Como ocurre con todos, este placer debe ser construido. De manera que digo que sí, que sí escribo sobre los placeres negativos, y en el momento de la verdad lo mando todo al diablo. En esas estoy ahora.

Mientras los demás se devanan los sesos frente a sus hojas de papel en blanco, yo cierro los ojos y me dejo invadir por un enorme bienestar. De repente, el café adquiere su mejor aroma (no tener que tomar el té con Belisario es, tal vez, otro de los grandes placeres negativos), la música de Mozart se oye mejor que nunca (no saber ni pío de Diomedes es, quizás, el mayor de los placeres negativos), y hasta el último libro del cada día más romo Carlos Fuentes adquiere nuevos filos y mayores contundencias (no leer lo que escribe Fernando Vallejo es, posiblemente, el más placentero de los placeres negativos). Y todo eso: no tomar el té con Belisario, no saber ni pío de Diomedes y no leer a Vallejo, lo hago mientras los demás escriben sobre no ir a reuniones caseras con guitarra y música de Silvio Rodríguez, o sobre no salir al campo con repelente y olla de pollo sancochado, sin confesar que son felices en esas circunstancias, que se desviven por sacar la guitarra en la próxima reunión de primas sesentonas para interpretar "la última de Silvio", y que hace poco estuvieron en Jardín, untándose hasta los codos con la salsa pegajosa del pollo de la tía Eduviges. Pero ese no es mi problema. Mi problema es el de tratar de no escribir sobre las fiestas de ex alumnos, que, quién sabe por qué, se celebran cada cinco años, con ruidosas explosiones en los veinticinco y en los cincuenta (y no hablo de la única explosión de la que se tiene memoria ocurrida a los 75, porque esa pasó casi desapercibida gracias a que de los alumnos de tiro al pichón* en 1928, los únicos que quedan vivos son 'Tirofijo' y Fabio Echeverri Correa).

No ir a reuniones de ex alumnos sólo puede equipararse a la dicha infinita de pasar un fin de semana con Julia Roberts. El día en que mis 'compañeros' celebraron la última, la de los 25 años, nació mi hija Manuela. En la próxima, la de los 50, nacerá mi primer nieto, posiblemente hijo de mi hija Manuela. Y gracias a esos acontecimientos ineludibles me ahorré -y me ahorraré- la cháchara incontenible de Fernando Londoño, compañero mío (bueno, se le dice 'compañero') sobre sus líos en Invercolsa y en el Banco del Pacífico, que para él, pero sólo para él, no son líos sino episodios de su aguda inteligencia. Mientras me inclino sobre la cuna del recién nacido y lanzo el "agú" idiota de quien no sabe qué decir, sé que en el coctel de marras abundarán las remembranzas sobre las niñas bonitas de la clase, que seguirán siendo bonitas pero en el renglón de abuelas, y sobre los milagros económicos que protagonizaron algunos (mensurables apenas con un metro), y sobre la habilidad de mago de Oz de algún otro, que podría darle lecciones a Lorgia sobre la forma como hacer desaparecer toda una sección del país entre el bolsillo (o un departamento administrativo entre el bolsillo). ¿Qué placer puede encontrar cualquiera en asistir al mismo cuento de siempre, donde un poco de viejos aburridos, que nunca tienen nada que decir, naufragan en los paréntesis de los pasabocas y de los tragos de whisky, y se dedican a calibrar cuentas bancarias, a disimular arrugas inocultables, a colgar cachumbos alrededor de sus desentejadas bolas de billar, a soportar abismos inevitables en sitios donde antes había volcanes abrasadores y vigorosas cumbres nevadas sostenidas apenas por la destreza mágica de un soñado brasier?

En fin, qué dicha no estar allí cuando el borrachito de siempre pida la palabra para hacer un brindis, o cuando el otro, llorando a moco tendido, grite "¡Que viva el padre Giraldo!", o cuando el de más allá se dedique a hacer un oso a lo ex alcalde de Bogotá, tratando de alcanzar favores que no alcanzó cuando era el mejor en derecho romano. Qué dicha no tener que dejar olvidada en un taxi la libreta con los teléfonos y las direcciones electrónicas. Qué dicha no aparecer en la foto, ni tener que deslizarse entre barrigas pontificales, ni preguntar qué fue de Gloria Domínguez y si al fin se casó o no con Carlos Bula. Qué dicha, en fin, qué felicidad infinita, qué gloria inmarcesible, qué jubilo inmortal, no tener que bailar la guabina chiquinquireña con Fresia Rodríguez. o con Octavio Acosta.

* Pichón: nombre que se le da en algunas naciones latinoamericanas a quien ocupa, sin razón, la presidencia de la República.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.