Tal vez porque no alcancé a vivir consciente los ochentas, me parece que estar acorde con la moda es un hecho estéticamente importante. No me cabe duda de que esta confesión nunca será aceptada en los círculos intelectuales más reservados por ser tan superficial como vanidosa. Pero la verdad me tiene sin cuidado. Porque aunque sé que la moda tiene mucho de postizo, tengo la teoría de que en la vida existen cosas completamente mundanas de las cuales uno nunca se debe avergonzar. Y vestir las últimas tendencias de la moda con el único fin de esperar ser un poco menos feo de lo que soy, es una de ellas.

Por eso me encanta que las modelos bonitas sean todas falsas y de abdómenes planos. En la privacidad de los camerinos son tan reales como cualquier persona. Pero en las pasarelas tienen el rostro maquillado. Los diseños de sus prendas esconden, como un mensaje subliminal, la belleza de su cuerpo; y su mirada es tan frívola, tan ajena al auditorio, que terminan demostrando que solo se les puede ver, y soñar, y admirar desde lejos. Eso le genera esperanzas a mi vanidad, y sé que aunque nunca me pareceré a esos gigantes musculosos que deslumbran a las mujeres en las pasarelas y las revistas, al menos puedo soñar con igualarlos algún día usando la ropa que se ponen.

Porque cuando uno es bonito la vida es más fácil. La ropa combina mejor y las caras son más amables. Pero cuando uno es feo la cosa es a otro precio. Es más difícil arriesgarse a ponerse unos pantalones que se ajusten a una cola casi inexistente, y una camiseta pegada que logre ocultar las puntas caídas de nuestras tetillas. Nuestra única esperanza es utilizar las máscaras que la moda nos ofrece, y por eso los feos como yo cambiamos unas cinco veces de estilo a lo largo de nuestra adolescencia, buscando desesperadamente una manera de vestir que haga juego con la mueca torcida de nuestros dientes.

Los otros feos, en cambio, aceptan de entrada que la moda nunca está dirigida a sus figuras contrahechas y están resignados a hacerle la guerra a ese mundo de cuerpos esbeltos y prendas sugestivas al que no pertenecen. Por eso la gente que dice detestar las modas suele tener siempre el común denominador de ser todos feos. Ellos no entienden por qué la gente que sale a desfilar es completamente ajena a sus narices pronunciadas y barrigas abultadas. Se quejan de que la moda es totalmente inclemente con ellos, y son incapaces de aceptar que su rencor carga la obviedad de una envidia oculta por una vida agradable y relativamente exitosa. Proclaman el tétrico discurso de la “belleza interior” y se consideran originales sin darse cuenta de su mal gusto. Son incluso más discriminadores que los mismos yuppies y las modelos, y se condenan voluntariamente con ese falso pensar intelectual que los cobija sin ninguna esperanza.

Y entonces sufren porque no entienden el sentido de la moda. Porque no comprenden que es precisamente su falsedad la que la hace realmente grandiosa. Que es gracias a su irrealidad que se hace necesaria para el diario vivir. Porque la moda no es hipócrita sino condescendiente: no pretende que la gente se refleje como es, sino como quiere ser. Nos permite a los feos esconder nuestros cuerpos deprimentes bajo sus costuras, y nos confunde en una mar de gente igual a nosotros y con las mismas esperanzas.

Por eso estoy de acuerdo con que solo los bonitos lideren las últimas tendencias de la moda. Porque es a ellos, y no a los feos, a quienes me quiero parecer. Que los feos se frieguen. Por eso las campañas antianoréxicas, que buscan que a los hombres nos gusten solo las mujeres feas y rollizas, tienen más de soñadoras que de solidarias. Porque las mujeres delgadas, definitivamente, siempre se ven más saludables que las gordas. Y no pongo en duda que cuando vuelva a comprar ropa con el fin de parecer menos feo, siempre preferiré parecerme más a un gigante musculoso que a un narizón de barriga abultada.

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