Y las primeras declaraciones a la radio serán: "Me dio mucha alegría, pero lo que sentí más en el fondo fue: ¡qué bien! Esos son los premios que nos dan a los viejitos para que no nos muramos muy amargados".

Los perros del mundo se pondrán felices. Excepto los de Venezuela, que ya recibieron cien mil dólares por su premio Rómulo Gallegos y les quedará muy difícil repetir. Su hermano, quien fue el encargado por Vallejo para elegir a la afortunada institución canina venezolana, recibirá muchas invitaciones y tendrá muchos lagartos a su alrededor. Es que un millón y medio de dólares no es ninguna suma despreciable y alcanza para comprar bastante alimento y medicina para perros. ¿Quiénes serán los elegidos? ¿Los perros de Afganistán o los de Irak? Tal vez ninguno de los dos: podría interpretarse como una decisión políticamente correcta y el amor de Vallejo por los perros es sincero y profundo (Corea, de plano, está descartada por sus salvajes costumbres de ingerir canes). De cualquier manera, el trabajo de su hermano será muy profesional y no se descarta que a los pobres perros colombianos les quede alguna platica.

El Papa no se pondrá muy feliz ("a fin de cuentas no es más que un pobre diablo que ya por fortuna se va a morir"); tampoco García Márquez, quien dejará de ser "el Nobel colombiano" y pasará a ser "el otro Nobel". O peor aún: "el otro Nobel que también vive en México". Los colombianos, a propósito, estarán divididos. La mitad no le perdonará sus ofensas al Santo Padre y que los haya insultado tanto por el solo hecho de copular y tener hijos como Dios manda. La otra mitad quedará contenta de que le hayan dado el premio a alguien que se atreve a decir lo que nadie es capaz de decir en este país.

A Carlos Fuentes le dará un preinfarto y Mario Vargas Llosa entrará en una depresión profunda (por primera vez en muchos años dejará su gallardía de buen perdedor y se abstendrá de dar declaraciones sobre el nuevo Premio Nobel). Pilar Reyes, la editora de Alfaguara, se pondrá más feliz que el compañero de Fernando Vallejo. William Ospina organizará un ciclo itinerante de conferencias para explicar su obra (desde Leticia hasta el Cabo de la Vela y durará tres años).

Las autoridades colombianas se sentirán muy incómodas y discutirán largamente la conveniencia de enviar o no una delegación oficial a Estocolmo. ¿Qué tal un desplante olímpico de Vallejo ante la prensa del mundo entero? ¿Qué tal un madrazo al señor presidente Álvaro Uribe, como ya lo hizo en un programa de radio con el señor presidente Andrés Pastrana? Una situación realmente embarazosa que no sería capaz de sortear ni siquiera nuestra ministra de Cultura, la encantadora Chachi. Y el Ministerio de Educación la tendrá difícil a la hora de decidir si las obras de Vallejo se vuelven de obligatoria lectura en los colegios. Al final votarán que no "por el mal ejemplo y la falta de valores que conlleva su literatura para la juventud colombiana" (claro que harán una salvedad y destacarán "la alta calidad de su prosa").

Finalmente, los estudiantes lo leerán clandestinamente en ediciones piratas (Pilar Reyes ya no estará tan contenta) que, subrayadas y descuadernadas, cargarán en sus morrales. (Los funcionarios del Ministerio de Educación seguirán sin entender que la mejor campaña de lectura no es "la lúdica de los libros", sino la prohibición abierta de éstos).

Definitivamente Vallejo no asistirá a la ceremonia vestido de liqui-liqui, semejante ridiculez. Tampoco irá forrado en cuero negro, ni de smoking. Lo más seguro es que pida permiso para asistir de sport. Su discurso no dirá nada que no hayamos oído de él: que su desgracia comenzó cuando descubrió el dolor de los animales, que el ser humano no tiene salvación, que imponer la vida es el crimen máximo, que nadie tiene derecho a reproducirse y que Darwin y Einstein son unos farsantes.

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