Entre mis amigas circula el rumor de que los tipos "de pelo en pecho" son más sexies que los lampiños. Dicen ellas que son más apuestos, más varoniles y hasta mejores amantes. No es mi intención criticarlas, pues para gustos se hicieron los colores. Pero francamente no acabo de entender a qué viene tanto fanatismo con los velludos. En mi opinión, los muchos pelos salen sobrando.

Sucede, en primer lugar, que el pelaje muy frondoso no es en absoluto un rasgo distintivo del hombre (quiero decir, del Homo sapiens macho), sino más bien del hombre blanco. Los negros, los amerindios y los asiáticos son, por lo general, bastante lampiños. ¿Qué, vamos a descalificarlos a todos ellos? Fíjense que hablo de tipazos en el estilo de Toshiro Mifune, Bruce Lee, Denzel Washington, Keanu Reeves, Gary Dourdan, Shemar Moore y otros tantos galanes de cine y televisión, incluyendo al superbuenote Wentworth Miller, proclamado en 2007 por la revista Entertainment Weekly como el "símbolo sexual masculino más erótico de todos los tiempos". ¿Lo han visto sin camisa? Pues entonces habrán notado que tendrá a lo sumo unos cuatro o cinco pelitos en el torso y va que chifla.

Y aparte de los famosos, también están los desconocidos. Pensemos, por ejemplo, en los muchísimos que pululan por los dos países más poblados de este planeta —dos culturas que cuentan, dicho sea de paso, con tradiciones milenarias de muy buen sexo—: China y la India. ¿Es menos deseable un sabio estudiante del Kamasutra con tres pelusas en el pecho que un hirsuto cromañón?

Pero además, dejando a un lado el tema de las otras etnias, ¿quién dijo que un hombre caucásico supera en atractivo a otro por el mero hecho de tener más pelos en el cuerpo? El oso Yogui, probablemente. Porque el canon grecolatino, que aún hoy sirve para calibrar la belleza masculina "occidental" (o sea, blanca), establece justo lo contrario. Los antiguos griegos, de jóvenes, eran unos nudistas empedernidos que aprovechaban la menor oportunidad, vg. las Olimpíadas o el entrenamiento militar, para exhibirse públicamente en cueros. ¿Y saben qué? Los muy peludos, lo mismo rubios que trigueños, se depilaban de arriba abajo para tales maniobras. Nunca asociaron el vello corporal con la virilidad o el sex-appeal, sino con la barbarie, el salvajismo y la cochambre. Y de aquellos griegos podrá decirse cualquier cosa excepto que tuvieran mal gusto.

Los romanos, más tarde, siguieron esa moda antipelos y la popularizaron en buena parte de su Imperio. Y todo iba de maravilla hasta que irrumpieron los invasores bárbaros, los muchachos del norte de Europa, quienes venían al galope con todos sus pelos y no se depilaban ni un diablo. ¿Qué más podía esperarse de ellos, los pobres, si a duras penas estaban saliendo de la caverna? Sospecho que a mis amigas les habrían fascinado aquellas hordas velludas.

Hay muchos atletas, de las más diversas disciplinas (halteristas, luchadores, tritones, etc.), que persisten hoy día en la antigua costumbre griega de suprimir la pelambre excesiva. Se trata, en principio, de una cuestión práctica. Porque resulta que los dichosos pelos, para colmo, dificultan sus actividades. Pero eliminándolos también esos deportistas mejoran notablemente su apariencia, cómo no. ¿O van a decirme que el hombre-lobo emergiendo todo mojadito de una piscina brinda un espectáculo muy edificante?

Mis amigas que opinen lo que quieran. Su problema. Por mi parte, soy una mujer sensible, admiradora de la belleza. Me encanta contemplar ciertas obras de arte, como el Apolo de Belvedere, el David de Miguel Ángel y el Perseo de Benvenuto Cellini. Tipos bellísimos, tallados en mármol o fundidos en bronce, casi vivos de tan perfectos. Confieso que a veces, frente a alguno de ellos, me he sorprendido pensando: Ah, papito, pero mira que estás bien, si solo fueras de carne y hueso… Claro que, esculturas al fin, son muy lampiños. Ahora díganme, por favor, ¿acaso alguien cree, en serio, que necesitan pelos?

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