No escribí esto para defender la droga ni el trasero de los delfines rosados. Creo que la droga es un asunto serio, pero no más importante que la libertad, al menos mi idea de libertad, y siento que si no soy capaz de defender mi trasero ningún gobierno podrá hacerlo y ya sabemos que el absoluto lógico de los gobiernos es el dinero, el control y el sometimiento. La certeza de la muerte debería hacernos más humildes y tolerantes pero es obvio que nuestra arrogancia vence cualquier certeza. Me importa un pito que penalicen o no la droga porque igual la usaré cuando lo considere necesario y tomaré mi propio riesgo. Sé que quienes insisten en penalizarla obedecen a su absoluto lógico pero no ignoran que eso significa más dinero para quien la vende y más violencia y degradación para quien la consume.

El hecho de que me guste Julio Iglesias no me convierte en un idiota o quizá sí pero puedo decir a mi favor que jamás lo he confundido con la música, ni a él ni a cualquier mamarracho por el estilo. En una fiesta, cuando llega la hora de echarse un polvo, prefiero a la chica de la traba antes que la borracha, la de la traba tiene más eficacia y mejor aliento, está más lejos del inoportuno vómito. Si van a penalizar el bareto tendrían que hacerlo con cosas más nocivas para la salud mental como lo son Protagonistas de novela,

Jota Mario Valencia, Jota Mario Arbeláez, telenovelas y películas de Dago García, Juanes y un largo etcétera. Dentro del absoluto lógico del Ministro de Justicia todo es probable y demostrable. No dudo de que sepa articular, de manera casi perfecta, su aburrido discurso, y que, dentro de ese discurso, siempre encontrará su razón. La pregunta es: ¿Para qué demonios sirve esa razón? También Bush y su séquito de fascistas tienen discursos y empuñan razones, y en nombre de esas razones seguirán aplastando culturas y asesinando inocentes. Por muy articulado que esté un discurso es bueno recordar que el mundo empieza justo afuera. En el mundo real (lejos de la mente del Ministro o de Bush) el hombre se aferra a la vida y quiere hacerla vibrar: toda la jodida yerba que existe es mejor para la mente y el alma que la razonable moral de este Ministro, Bush y sus comparsas. Está claro que no defiendo la droga, creo que es algo serio y que ha destrozado a muchos pero peor que la droga son los falsos moralistas y los fanáticos que creen tener en sus manos nuestra salvación. Mientras no exista una ley que prohíba que los niños les arranquen las alas a las libélulas y que Paulo Coelho publique esa basura que escribe, me importará un pito el resto de leyes hechas para la muerte. No hay que olvidar que miles y miles de chicos que consumen droga en este país lo hacen como un paliativo del hambre. Pienso por ello que el aborto es un acto de mínimo pudor y debería haber tantos sitios dedicados a eso como los hay para vender bebidas refrescantes. La droga, como el sexo, es un calmante, un calmante en un mundo donde el amor está por inventarse, donde la realidad es tan fea que parece la hermana menor de Plinio Apuleyo y donde la tele es un dios, el más estúpido y peligroso de todos. Cada día millones y millones de mamíferos, a lo largo y ancho de este jodido planeta, se sientan a ver noticieros y telenovelas, soportan la farsa mientras sus mentes se ablandan? Frente al terrible veneno que es la tele, la droga resulta apenas un chiste, un juego de criaturas que quieren escapar a una dimensión menos ardua y la verdad: ¿quién no quisiera escapar de esta ratonera?

Si dejamos que el imperio de una autoridad sin alma nos inocule su razón estaremos jodidos. Tanto el Presidente como su Ministro de Justicia son mamíferos a prueba de poesía, la ausencia de sensibilidad es evidente en su discurso, tienen la mente plana y quizá les vendría bien un bareto de vez en cuando. No se trata de tener la razón, de probar con cifras que la droga es el demonio, de erigirse en símbolos de la moral y la rectitud, el asunto es tratar de entender, de imaginarse. No hay que ser un genio ni un experto para saber que legalizar la droga es lo correcto, que sacarla de los oscuros callejones de la muerte reduciría la violencia y quizá hasta el consumo, o al menos habría un mejor uso de la misma. Más información y menos hipocresía, puntos de ventas y bajos precios, impuestos a los dueños del negocio y a los grandes consumidores. Pero los dueños del negocio, en su absoluto lógico, saben que la legalización sería fatal para el negocio. Esto porque el negocio de la droga tal y como funciona ahora es (y el ex yonqui William Burroughs lo tenía bien claro) la mercancía ideal, el producto definitivo: no necesita publicidad para venderse, la prohibición es la mejor publicidad que se ha inventado desde que el mundo existe. El cliente se arrastrará por las alcantarillas y expondrá la vida para conseguir el producto. Se suele pagar a los empleados con el mismo producto. Los precios se disparan en relación proporcional con la persecución. Se degrada al cliente, se compra a las autoridades, se domina a una endeble sociedad desde la oscuridad y nunca se llega a los verdaderos amos del negocio que financian con el dinero de la droga sus investigaciones de armas para la guerra y la fabricación de las mismas. Un negocio alimenta al otro, así que no legalizar la droga es fortalecer su estructura criminal y ellos lo saben. No basta esconder el bulto tras moralidades pendejas: ninguna moral puede estar por encima de la vida, nada debería estarlo pero para quienes tienen ansias dementes de autoridad esto es solo la frase de un soñador.

Como dije antes nunca he confundido a Julio Iglesias con la música y aunque es un mal cantante logró con su seseo y sus almibaradas canciones ser el ídolo de dos generaciones, y aún hoy hace vibrar y consuela el corazón de millones de tías solteronas en todo el mundo. Tampoco he confundido jamás la marihuana con los fármacos y solo los que viven en el absoluto lógico pretenden esa confusión y la imponen. Cada cosa que existe tiene un sentido y una razón de ser pero la razón no debería ser un absoluto lógico, sino una estación sensible. En una esquina, cerca de mi apartamento, vive un tipo que cada noche baja a comprar su ración de marihuana, a él no le gusta ninguna otra sustancia, el tipo tiene sesenta años y está solo, lo perdió todo en el camino, hasta los dientes. Me dijo que había nacido con una enfermedad en los huesos y que su familia lo abandonó por esto y creció en las calles. La yerba le ayuda a soportar el dolor de la enfermedad que lo fue deformando y a escapar de su realidad inmediata. Ninguna institución le prestó ayuda y los médicos le dijeron que su mal era incurable. La yerba ha sido su salida, su remedio eficaz y barato, incluso lo ayudó a encontrar a otros como él que se convirtieron en su verdadera familia. Cada vez que puedo le doy algunas monedas al tipo y sé que son para atiborrarse de yerba, si pudiera le daría más. ¿O acaso debería hacerle un discurso moral? ¿Para qué demonios le serviría a él? Él no necesita discursos sino ir jalando cada día y evitándolo. Hay miles de razones y sin razones por las cuales vale la pena meterse un bareto alguna vez, son razones humanas, razones y sin razones de curiosidad y búsqueda, de experimentar sensaciones y crear bellas o terribles imágenes mientras estamos en este difícil mundo. Pero no existe una razón distinta del frío y absoluto lógico, no hay razones de humanidad para penalizar el consumo. Sólo como ya dije y es evidente: mantener arriba los precios en el reino de la muerte.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.