Esto podría ser un bolero o una bossa nova, algo bello y con un estupendo ritmo. Aunque, pensándolo bien, el bolero no es siempre divertido pues a veces alguien muere, o peor, alguien deja de querer a alguien o lo abandona y las cosas se ponen tristes. Tal vez sea mejor pensar en un ritmo del Caribe, la salsa o el guaguancó o incluso el chachachá. La razón de todo esto, curioso lector, es que voy a escribir un texto sobre Martina García -ya lo estoy escribiendo-, y quiero que sea alegre, porque ella es una de las mujeres más bellas y alegres que conozco y, en realidad, una de las más bellas y alegres que existen en el cine y la vida en general, entendiendo por belleza algo más que un conjunto de rasgos físicos que rozan la perfección (los suyos), sino también un modo de estar en el mundo, la esquina desde la cual cada persona se sienta a observar el paso del tiempo y de los planetas, a lo que se suma lo que podríamos llamar la "educación sentimental", el refinamiento y las ideas, y todo esto en Martina es tan bello como su rostro desafiante o sus ojos que taladran la conciencia o su cuerpo irreal. Son cosas que no se ven en las fotos pero que son muy bellas. Créanme.
Conocí a Martina en los días previos al rodaje de Perder es cuestión de método, en la oficina de Sergio Cabrera, una tarde en que llegó a hacer una lectura del guión al lado de Daniel Giménez Cacho y César Mora, sus compañeros protagonistas. Al cruzar el vano de la puerta e instalarse en el centro del salón alguien podría haber dicho "pasó un ángel", pues hubo un extraño silencio. Cuatro hombres ya curtidos, César y Daniel, Sergio y el suscrito, nos quedamos en silencio, intimidados por una joven fresca y altiva que alargó la mano y dijo "soy Martina", y que acto seguido se sentó a trabajar con una autoridad apabullante, y fue entonces, cuando la escuché leer las primeras líneas, que vi surgir el rostro de Quica, esa joven que años antes había imaginado en mi novela Perder es cuestión de método y que era una mezcla de ángel y demonio, de prostituta y joven frágil que hace más tenue el descenso o la caída de Víctor Silanpa (Daniel Giménez Cacho, en la película) a los infiernos. Y la vi con el pelo negro y liso y con ojos de gato y con pómulos redondos, y era Martina, claro, y llegué a sentir un leve temblor de inquietud al ver que ese entrañable ser de carne y hueso se asemejaba tanto a mi personaje, pues recordé que Maupassant, el gran cuentista francés, enloqueció del todo el día que encontró en una subasta de París unos muebles que se le habían perdido en uno de sus cuentos.
La siguiente vez la encontré en el Festival de Cine de Venecia, durante la primera proyección pública del filme de Sergio Cabrera, donde dejó literalmente knock out a varios periodistas italianos con sus respuestas certeras y su implacable mirada, que es como un disparo de fusil o una descarga eléctrica. La prensa de Venecia, que recibió con entusiasmo la película, la calificó de "bellisima essordiente", es decir "bellísima debutante", y le auguraron un largo y provechoso camino en el cine, algo que, sin ninguna duda, está en su destino.
Sé pocas cosas de Martina, pero sé, por ejemplo, que le gusta bailar la música del Caribe -la música de este texto- y que se sabe de memoria muchas letras de Benny Moré y de Rubén Blades, y que las baila con gracia en la Galería Café Libro, su lugar fetiche de Bogotá; sé que es vegetariana, con predilección por la comida de la India, y que le encanta la ginebra Beffeeter, licor que viene de la raíz del jengibre, una planta que ella conoció en los campos de especias de Zanzíbar y que los ingleses sembraron en India, y también sé que usando el Beffeeter le gusta el Dry Martín, el coctel preferido de Jeanne Moreau, de Ava Gardner y otras grandes actrices. Sé que habla varios idiomas (la he escuchado discutir en dos y, además, ganar la discusión) y sé que cree en la espiritualidad y en los atributos de la vida intangible, e incluso en la reencarnación, pues tiene un profundo interés por las filosofías que provienen de Oriente.
Una noche, en un restaurante de Bogotá, Martina leía la carta para elegir un plato. Al ver que se demoraba, alguien le preguntó:
-Bueno, ¿por qué te inclinas?
Ella levantó los ojos y dijo.
-Por el budismo.
Ahora observo estas fotos y pienso, o más bien, intento escuchar lo que dice su cuerpo y lo que dice su cara. O lo que grita. Hay unos versos de Octavio Paz que podrían interpretarla: "Voy por tu cuerpo como por el mundo / tu vientre es una plaza soleada, / tus pechos dos iglesias / donde oficia la sangre sus misterios paralelos". Si los ojos de Martina hablaran, tal vez dirían: "Intenta pensar en algo y lo sabré". Su pelo podría decir: "Piérdete en esta fronda o siembra algo, es lo vegetal que hay en mí". Sus pechos, como en el poema de Paz, son dos bellas iglesias de provincia (a diferencia de aquellas banales y exageradas catedrales barrocas de ahora), y podrían decir: "Descubre tu cabeza y ora, peregrino, a partir de hoy tendrás una nueva fe". Sus muslos, que parecen una silueta oriental, podrían decir: "Descansa, apoya tu cabeza y sueña, imagina que son tuyos". Sus labios podrían susurrar: "No estás obligado a pensar en mí si crees poder no hacerlo", o incluso: "Cierra los ojos y evoca algo fuerte, te voy a besar".
Imagino muchas frases saliendo de sus labios, pues es eso lo que hacen las actrices: dejar palabras flotando en el aire y darles un sentido y una verdad. Las palabras de Martina, en la pantalla, son todas verdaderas. No parecen escritas en un guión y aprendidas de memoria, sino salir de su conciencia o de su dolor, o incluso de su ingenuidad. Son frases reales. El cine hará que Martina viva todos sus sueños y nosotros estaremos ahí para verlo. Ya lo han dicho algunos especialistas: será una diva.
Recuerdo que hablando del personaje de Quica, Sergio Cabrera me dijo: "Habrá que hacer un descubrimiento". Ese descubrimiento ya está hecho, pues Martina, como sugieren estas fotos, es real, existe, y vino para quedarse.

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