Signo de la alienación del hombre contemporáneo (del hombre burgués, para decirlo sin tanta saliva) es el carro y su dependencia.

Mi sobrino compró hace cinco años una Subaru, bellísima. Estaba exultante. Parecía enamorado de su Subaru, no digo como si fuera una esposa (pues el que se enamora de su esposa es un tarado), sino como si fuera una moza japonesa, una geisha, para el caso, de esas que te ponen a ver pajaritos (según dicen). Tal su pasión, que esa primera noche se acostó con la Subaru; seamos más precisos, aunque el resultado sea el mismo: se acostó en la Subaru.

Y ahora, cinco años más tarde, ya vieja la Subaru, un sobrino de mi sobrino -también profesional de alta alcurnia- se acaba de comprar un Toyota 1.8 Corolla, color verde marqués: ante su sobrino, mi sobrino quedó pordebajiao, como si este carro nuevo de su prójimo, comparado con el suyo, ya viejito, le hiciera creer al mundo exterior que estaba retrocediendo en la conquista de la vida. Si no compro carro nuevo, me caigo ante la sociedad.

Y yo, tío del primero y tío-abuelo del segundo, vivo feliz a pata limpia por el mundo, desasido de la máquina y, parejamente, de las coyundas sociales. Los placeres más puros en este orden burgués en el que va uno embutido, por fuerza, son placeres negativos: no comer mondongo, no ir a Disneyworld, no tener el premio Simón Bolívar. Y éste, que se goza a cada instante: no tener carro. Vivir sin carro es vivir en sí; vivir con carro es vivir fuera de sí. La medida de tu valor no es tu ser, sino tu carro.

Hace años, y después de veinte de no vernos, invité a mi casa a un viejo amigo, de vida triunfadora; al entrar, miró hacia el garaje y noté en su rostro un gesto entreverado de lástima y reproche: "¿Y todavía tenés el mismo carro?". Me sentí como un escarabajo. Ahí estaba el mismo Volkswagen, modelo 54, encogido, color verde rata. Aunque había escrito un libro y miles de artículos, aunque era magistrado del tribunal, aunque había sido profesor universitario, aunque dirigía un cineclub y una revista de cine, yo había fracasado en la vida porque tenía el mismo pichirilo de hace veinte años. Por una reacción de adversidad, y no fuera que yo mismo me sintiera bajito por no cambiar de cáscara, pocos años después lo mandé al tarro; no al amigo, sino al carro.

Recuperar el uso de las dos piernas, no sólo para andar, sino para conocer y reconocer el mundo, sintiendo más pleno el cuerpo. El carro es una especie de prótesis al revés: en vez de darte habilidad para el movimiento, te inhibe, te vuelve inválido: ya no eres capaz de caminar dos cuadras. Como el cojo el bastón, necesitás el carro para desplazarte a cualquier sitio, incluso para irte a motilar en la barbería de la esquina. Porque si llegás a pie, el estilista te trasquila. Además, en el Transmile-nio, en el Metro o en el bus estás en contacto con la gente común. En el carro vivís como en una campana de cristal, que te crea un medio aséptico y, por eso, insulso.

Es dichoso estar en una fiesta sin el temor soterrado de que al salir, con tremendo aguacero, a las tres de la mañana, encontrés una llanta en el suelo. Montar llanta, con un gato mediocre (todos los gatos son perversos), bajo la lluvia, con diez rones entre el pecho, es una antesala del infierno. Se maldice, no ya a los gatos y a los carros y a los clavos, sino a la humanidad entera. Y qué cosa tan triste cuando vas llegando al motel Los Cuatro Vientos y se revienta la correa del ventilador. ¿Cómo llamar al mecánico, que es un chismoso? Por su lado, la niña, espantá, te deja en mitad de la sucia carretera. No es de fiar un hombre al que se le revienta la correa del ventilador.

Y la dicha mayor es no tener que enfrentar la violencia y la arbitrariedad de un policía de tránsito, prefigura del tirano.

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