He esperado este momento durante toda la semana. El director técnico del Santa Fe, Arturo Boyacá, me ordena que ingrese al campo de juego. Las piernas me tiemblan por los nervios. No es para menos: estoy aquí, en el estadio El Campín, ante 35 mil espectadores, dispuesto a enfrentar a Millonarios. ¡Es un clásico de verdad! Me quito la sudadera mientras Boyacá me da instrucciones. Debo reemplazar a Luis García y, según él, evitar que los volantes de armado se junten. Los periodistas por la radio se preguntan quién soy, especulan, y cuando se enteran de que no soy un futbolista sino un periodista que lleva apenas una semana entrenando con Santa Fe comienzan a criticar. "Es una falta de respeto con el público", "este clásico es una vergüenza", "se está muriendo del susto: miren cómo corre".

En el banco, Juan Pablo Ramírez, 'el Mono' Herrera y Lucas Jaramillo se ríen un poco al verme tan asustado: "¡Donde empate el partido se cae este estadio¡". Vamos perdiendo uno a cero y quedan tres minutos. Yo les respondo con risa nerviosa aunque, obviamente, ya había pensando en esa posibilidad. Corro hasta la mitad de la cancha y en la línea lateral el asistente anuncia el cambio. Algo me dice que puedo hacer un gol. Fabio León Naranjo es el único que me apoya desde su micrófono: "En 1982, el yugoslavo Bilibajicj debutó aquí ante Millonarios haciendo un gol en 34 segundos. Ese día ganó Santa Fe dos a cero, así es que no menospreciemos a este muchacho".

Por eso no me importa que apenas falte un minuto: finalmente es el tiempo que había acordado para jugar con las directivas y el cuerpo técnico una semana atrás cuando les propuse el artículo sobre cómo es esto de ser futbolista. Y no solo me permitieron entrenar y concentrarme con ellos, sino también estar aquí, algo que valoro mucho pues si algo aprendí es que no solo se necesita ser bueno sino también contar con mucha suerte. La mayoría pasó por la segunda división del fútbol colombiano, o por las inferiores, o por las ligas departamentales, y tuvieron que jugar muchos partidos antes de vestirse la camiseta de un equipo profesional.

Antes de llegar a este clásico tuve que entrenar a la par con ellos, algo que no me resultó fácil a pesar de que, hasta hoy, me creía un buen deportista por practicar el fútbol con alguna frecuencia. Muy rápido me di cuenta de que estaba lejos del nivel de mis nuevos compañeros. La cita siempre fue en el Centro de Alto Rendimiento y la jornada se dividía en dos. Los entrenamientos de la mañana comenzaban a las 8:30 y se extendían hasta las once, mientras que en la tarde arrancaban hacia las 4:30 y terminaban dos horas después. El calentamiento, coordinado por el preparador físico, Gustavo Bustos, implicaba 30 minutos de ejercicios, antes de dar paso a la rutina táctica y técnica orientada por Boyacá y Hebert Armando Ríos, asistente técnico, que se prolongaba hasta por una hora. Después, otros quince minutos de enfriamiento y estiramiento.

El calentamiento era suficiente para terminar agotado: abdominales, dorsales, saltos, flexiones de pierna y de pecho, 'piques largos y cortos', desplazamientos laterales, estiramientos, en fin, todo eso antes de pasar al balón. "Y eso que se perdió de la pretemporada y de las subiditas a Monserrate", me comentó en algún momento Francisco Javier Díaz. La pretemporada son, por lo menos, cuatro semanas de solo trabajo físico antes de empezar a jugar realmente fútbol. De allí que le tengan tanto pavor, pues toca visitar muchas más veces el gimnasio de lo normal. Aun así los entrenamientos siguen siendo fuertes y la mayoría de lesiones se dan más allí que en los propios partidos: contusiones, esguinces de tobillo, ruptura de ligamentos, contracturas y lesiones en los dedos -en los arqueros- son las complicaciones más frecuentes. De allí que abunden las inyecciones contra todo: fatiga muscular, dolor, y hasta contra la gripa.

Después de mi primer día sentí hambre como no había sentido en mucho tiempo y, según me comentó el médico Carlos Alberto Ulloa, era apenas normal, pues por cada entrenamiento se estima que un jugador puede perder hasta un kilo de peso. En El Metropolitano de Barranquilla, en un partido, se pueden perder hasta tres kilos y medio. Por esto el kinesiólogo, José Iván Rendón, nos hacía subir a la báscula antes y después de cada entrenamiento. Ante tanto ejercicio el médico siempre ha sugerido comer mucha pasta, sopas, carnes blancas y huevos para recuperar todo lo que se pierde en cada jornada. El banano y el melón también son claves para evitar los calambres. Dos horas antes de un partido lo mejor son unas tostadas, un café y, después, mucha agua.

Para los más de 500 futbolistas profesionales esta es su vida y su bienestar económico. Hay que alcanzar un muy buen nivel deportivo y mantenerlo para, así, también ganar un sueldo aceptable. Un futbolista puede recibir entre trescientos cincuenta y cuatro mil dólares pero son pocos los que alcanzan estos topes. Si en una temporada alguien gana cuatro millones, en la siguiente puede ser menos si el nivel baja. Una lesión es lo peor y más cuando se sabe que la carrera de un futbolista es tan corta. "Aquí tienes la mitad de la felicidad comprada porque no hay nada mejor que jugar fútbol, pero también tienes que sacrificar muchas cosas, como olvidarte de los sábados y los domingos", me comentó Luis García.

Sin embargo, todo eso me encantaba y pensaba que en lugar de estar en mi escritorio estaba en una cancha de fútbol. Y ahora que estoy aquí, ¿por qué no hacer un gol? Agustín Julio me lo advirtió en los entrenamientos: "Donde te hagas un gol en el clásico te toca cambiar de profesión". Herrera, incrédulo, también me preguntó hoy en el bus: "Y si hay un penalti, ¿se le mide a cobrarlo?".

Me hicieron fabular pero también pensar en que podría hacer el ridículo como nunca antes. Tal vez Candelo me haga un túnel, o Téllez me haga caer con su gambeta, o que yo no le pegue al balón sino al pasto, o lo entregue mal y me gane una rechifla. Y no es exageración, pues en los entrenamientos por más que quise nunca pude quitarle un balón a Aldo Leao Ramírez, ni mucho menos ganarle un salto a García, a Francisco Delgado, a Jaramillo o a Pepe Portocarrero, como me pasó esa tarde en la que practicamos los tiros de esquina.

O como en esa mañana en la que jugamos once contra otros once "obviamente yo en el equipo suplente" con la advertencia de tocar el balón solo dos veces. O como cuando ensayamos los cambios de frente, o como cuando nos tocó entre tres quitarle el balón a otros siete, corriendo de lado a lado, con el ánimo de 'ganar agresividad en la marca'. O como en la sesión de tiros libres en la que sobresalió Edgar Ramos, goleador del torneo en 2002 por esta vía con siete anotaciones. Pero, ¡cuánto hay que practicar para hacer uno! En lo que más insistía Boyacá era en entregar el balón lo más rápido posible y a ras del piso.

"Ser futbolista es como cualquier otro trabajo. Tienes que sacrificar muchas cosas. Si a tu novia le gusta la rumba eso puede ser difícil porque tú no tienes esa disponibilidad para hacerlo", me advirtió Boyacá. De eso me di cuenta en la concentración en Villavicencio, cuando debíamos enfrentar a Centauros, tres días antes de este clásico. Bustos decía a qué horas eran el almuerzo y la comida y de qué hora a qué hora había que dormir. Mientras tanto Jorge 'el Panis' Buitrago, utilero del equipo, se encargaba de que los uniformes, las sudaderas, los guayos y el agua estuvieran siempre listos. No había posibilidad de caminar por el lobby, o de bajar a la piscina, o de salir a dar una vuelta por la ciudad. En concentraciones anteriores les permitían hacer campeonatos de fútbol en nintendo hasta una hora prudente, pero todo está regido por un horario.

Lo mejor en un viaje es tener siempre un walkman a la mano. Ya sea en un bus, como nos tocó rumbo a Villavicencio, o en un avión, la música es la mejor compañía. En el hotel muchos concilian el sueño haciendo zapping especialmente por canales deportivos, y en el comedor el fútbol internacional o el tenis también son temas del día. Después de un partido, a la hora de la comida, la conversación gira en torno a lo que fue o pudo ser en la cancha.

Y si un equipo disputa por lo menos 44 partidos al año, los jugadores tienen que compartir ese mismo número de noches con sus compañeros en diferentes hoteles y ciudades. Como también hay que compartir, dos veces al día durante todas las semanas, las duchas del Centro de Alto Rendimiento o las del estadio de turno. Y esperar las charlas técnicas en el hotel justo antes de salir para el estadio para llegar directo al camerino y hacer lo que ya todos saben: el calentamiento, las vendas, el agua, una oración. En las charlas técnicas Boyacá repite lo que se ha visto durante la semana y con un marcador señala en una cartelera los pasos a seguir: las instrucciones a la defensa, la marca en los hombros de García y Delgado. Herrera, esta vez, como delantero. Lucas, a juntarse con Aldo Leao y Serrano. Pero antes que nada es una charla cargada de motivación a pesar de ser un partido amistoso porque, como dijo, clásico es clásico.

Luego, a recibir a los periodistas que, dicho sea de paso, siempre preguntan lo mismo y por eso las respuestas tienden a ser las mismas: "¿Le gustaría ir a la selección?", "¿cómo ve al rival de hoy?, "¿cuáles son las expectativas para esta temporada?", "¿le gustaría marcar un gol?"...en fin.

En el banco, tanto en Villavicencio como en Bogotá, los suplentes esperábamos con ansiedad nuestra oportunidad. Comentábamos sobre quién estaba bien y quién no. Se lamentaban por el gol desperdiciado, y se emocionaban cuando todo estaba saliendo como Boyacá lo había dispuesto. Él era el que más sufría: se ponía de pie, gritaba, se cogía la cabeza, mientras que Ríos tomaba nota de todo. Los reclamos, las recriminaciones entre los jugadores, parecen olvidados con el pitazo final.

Y, sí, en el fútbol más que de un equipo se habla de familia. Es una cuestión de compartir habitaciones, baños, de hacer bromas, de hablar de problemas personales, de tristezas, de alegrías, de las posibilidades de un mejor sueldo, de ir a un club extranjero, de compartir, literalmente, durante siete días a la semana. Por eso fue emocionante sentirme parte de este grupo también en el camerino, en un gran círculo, de pie y abrazados, oyendo a Boyacá, pero también rezando un Padre Nuestro y respondiendo con un grito a las arengas: "¡Vamos a ganar!", "¡por nuestras familias!", "¡por el fútbol!", "¡por nuestro equipo!".

Y es inevitable sentir, a punto de salir del túnel, cómo hierve la sangre y cómo puedo pensar, por segundos, que somos invencibles. Por eso nos abrazamos antes de salir al campo. Y sentir la cantidad de gente que está afuera esperándonos. Nunca me había sentido tan ansioso y más cuando las cosas empezaron a complicarse en el primer tiempo. Pero más aún cuando, en el intermedio, Bustos nos hizo calentar a los suplentes en medio del campo, mi primer contacto con el césped de El Campín. Ahí pude ver el estadio en su verdadera dimensión. El presentimiento de que haría un gol seguía intacto, aunque los nervios también.

Pero ya no hay tiempo de soñar, ya estoy aquí. La gente aplaude aunque no a mí sino a García. Los periodistas siguen indignados: "Esas son locuras de Boyacá", "necesitamos una explicación". Recibo órdenes de Portocarrero. Frente a mí está Candelo. Pienso que no me veo tan bajito a su lado. Por eso cuando salto a cortar el balón en el aire gano con facilidad, avanzo, eludo a un rival, y pateo con una potencia que jamás creí tener sin pensar en nada ni en nadie. Veo cómo Burgues, a pesar de su esfuerzo y de mi sorpresa, se ve impotente.

Es gol. Corro hacia el banco para abrazarme con mis compañeros mientras que cientos de santafereños celebran el empate. Me abrazo con todos, me felicitan, se ríen, me aplauden. Julio me repite: "Ahora te toca quedarte con nosotros". Y mientras vuelvo al campo a esperar el pitazo final, Boyacá, también emocionado, le dice a Ríos: "Tenemos que contratarlo, es muy bueno". Los dos están de acuerdo a pesar de que tengo 29 años y de que, en apariencia, soy muy viejo para el fútbol.

Bueno, debo admitir que esto no fue lo que precisamente ocurrió en ese minuto, pues apenas tuve el chance de ver cómo pasaba el balón por los pies de otros. Pero qué más da. Como dice García Márquez, la vida no es como uno la vivió sino como uno la recuerda. Y, justo así, con esa alegría que produjo mi gol en miles de aficionados es que quiero recordar esos últimos segundos de mi corta vida como futbolista. Sí, justo así, ¿por qué no?

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