La cita era a las ocho de la noche para comer, pero justo faltando diez se me emberracaron los sentimientos y no supe si el apetito que me invadía era el sexual o las ganas de prolongar esa cosa bonita que tiene mil nombres, pureza vs. virginidad, y que me salvó de chiripa de convertirme en la quinceañera alborotada de los días del arco iris, la canción de Nicola Di Bari.

Pero el novio llevaba 24 meses y tres horas esperando el gran momento. Me le escapé de un ascensor y bajé corriendo 240 escalones para esconderme debajo de un 'amigo fiel' color anaranjado que a duras penas me tapaba mis largas piernas. Primer intento fallido.

El otro fue en esa típica tina de hotel que uno llena de burbujas a lo Marilyn Monroe (pero, eso sí, sin Veuve-Cliquot); subió tanto la temperatura, que cuando creí que había llegado el momento, ¡se me bajó la tensión y el novio tuvo que acomodarme, desnuda, en la cama y ponerme compresas!
Segundo intento fallido.

Rumbo a uno de los sitios que más me gusta, y donde siempre he soñado construir mi 'nidito de amor', La Calera, tuve mi tercer percance. Él empezó con el cuento de siempre: "No se tú, pero yo". "yo también", le contesté, "pero este no es el momento, y menos en un campero descapotado, en plena madrugada". "qué mujer tan complicada. es que vos no me amás, hasta cuándo tengo que esperar. ve, soy hombre, yo siento, yo te amo, pero". "pero es que tengo frío", le contesté, y empecé a estornudar". Tercer intento fallido.

Al otro día timbró el teléfono a las 11 de la mañana. Una de esas llamadas que la mamá contesta y queda con la sospecha de que algo horrible va a pasarle a 'la niña' y, haciéndose la pendeja, empieza a sacudir mientras el novio lo único que oye es un "sí. no. sí. no". Ahí me lanzó un ultimátum de cajón: "¿Pero qué es lo que pasa con vos? Esta noche o. o me perdés".

¡No, qué susto! ¿Será mentira esa verdad? Así que me bañé, me depilé por primera vez, me impregné de Escape (fragancia play de mi época) y le quité el precio a los Victoria's Secret que tenía guardados en mi cajita de flores. No sabía si llorar de emoción, depresión. o presión: con cualquiera de las tres, la noche era hoy. Me despedí de mi colcha de retazos, del osito de peluche que me regalaron cuando hice la primera comunión, del diario con mis sueños de papel y de la colección de esquelas (que nunca usé, porque eran divinas y no tenía ninguna repetida).

Me pasé cinco semáforos en rojo, le hice el quite a un perro, me encaramé en dos andenes y llegué completica a mi gran noche. Ahí estaba mi churro prendiendo velitas; de fondo, la sensual voz de Sade, nuestra cantante favorita. Dos copas de vino serían las encargadas de relajar el antes. Me abrazó muy tierno, mientras yo atropelladamente le contaba que un perro quería morir aplastado, que los andenes se me metieron por debajo y que no fue culpa mía que los semáforos cambiaran tan rápido. "Salud por vos y por este amor". "estoy nerviosa". "yo también". ¡Qué va, tenía más experiencia que yo!

Mientras de un solo trago nos tomamos la segunda copa, en el sofá quedaron mis botas de tacón, sobre el tapete blanco mis bluejeans al revés y mis Victoria's Secret se enredaron en los cordones de las bambulitas. Fue una noche de locura, pasión y entrega. Su suavidad y ternura me llevaron a conocer la sensualidad de cuando dos personas se besan, se acarician y se destapan en cuerpo y alma, y conocí la otra parte de la relación, la lectura de las manos, los labios y la respiración. Solo veía la sombra de los dos cuerpos que se fundían, se separaban pero nunca se soltaban. Dolor. un poco, uno que otro corrientazo; la mezcla de miedo, tensión y placer.

El secreto es dar con un hombre que te espere años, meses y horas, que deje el egoísmo y piense en nada distinto a ti, para que ese día sea la mejor experiencia de tu vida y no una pesadilla. Ese hombre que con una sutil caricia descubra tu punto G.

Nunca me arrepentí. Aunque existieron otros romances, el primer amor es el primero. ¿A qué edad? Eso no importa, solo la ciudad de la eterna primavera sabe cuándo pasé de niña a mujer. Y qué mujer.

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