Debo revelar un sentimiento oculto en mi corazón durante 17 años: estuve enamorado de Carlos Valderrama. Lo mejor que pudo haber pasado en mi vida fue que me tomaran esa foto tan nítida del momento en que le estoy tocando sus partes íntimas en pleno partido Real Madrid-Valladolid, para que quede como documento histórico de mi pasión prohibida. Lo del 'Pibe' fue un flechazo fulminante, lo admito.
Prefiero tomarme ese episodio histórico en broma, aunque en su momento me causó algunos problemas. 

Nunca en mis quince años de futbolista profesional utilicé artimañas o tácticas para provocar a los rivales. No era mi estilo. Pero ese día, Valderrama logró sacarme de las casillas. Se pasó todo el partido insultándome a mí y a mis compañeros sin motivos. Literalmente, nos estaba "rompiendo las pelotas" con tanta agresividad verbal, entonces decidí responder y lo hice de la peor manera, porque a partir de ese momento el mayor perjudicado fui yo.


Esa foto causó conmoción y dio la vuelta al mundo. El comité de competición de España y la Unión Europea de Fútbol me sancionaron por conducta incorrecta. Pero el castigo más cruel surgió de los hinchas españoles. El cántico: "Michel, Michel, Michel maricón" se convirtió en una tradición en todos los estadios del país.


Conozco a mi mujer, Mercedes, hace 30 años y tengo dos hijos, Adrián y Álvaro, así que nunca me preocupó lo que dijeran sobre mi sexualidad, si bien al principio fue un poco incómodo para todos. 

Después de ese día, no tuve oportunidad de reencontrarme nunca con Valderrama, pero hace un par de meses leí un reportaje que le concedió al diario deportivo Marca, en donde decía que había sido una provocación y una falta de respeto de mi parte. Pero olvidó comentar que su conducta antideportiva durante todo ese partido motivó mi reacción. 


Me retiré del fútbol hace nueve años, fui comentarista deportivo de la televisión española y de la Cadena Ser y en estos momentos soy el entrenador del Rayo Vallecano. El tiempo pasó, pero el recuerdo de ese hecho sigue vigente en la mente de los aficionados y periodistas, que me lo recuerdan con bastante frecuencia.


Y en cuanto a los que gritaban "¡maricón!" en los campos de juego, creyendo que de esa forma me insultaban, no se daban cuenta de que en realidad se estaban calificando a sí mismos.



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