. Es más, ni siquiera es en origen un libro ilustrado. "Kamasutra", en sánscrito, quiere decir sencillamente "los aforismos del amor". Y es un libro de protocolo. Un tratado de etiqueta amorosa escrito por un filósofo indio llamado Vatsyayana, hace ya tanto tiempo -veintitrés siglos- que muy poco de lo que dice tiene en nuestros días estricta utilidad. Claro que enseña algunas posiciones raras, pero está pensado para otro mundo, para un reino perdido en el que el placer era un delicioso deber terrenal.
Y allí está lo bonito o, para ser más exactos, allí está lo ejemplar. Allí está lo que a nosotros, occidentales mojigatos del siglo XXI, se nos antoja de una increíble modernidad: su libertad. La inmensa libertad para hablar del sexo como uno de los cometidos fundamentales de la vida. Porque el Kamasutra no fue nunca un libro prohibido en la India. Todo lo contrario. Era de obligada lectura para todos los jóvenes, con énfasis especial en las hijas de los gobernantes y comerciantes acaudalados. Es decir, equivalía al MBA de Harvard o de Insead para las niñas bien.
Ajá. Eso tiene su morbo, ¿no? Preci-samente. El morbo está en la idea, en la imaginación, más que en el libro mismo. Miren, les cuento cómo llegó hasta nosotros para que vean que el pornógrafo es uno y no él. Fue sir Richard Burton, un inglés aventurero y díscolo, un explorador y viajero aristocrático, un hombre extraordinario y medio loco, quien tradujo el Kamasutra por primera vez hacia finales del siglo diecinueve. Y lo publicó en Londres, en pleno apogeo de la era victoriana, para sonoro escándalo del establishment inglés. ¡No se imaginan lo que fue aquello! Casi lo excomulgan. De hecho, cuando murió, no lo enterraron en el cementerio que tocaba, y su mujer, una tonta de racamandaca, quemó sus diarios y manuscritos para hacerlo pasar por un buen católico y dizque limpiar su memoria. Y de las cenizas de ese escándalo somos nosotros, todavía, los pobres herederos. Qué pacatos. Ay de nuestra judeocristiana tradición.
Porque ahí está el meollo del asunto. Mientras a nosotros nos decían que el Cantar de los Cantares del rey Salomón, ese largo poema suavemente erótico de la Biblia, contaba la historia del noviazgo entre Dios y su novia la Santa Madre Iglesia (¡pero quién se traga semejante estupidez!) en Oriente estudiaban el tamaño del ligham y del yoni -asumo que no necesito traducir, je, je- para ver cuál encajaba mejor con cuál. ¿No les parece insólito? Mientras a nosotros nos mostraban estampitas de santas en éxtasis supuestamente religioso, con la mirada arrobada y un montón de rayos de luz que bajaban del techo, en la India tallaban en las cornisas de los templos figuritas de hombres y mujeres haciendo el amor en las más variadas posiciones, justo al lado de la imagen de Shiva o de Ganesha o de algún otro dios. ¡Qué contraste tan descomunal! Lo dicho: un libro de otro mundo.
Por eso, de nada nos sirven los consejos del Kamasutra. Nada nos enseña la ingenua pedantería con que en cada capítulo se catalogan distintos tipos de besos y de abrazos, de mordiscos y arañazos y caricias, porque ya crecimos sin esas convenciones compartidas y cada cual hace lo que le da la gana en los momentos en los que la cabeza se va. Si acaso, el libro evoca un tiempo en el que todos los sentidos tenían que ser mimados, consentidos, en el que el olor y el tacto y el gusto y el oído tenían la misma delicada importancia que lo visual. Si acaso, el Kamasutra nos recuerda que en Occidente nadie nos enseñó a sentir con los ojos cerrados. Nos dijeron que había que cerrarlos para no ver, que es muy distinto, y con ello nos convirtieron en una cultura de mirones, y dejamos los otros sentidos haciendo cola en el corredor. Pues sí, supongo que eso sí aprendí de su lectura: a cerrar otra vez los párpados para profanar deliciosamente y a manera de improvisada venganza el nombre de toda la plana mayor de nuestra sacrosanta religión.
Para el resto, yo creo que desde hace ya por lo menos diez siglos, a todos se nos hizo demasiado tarde, pero les juro que en el fondo a mí no me da pesar. En contrapartida, tenemos, por ejemplo, el poderoso morbo de las palabras. No sabremos colgarnos del techo ni pararnos en la cabeza, no sabremos ni de mecánica ni de protocolo sexual, pero como nos dijeron que el placer era prohibido, nos dejaron el arma irresistible de la imaginación. Abajo entonces Nadia Comaneci y que viva para siempre el lujurioso encanto de ser desobedientes. Ese resto, cosa que -si me permiten el eufemismo del siglo-, es bastante divertida, se va inventando en los lugares más insólitos, a las edades más insospechadas, con ciática y todo, gracias a Dios.

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