Habrá que empezar por decir que, desde que me conozco, soy un adorador irredento, rabioso, de Chespirito, énfasis chavología. Y si no soy el típico fanático de afiche y muñeco a escala es porque conseguirlos es dificilísimo. Me basta con ostentar una pequeña memorabilia compuesta por camisetas, un par de libros, un álbum de monas, un chipote chillón, algunos discos, entre los que se incluye uno de las aventuras solistas de Carlos Pirolo Villagrán por Venezuela cuando se hacía llamar Federrico (sic); fotos de infancia en las que luzco el disfraz de Chapulín que una tía me cosió en lana (apropiado para los fríos de Manizales), capítulos de El Chavo en DVD y un incunable en VHS compuesto solo por capítulos de La Chicharra, que todavía no me explico dónde lo obtuvo para obsequiármelo Juan Carlos Garay. Y anoto que, por respeto a la mujer con la que comparto sueño, cama y macarrones (Serrat no viene al caso, ¿no?), me abstuve de comprar una horrorosa cerámica jardinera de la Chilindrina que me encontré en un mercado popular en Bolivia. 


En cambio, jamás entendí a Cantinflas. Bueno, es decir... ¿acaso alguien pudo entenderlo alguna vez? La Real Academia Española aceptó hace años el verbo cantinflear, que significa "hablar de forma disparatada e incongruente y sin decir nada". Supongo que los estudiosos de la obra de Mario Moreno se sentirán orgullosos de ser, no entendidos, sino "desentendidos" en la materia. De pequeño me atormentaba que los adultos, frente al televisor, se rieran de parlamentos que yo no comprendía. Años después, me di cuenta de que eso, precisamente, era lo que le encontraban gracioso a Cantinflas: que era un galimatinflas. Película tras película, medio centenar en total, la fórmula se repite con impudicia. 


El Chavo me resultaba tan amable, tan predecible, que podía quedarme alelado en la pantalla disfrutando del chiste que se adivinaba, de la cachetada ineludible a don Ramón y su consecuente pisoteada de gorra, de las humillaciones de Quico o de la escena del ramo de flores y la tacita de café. Como el de Cantinflas, este era un formato sinfín, un modelo repetido. Pero a diferencia de aquel no apelaba a lo críptico sino, todo lo contrario, a los sobreentendidos. 


Eso, en la infancia. Ya de adulto, llegué a la conclusión de que la puerilidad de Cantinflas es infinitamente mayor a la del Chavo, cuando en apariencia debería ser al revés. Y lo es porque don Mario creyó vivir -o así lo demuestra en su filmografía entera- en un mundo de buenazos y malazos, de campesinas con almas níveas y ricachones con sombrero de ala ancha y corazón de plomo. Y él y su jerigonza estaban ahí para salvar a sus vecinos de la maldad del latifundista y para redimir a la viudita atractiva. Y como si eso fuera poco, ¿se han dado cuenta de que esas mujeres, por las que luchaba contra quien fuera, entendían a plenitud toda esa jerga desencajada que a los demás nos sigue pareciendo un criptograma? 


El Chavo siempre ha sido alguien de aquí, en un entorno como el de aquí, donde no hay buenos buenos ni malos malos sino simplemente congéneres con matices y aristas. Y mientras Cantinflas se hacía entender a pesar de su labia desordenada, el Chavo, con el lenguaje simple que le permiten sus eternos ocho años, trata desesperadamente de que los demás comprendan que el pastel de doña Clotilde no se lo robó él, sino la Chilindrina o que los golpes que le propina al señor Barriga cada vez que éste llega a la vecindad no son intencionales o que él no es el ladrón de la vecindad sino don Román, el hermano de don Ramón. Pero igual, nadie lo entiende. Es que no le tienen paciencia. 


En tanto que el Chavo es eso, la vida real que habita en un barril, Cantinflas vive en un universo de sesgos dignos de culebrón mexicano. En síntesis y en lenguaje que entenderán mejor aquellos anclados en los 80: una película de Cantinflas es igual a la telenovela La Fiera, pero no desde el punto de vista de Natalie (Victoria Ruffo) o Víctor Alfonso (Guillermo Capetillo), sino del payaso Chistorete. 


Mejor el Chavo que Cantinflas, aquí y en la Conchinchina y en Cafarnaúm y, sobre todo, en Tangamandapio, "un hermoso pueblecito con crepúsculos arrebolados...".


*Publicado en 2004


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