No podía aceptar que Dios o quienquiera que fuera el jefe de las enfermedades dirigiera sus rayos justo a la parte más querida de mi cuerpo, la parte que mi marido seguía venerando. Pero ya sabemos que lo peor de una enfermedad suele ser el remedio así que cuando el médico me insinuó que debía quitarme un pedazo de aquí y otro de allá le dije que prefería morir. Fueron días tormentosos para todos. Nos reuníamos en familia a orar y terminábamos llorando. Todos me pedían que aceptara el tratamiento. Mi marido trató de convencerme de que con senos o sin senos yo sería la misma para él y me cantaba día y noche el bolero que dice: "Aquellos ojos verdes...". Y acepté y empezó un infierno plagado de radio y quimioterapias junto a dietas y medicamentos que me mantenían en el limbo.

Poco a poco, como en un sueño atroz, se fueron yendo mis senos y con ellos algo que todavía no era capaz de discernir. Durante meses evité dirigir la mirada hacia esa parte y los espejos se volvieron mis enemigos; un sentimiento más hondo que la tristeza y el desamor me abatía. Pero uno se acostumbra a todo o se imagina que lo hace: el odio por esas cicatrices, por Dios, por la medicina nunca se ha ido del todo. Mi marido sigue diciéndome que nada ha cambiado pero ya no tenemos sexo con la misma frecuencia e intensidad y no creo que se deba a mis cuarenta y dos años; aunque no lo diga, las peras le hacen falta, sin ellas sus manos tienen que ir más lejos para encontrarme.

No sé que se sentirá perder las piernas o un brazo pero creo que lo preferiría porque para una mujer sus senos hacen la diferencia. Los senos son el centro de nuestra cultura tanto en lo ancestral como en lo contemporáneo, los senos han sido para muchas mujeres el camino al éxito, a la celebridad o por lo menos a un esperado aumento de sueldo. La alternativa que tengo son las prótesis y en cuanto los gastos familiares nos den chance voy a comprar un par bien grandes. Sé que mis senos son irremplazables, que nunca volveré a sentir el placer y la seguridad que me daban. Ellos fueron mi referencia entre la niña que fui y la mujer que pude ser. También me conectaron a mis hijos en esos primeros meses y mantuvieron a mi marido celoso de los extraños.

Ahora que sus pechos son más grandes que los míos no siente que deba preocuparse si me demoro mucho en la calle o no le cuento con quién estuve. Quizá piensen que me hace falta un marido celoso, yo también suelo pensarlo y otras veces creo que la necesidad de cierto tipo de celos se debe a que en muchos casos reflejan el interés y el miedo a perder algo. Porque ahora sé con dolor y angustia que aquella extraña sensación que tuve durante los primeros días sin senos era la forma como mi cuerpo me avisaba que con ellos, más que las noches de buen sexo o el equilibrio emocional y la seguridad, estaba perdiendo la pasión por mí misma y todavía nadie inventó unas prótesis que me la devuelva.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.