Minimalismo. Esa es la palabra clave cuando se trata de composiciones musicales para publicidad. Eso lo tengo claro desde que comencé a trabajar como pianista en comerciales con colegas como Harold Orozco, Jimmy Salcedo, Arturo Astudillo y Kike Fernández. Pero antes de que pasara eso, más exactamente a finales de 1967, yo me encontraba estudiando música en la Universidad Nacional de Bogotá. Cuando terminé la carrera, decidí emigrar hacia Estados Unidos, para seguir especializándome en mi gran pasión, la música. Fue así como estudié durante cuatro años en el Manhattan School of Music, tuve de tutor por dos años más a Don Sebesky (uno de los grandes maestros americanos en lo que se refiere a la orquestación e instrumentación) y pude culminar un curso por correspondencia en Berklee.

En 1974 decido regresar a Colombia, con la idea inicial de quedarme tan solo durante dos meses, y terminé quedándome dos años. En ese lapso trabajé en varios proyectos musicales, como hacer parte de la banda de jazz Doña Bárbara y de la banda de rock The Flippers. En 1976, nuevamente en Estados Unidos, conocí a Julio Gutiérrez, un célebre compositor cubano quien luego trabajaría con Luis Miguel, entre otras estrellas. Y fue precisamente a través de este personaje que logré conectarme con Castor Advertisement, la agencia mediante la cual me conectaría con Coca-Cola.

Pero vuelvo al comienzo: el minimalismo es, al mismo tiempo, lo más difícil de conseguir durante el proceso creativo y más para una marca como Coca-Cola, de la que pareciera que todo está dicho y todo se ha hecho. Y yo ya había tenido contacto con ellos, de cierta forma. Una productora independiente me había contactado para realizar los arreglos musicales de un comercial de Diet Coke en 1988, que se hizo con Tito Puente y su orquesta, y les había gustado mi trabajo. La misma productora, por intermedio de la agencia Sosa, Bromley & Aguilar, hoy llamada simplemente Bromley, decidieron en 1991 abrir un concurso entre varias agencias publicitarias, para escoger el jingle que acompañaría la nueva imagen de Coca-Cola. Hasta ahí, ese era uno de los retos más grandes de mi vida: componer un demo que primero convenciera a mi potencial cliente y segundo, lograr algo que cualquier persona, en cualquier parte del mundo, pudiera aprenderse de un soplo, con una o a lo sumo dos oídas apenas.

Entonces, durante un invierno que pelaba, compuse la canción. Fue un entretenido proceso en el que conté con la compañía de Maurice, mi hijo, productor musical y cineasta de treinta y un años. Con él organizamos varios instrumentos, varias tonadas y nos encerramos en el estudio de nuestra empresa, Galco. Quedamos en que cada uno, por aparte, iba a echarle cabeza a una propuesta que mostrara algunos de los mensajes que el cliente quería comunicar (cariño, familia, principios, amor) sin utilizar una sola palabra, pero basados en los textos de las agencias consultadas por el cliente.

Trabajamos basándonos en los eslóganes de Coca-Cola que ya existían. En inglés, el texto original era Can't beat the real thing (no se puede vencer al original) y en español, "Sabor para siempre". Todo eso se adaptó a la segunda campaña del cliente: Always Coca-Cola, en español, "Siempre Coca-Cola". Me tomó dos sesiones —de tres horas cada una— crear una musicalización concreta, entretenida y de fácil recordación para unir todas esas propuestas.

Un par de semanas después, cuando sonó mi teléfono, no me estaban llamando de Bromley, la agencia intermediaria. Eran los mismos directivos de Coca-Cola quienes habían quedado encantados con mi propuesta musical, e inmediatamente coordinamos los días finales de grabación. Ahí fue cuando sincronizamos la canción con las animaciones que nos proporcionaron. Una de ellas era la de un sol que se deshidrata y coquetea con la luna. La otra, la de los famosos osos polares que se abrazan y se resbalan en la nieve. Así lo hicimos, utilizando música e imágenes, transmitiéndolo todo sin palabras. El trabajo final gustó tanto, que no le hicieron ni un solo cambio a la canción. Y eso se debe a que se trataba de una pieza directa, como la que hicimos para Nabisco, compuesta por tres notas muy simples cantadas solo por una cantante, sin instrumentos. Hoy, todos reconocen el producto con las simples notas. Es la identidad de la marca en el oído del consumidor, insisto, sin largas frases ni mensajes pesados.

Sin embargo, me parece que la fuerza de la canción fue mucho mayor cuando diversos grupos creativos de Nueva York, unidos a petición del cliente, le adaptaron letra. La agencia Bromley se encargó del texto en español. Lo curioso es que si bien fueron necesarias cuatro agencias para crear la versión cantada en inglés, la composición de la música fue un trabajo casi individual, que me dejó como saldo un pago por veinte mil dólares que los invertí para equipar mi estudio de grabación, diez premios de publicidad de los que destaco un Clio de oro y otro de platino, y nada de fama, pues lo que realmente me interesaba era que reconocieran la canción y no a su autor.

Y ahí es donde todo se junta. Lo de Always resultó ser una verdad, porque esta canción es la que "siempre" se recuerda; una tonada sencilla que "siempre" se queda pegada en la memoria y hace que uno "siempre" pida una Coca-Cola en lugar de una bebida gaseosa.

No puedo negar que nos divertimos mucho componiendo la música. Con todo y que, curiosamente, no tomo gaseosas: cuando trabajo con mi hijo siempre tenemos a disposición frutas, jugos, queso, pero no Coca-Cola.

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