La primera vez que vi a los Rolling Stones en mi vida tenía 10 años y, sin embargo, la puedo recordar con absoluta precisión. Fue en un programa de TV que se llamaba Música prohibida para mayores: pasaron el encantador video de Emotional rescue y mi familia se indignó ante tanto gesto obsceno. Mi padre dijo qué desagradable, mi madre dijo qué asco. Entonces, miré a los ojos a mi hermano mayor: él tenía que salvarme. Pero me falló. Mi hermano dijo están en decadencia y no se habló más del asunto. Recién cuatro años después me reencontré con ellos. En una fiesta, en la casa de un compañero del colegio, escuché por primera vez Still life. A través de la fabulosa y mugrienta versión de Under my thumb comprendí de qué se trata el rock. Y los Stones ingresaron a la vez y para siempre en el círculo de mis maestros y en el de mis mejores amigos. Le compré el disco a mi compañero, que se gastó la plata en el último de Culture Club. Allá él. Le compré también Some girls y Tattoo you. Mi compañero había escrito su nombre con un bolígrafo sobre el ángulo superior derecho de las tapas. Lo taché disco por disco y escribí, en cambio, mi nombre. Hubo algo de religioso en ese acto: fue como borrar a mi compañero del libro de la vida, fue como si él hubiera muerto para que yo naciera.

Tuve que descubrir por mis propios medios a los Stones. Los discos de los Beatles, en cambio, formaban parte del patrimonio cultural de mi familia. Habían estado en casa desde que tengo memoria, desde Please, please me hasta Let it be, incluyendo el disco con Tony Sheridan y un par de compilados. Cuando descubrí a los Stones comencé a prestarle más atención al Álbum blanco, tal vez el trabajo más Stone de los Beatles: cosas como Birthday o Helter skelter, o Everybody‘s got something to hide except me and my monkey. Nunca me creí lo de la supuesta "enemistad" estética o artística entre ambos: mi instinto me llevó a buscar los lazos que los unían para luego seguir viaje con los dos en la mochila. Después supe que los Stones habían grabado I wanna be your man, de Lennon-McCartney, que los dos grupos habían grabado Money y que tenían una galería de ídolos en común: Chuck Berry, Buddy Holly, Arthur Alexander, que adoraban el sonido de Motown, que Jagger hizo coros en All you need is love, que John y Paul hicieron coros en We love you, que George Harrison se acercó a la música hindú gracias a Brian Jones, en fin... que los caminos de ambos se habían cruzado tantas veces como sus músicas se cruzaban en mi cabeza de adolescente de Buenos Aires. Si empezaron esta nota con la esperanza de que me burlara de la cara de bueno o de las baladas de Paul McCartney, lamento no poder complacerlos. Váyanse con su sordera y sus prejuicios a la puta madre que los parió. Si les gusta el rock, entenderán este exabrupto y seguirán leyendo sin problemas.

Los Beatles siempre tuvieron mejor prensa que los Stones, y ahora más que nunca. He leído cientos de veces ese lugar común idiota, según el cual los de Liverpool eran algo así como gurúes de la vanguardia, mientras que los de Richmond eran unos torpes primates con una guitarra al hombro. Escuchen discos como Between the buttons, Their satanic majesties request, Beggars banquet, Let it bleed, Sticky fingers, Exile on Main Street, Tattoo you y díganme con una mano en el corazón si los encuentran rudimentarios, lineales, básicos. Asumido entonces que la blandura (léase: incapacidad para rockear) de los Beatles y la cuadratura (léase: incapacidad para inventar) de los Stones son mitos inventados por fanáticos con un hippie muerto en la oreja, prosigo. Preferiría quedarme con los dos, pero si me obligan a elegir (y SoHo me obliga a elegir)... ay, qué dolor. Si me obligan a elegir, pues entonces, contra las cuerdas, me quedo con los Stones. ¿Por qué? Veamos.

Los Beatles dejaron de tocar en vivo en 1966, porque les molestaban los alaridos de las chicas. La histórica mariconada les quita muchos puntos en el campeonato de rockers. Los Stones ofrecen desde hace 42 años el más excitante espectáculo que se pueda apreciar. En cavernas, en teatros o en megaestadios, con verdaderas orquestas o solos como un perro, los Rolling Stones se las arreglaron siempre para hechizar al mundo. Puede que los discos de los Beatles (sobre todo, desde Revolver en adelante) luzcan una especie de "acabado perfecto" inhallable en los discos de los Stones. La música de los Stones, en cambio, encuentra su culminación cuando se suben a un escenario. Más aún: la razón de ser de los Stones es subirse a un escenario. Los Stones existen para subirse a un escenario. Tomemos, por caso, dos discos discretos como Steel wheels y Bridges to Babylon. ¿Qué fueron esos discos, sino meras excusas para irse de gira? ¿Y cuánto, cuánto crecieron en vivo temas en apariencia intrascendentes en la historia de la banda como Flip the switch o Out of control?

Tuve la suerte de verlos diez veces en mi vida. Me refiero a diez conciertos de los Rolling Stones, porque la cifra se eleva a once si cuento un concierto de Keith Richards como solista y se eleva a trece si cuento dos conciertos de Mick Taylor, pero en realidad Mick Taylor ya no era un Stone cuando lo vi, era un ex Stone, lo cual explica su pobre performance, y por lo tanto la cuenta no se eleva a trece, se eleva a once.
Los vi dos veces en los Estados Unidos, obligado a sentarme en mi butaca por celosos y estúpidos guardias. Los vi ocho veces en Buenos Aires y en una de ellas me pude dar el lujo de gritar el estribillo de Honky Tonk women abrazado a Charly García, que estaba tan emocionado como yo. Los vi durante la gira de Voodoo Lounge y durante la gira de Bridges to Babylon, y siempre la pasé maravillosamente, y siempre pensé que cuando estaban tocando los Stones no había ningún mejor programa en todo el mundo. Ninguno.

Pude hacerle dos preguntas a Keith Richards. Pude hacerle una pregunta a Mick Jagger. Besé la barra del bar neoyorquino donde se filmó el video de Waiting on a friend, en el sector exacto donde la dueña me contó que Jagger había vomitado. ¿Verdad que es hermoso ser periodista? ¿Les conté que aparezco en el video de Eileen? ¿Qué más se le puede pedir a esta vida? Bueno: que Charlie Watts se cure cuanto antes de su cáncer de garganta, que los Stones vuelvan a grabar un disco y a salir de gira, y que yo pueda estar allí para verlos. Pero que quede bien claro: los dos, tanto los Beatles como los Stones, nos salvaron la vida, y los dos se merecen nuestra gratitud eterna. Si no fuera por ellos seríamos algo así como calcos de nuestros padres con pantalón cortito y cabello engominado, nos mantendríamos vírgenes hasta el matrimonio, llevaríamos una vida juiciosa, evitaríamos las drogas y creeríamos en nuestros gobiernos.

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