Ese día empezó normal para mí: clases, biblioteca, almuerzo ejecutivo, buseta. Cuando llegué a la casa, decidí acostarme porque estaba cansada y fui al baño a lavarme los dientes. Cuando desperté estaba en una ambulancia con la manga de mi buso llena de sangre y la sensación de hinchazón en la cara. No entendía por qué estaba ahí, no recordaba nada, pero sabía que no era ninguna pesadilla.

Yo estaba tirada en el piso del baño, reventándome la nariz contra la taza del inodoro, intentado mimetizarme con las baldosas del piso, botando una espuma blanca y espesa por la boca, contorsionándome, inatrapable y recia, como la cola de una lagartija recién cortada. Mis contracciones eran vigorosas con una fuerza que superaba mis 1,61 m de estatura y mis 50 kilos. Tenía todo mi cuerpo tenso y frágil como en un desenfrenado e incontrolable orgasmo solitario. Mientras me retorcía, mis pupilas se escabullían en una mirada blanca y desorbitada; y empecé a tragarme la lengua. Paola, para impedir que me ahogara, me metió las manos en la boca para sacarme la lengua y que yo pudiera respirar (no entiendo cómo no le cercené los dedos). Cuando Paola y su hermano lograron atraparme y levantarme del piso, me sentaron en una silla y él me sacudía angustiado y me decía: "Nena, ¿dónde te duele?, ¿qué tienes?, no te mueras".

Hoy, luego de siete años, esa imagen suya aparece en mi mente como un recuerdo nebuloso. Paola se fue conmigo en la ambulancia y él se quedó llamando a mis papás a Ibagué. Esa noche estuve en la clínica sola. No dormí porque tenía miedo, terror de que 'eso' volviera a pasarme. Al día siguiente me hicieron un TAC y un electroencefalograma. El segundo mostraba unas ondas defectuosas que revelaban un Síndrome Convulsivo Inespecífico Mixto, un tipo de epilepsia. La epilepsia no solo me afectó a mí; mis papás, los que estaban en Ibagué y los de acá de Bogotá, se preocuparon mucho, estaban pendientes de mis reacciones frente a la droga, y de que hiciera mi vida normal. Pero eso era lo más difícil. La droga hizo que me engordara, que estuviera soñolienta la mayor parte del día, que no pudiera salir de rumba y tomarme unos tragos.

Durante muchos meses renegué de tener esa maldita enfermedad y entré en una depresión que me hizo bajar de peso y me mandó derechito al psiquiatra, pues ese estado me ponía en riesgo para convulsionar de nuevo. Denigré de mis genes y me pregunté durante años por qué ese perverso gen, que saltaba una generación, lo tenía yo y no cualquier otro de mis primos. ¿Por qué tuve que ser yo? Con el paso de los años, entendí que no era una maldición ni la ley del darma y karma que me pasaba cuenta de cobro. Era una condición que tenía que aceptar y aprender a manejar. Hace dos años que no tomo droga y siete que no convulsiono; me siento bien pero a esos días de mi vida les faltan todos los recuerdos que se llevó el mal del olvido.

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