Pongamos la historia en contexto, estamos en el Mundial de México. Veníamos de ganarle a Inglaterra y a Bélgica a "maradonazo" limpio. Frente a Inglaterra, en un partido que ya forma parte de la mitología del fútbol, Diego resolvió por lo civil (el mejor gol de la historia del fútbol) y por lo criminal ("la mano de Dios"). Contra Bélgica, otros dos grandes goles de Maradona, esta vez en la modalidad de eslálones cortos, nos pusieron en la final. Mucho Maradona y poca Selección, esa era la sensación. Encima, frente a Bélgica, el partido cerró con una jugada que demostraba científicamente la desproporción que existía entre ese individuo y el equipo. Fue una pelota larguísima que el Negro Enrique le metió a Maradona por el callejón derecho. Diego corrió como un salvaje en dura disputa con el marcador central belga, y le ganó la posición tocando levemente la pelota con la punta del pie. Increíble que hubiera llegado, increíble que lo hubiera eliminado, increíble que no hubiera perdido el equilibrio… Parecía que el balón se iba a perder por la línea de fondo pero, por las dudas, el portero belga Jean Marie Pfaff salió a achicar el espacio. En esos días Maradona había reinventado la relación de un futbolista con el tiempo y el espacio, de manera que alcanzó el balón, lo frenó en seco evitando que saliera y eliminando a Pfaff en un mismo movimiento y, finalmente, me lo entregó a la altura del punto del penal para que yo, que venía lanzado, culminara la obra. Como mi relación con el tiempo y el espacio no era la misma que la de Diego, mandé esa pelota cinco metros por encima del travesaño. Último cuadro: pitido infernal, humillación personal y Diego aplaudiendo: "Vamos, vamos, no pasa nada…". Era verdad, a él no le pasaba nada…

Es 29 de junio de 1986, son las doce de la mañana, el estadio Azteca está bellísimo, hace un calor de morirse y el árbitro da la orden de que comience Argentina - Alemania. Es la final de la Copa del Mundo de 1986. El primer tiempo termina 1 a 0 para Argentina, gol de Brown. En la segunda mitad todo parecía bajo control. Mi misión era marcar de cerca a Hans Peter Brieguel, nombre que, según libre interpretación del ingenioso periodista mexicano Ángel Fernandez, significaba "Ferrocarriles Nacionales Alemanes". No era para menos, se trataba de un jugador intimidante que había sido atleta de pentatlón y al que me tocó perseguir durante toda la tarde. ¡Qué cruz! Arriba y abajo, arriba y abajo; cuando era hacia arriba me marcaba él, cuando era hacia abajo lo marcaba yo, siempre por mi banda derecha.

En el minuto diez del segundo tiempo acompañé a Brieguel hasta mi propia área, pero cuando comprobé que el centro que llegaba desde el lado contrario lo descolgaba Nery Pumpido, arquero de Argentina, me desmarqué hacia la derecha, pedí la pelota y pensé: "Ahora seguime vos". Ahí empezó la mejor aventura de mi carrera y duraría, exactamente, diecisiete segundos. Mi arrancada sorprendió a Brieguel, que me abandonó. Logré irme de un primer alemán, que no sé identificar, y aceleré… Por el camino me encontré a otro buen grupo de rivales que me obligaron a hacer una pequeña pausa, tiempo suficiente para que el alemán anónimo y tenaz que creía eliminado, se me tirara a los pies y mordiera la pelota. Tuvo mala suerte porque le llegó a Maradona. Por mi parte, y vaya a saber por qué, decidí cambiar la dirección de mi carrera y tirar una larga diagonal de derecha a izquierda. Ni rastro de Brieguel. A todo esto Maradona giró y se la dio al Negro Enrique que, con la pelota en los pies, cruzó la mitad de la cancha a toda velocidad: uno, dos, tres toques… Mientras tanto, yo ya había pasado por detrás de Diego y estaba a punto de pasar a toda velocidad por detrás de Enrique, que me entregó la pelota en el momento justo para no dejarme caer en fuera de juego. Recibí esa pelota con el pie izquierdo a unos treinta y cinco metros del arco y con un toque justo la orienté en la dirección y con la velocidad justa. Solo tuve que acompañarla y aprovechar el tiempo para pensar en el tiro final. Alguna vez dije que, en el camino, fui rezando una parca oración a la pelota que decía así: "Entrá, por favor". Pero la verdad es que, como en un accidente, me pasaron muchas cosas por la cabeza. Por ejemplo, el fallo que había tenido en semifinales y que había marcado la espera de la final… "Pero no debo distraerme"… En que esa jugada marcaría mi futuro porque, si entraba, sería un poquito más feliz el resto de mi vida, y si no entraba… "Pero tengo que concentrarme en la jugada"… En todo lo que me costó, en términos de sacrificio, llegar hasta ese momento… "Pero, pensá en el tiro, pensá en el tiro, pensá en el tiro"… Porque Schumacher está saliendo del arco y yo estoy entrando al área grande, solo, y levemente escorado hacia la izquierda. Decidí escorarme aún más, poniéndome como de perfil al arco. Si Schumacher me tapaba el segundo palo, yo lo podía gambetear por afuera; si encontraba un hueco, tiraría. Fue tiro. Con el interior del pie derecho, no muy fuerte, muy pegado al poste. 2 a 0.

Cuando tuve la certeza de que esa pelota entraba, de que era gol, lo primero que pasó por mi cabeza, a la velocidad del rayo, fue una certeza: "Esto no me está pasando a mí". A la espera de que alguien me despertara lo grité con el alma, señalé con el dedo al banco de suplentes, a Marcelo Trobiani, compañero de habitación que no solo me había ayudado a superar aquel grosero error de semifinales sino que, como parte de la terapia, me había ayudado a soñar este momento: "Vas a meter un gol y lo vas a venir a gritar conmigo". Él fue el primero en abrazarme y detrás de él llegó una multitud. Terminé acostado en el suelo, aplastado por medio equipo, con doscientas pulsaciones. Imposible ser más feliz. Pero había que levantarse, porque el partido continuaba y era necesario seguir corriendo detrás de Brieguel. Por un momento olvidé que esos tipos eran alemanes y me sentí campeón del mundo. Pero nos empatarían y tuvimos que empezar de nuevo, hasta que Burruchaga metió el tercero sin tiempo para que volvieran a reaccionar. 3 a 2 y esta vez con más equipo que Maradona. Y ahora sí: ¡Campeones! Aunque uno sea futbolista, aunque sea delantero de una gran Selección, aunque eso sea un Mundial… Aunque haya soñado toda la vida con ese momento de culminación, esas cosas siempre les pasan a los demás, de manera que, otra vez: "Esto no me está pasando a mí".

Era tal la sensación de irrealidad que cuando llegué al vestuario, después de la vuelta olímpica, quise llorar y no pude. El momento lo merecía, pero no hubo caso, ni una lágrima para dignificar esa alegría, esa sensación de culminación. Tuvieron que pasar dos años para que aquel gol fuera enteramente mío. Mi hermano solía mandarme periódicamente un casete con mensajes, música y todo lo que se le ocurriera. Como siempre, puse aquel casete en el walkman y me fui a hacer deporte para escucharlo tranquilamente. Estaba corriendo por el parque que había frente a mi casa y de pronto, entre canción y canción, comenzó a sonar el relato de mi gol cantado por José María Muñoz, una voz radiofónica victoriosa que, desde mi pueblo, me había relacionado con el gran fútbol durante toda mi infancia. Ese día entendí hasta qué punto, para la gente de mi generación, la palabra complementa el fútbol. Es que entonces, sin quererlo y avergonzado, porque estaba rodeado de gente, empecé a llorar como un chico. Era verdad, era gol, era mío.

 

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.