Y es también, más que un valle, una estepa de dolores para quienes condenan los placeres terrenales, sean propios o sean ajenos, y se esfuerzan por reprimirlos y prohibirlos. Para ellos espero que también sea un antro de sufrimiento la otra vida, si es que existe, y si es que existe la justicia como cosa distinta del mero placer intelectual sin consecuencias prácticas, como sucede aquí. Pero para los otros, para nosotros, esta vida de ahora es una fuente de placer. Y no hay otra.

Voy a hablar en este artículo de los placeres propios: de los míos. De los placeres del cuerpo y de los del espíritu. Aunque no es fácil distinguirlos, porque unos y otros están tan íntimamente unidos, tan dolorosamente separables, como la uña y la carne. Placeres espirituales del cuerpo, placeres corporales del espíritu: placeres terrenales. Entre los cuales cuento el placer (¿celestial?) de la especulación teológica: crear dioses es un placer de hombres. ¿Acaso no brota del hipotálamo un chorro refrescante de endorfinas cada vez que uno descubre una prueba nueva de la existencia de Dios, o de su inexistencia? ¿Y acaso no es ese chorro gratuito de placer la prueba misma de que algún dios existe? Yo lo he sentido a veces, de la nuca a la nariz, como un baño interior de agua de rosas o de sábila, leyendo el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz o ese textico de Jorge Luis Borges que se titula Prueba Ornitológica en el cual pretende demostrar burlona e irrefutablemente la existencia de Dios a partir del paso de una bandada de pájaros.

Excluiré sin embargo el placer de la prohibición. Sé que existe, pero no es de los míos. Es un placer de funcionarios, policial, militar, eclesiástico, que sólo satisface a los temperamentos autoritarios. Un placer de dioses, y no de hombres. Por eso afirman todos los curas de todas las religiones que toda prohibición es agradable a Dios, al Dios que sea. La prohibición del cerdo o de la sodomía, la de la masturbación o la del juramento. Afirman también que el Diablo es "el espíritu que siempre niega". No es verdad. Desde la rebelión de Lucifer, es él quien siempre afirma: busca la libertad, que es el ámbito del placer. Salvo el de prohibir, pues, que es un placer divino "no comerás de este fruto", todos los demás son placeres diabólicos. Quiero decir, humanos. Lo cual significa que son intransferibles, aunque sean compartidos.

Hay placeres de absorción, de ingestión. Comer, beber, leer, oír, respirar, ver. Beber lo que a uno le gusta, claro: agua fresca sí, leche tibia no. O viceversa: todos somos distintos. Ver es un placer doble: de absorción y de emisión a la vez. Pues hay también placeres de emisión, de expulsión, de creación. Hablar, cantar, eyacular, o simplemente orinar. Cagar también. Dice Quevedo, en trance placentero de creación poética, que "no hay placer más descansado/que después de haber cagado". Llorar. Toser incluso. O ese placer sublime, en el que según Montaigne toman parte todas las potencias del cuerpo o del alma, que es estornudar. Por lo general los placeres son más intensos cuando son dobles: mirar y ver, hablar y hallar respuesta. Son los placeres de pareja, que pueden ser sexuales o no serlo, que pueden incluso no ser correspondidos y conllevar su parte de dolor. El amor contrariado, a veces, puede ser un placer. Y la nostalgia de lo perdido es un placer, y también un dolor, como ese que se procuran los niños cuando se tocan con la punta de la lengua la muela dañada: un placer ácido. Placeres del tacto, de caricia o de presión, de la mano o de los labios. Los hay sin mezclas: el sol sobre la piel, o el agua, u otra piel sobre la propia piel.

Los placeres de los cinco sentidos se suman y se complementan con los de la inteligencia: los de la curiosidad y los del descubrimiento. Y los de la ignorancia, innegables ?no saber?, y el placer refinadamente intelectual de la abstención. No ver televisión, por ejemplo. No tener que escribir artículos de encargo, como este. Ayunar. Abstenerse de un placer, o posponerlo, como los niños que guardan para el final la mejor parte del dulce. Callar.

Todo lo que vengo diciendo es pura especulación: placer espiritual de la especulación. Pero hay que entrar en materia: en los placeres de la materia.

Acabo de almorzar. En fin, hace ya un rato. Después dormí la siesta, porque la sabiduría popular recomienda: "Después de comer, ni un sobre has de leer". Y escribir un artículo, menos. Supongo, pues, que debo hablar en su orden del placer de comer, del de dormir, del de leer (no sólo sobres), del de escribir. Cuando uno está sano, la vida es pródiga en placeres. Fue un almuerzo solitario (hacerlo acompañado hubiera sido un placer diferente) y frugal. Una chuleta de cerdo, dorada y tostada, crujiente y jugosa en los bordes apenas requemados, cargada de todos los placeres perjudiciales del colesterol. Arroz blanco: los chinos y nosotros en Colombia conocemos el placer del arroz blanco, sin mezcla, que ignoran otras culturas. Pues los placeres, aun los más elementales e inmediatos, son siempre culturales, pasados por el tamiz de la cultura. Así yo, heredero del Occidente cristiano, ignoro muchos de los placeres del Oriente o de Oceanía, y hasta supongo que algunos me parecerían repulsivos si los conociera. Aunque sí conozco ese placer de chinos que consiste en rascarse la espalda con una manecilla tallada en la punta de un largo mango de marfil.

Vuelvo atrás: puré de papas. Esa preparación tan simple, que ni siquiera llega a ser puré, de tierna y pálida papa sabanera aplastada en un plato con culo de cuchara de palo. A un lado, los hollejos de la papa fritos en aceite de oliva después de cocinados, rociados generosamente de sal gorda (la generosidad: otro placer). Y una ensalada de hojas de lechuga y gajos rojos de tomate con aceite y sal de mar. ¿Y qué más? Nada más. Postre no. Un tinto, cargado: no esa agüita sucia. En un tiempo escribí notas de comida para una revista de cocina, y era un placer simplemente nombrar por escrito las cosas de comer: arroz, caviar. Ah: y un vino tinto de Chile. No soy enólogo. No voy a hablar aquí de aromas de roble o trufa ni de aterciopelamientos de paladar o de boca. Pero lean a un enólogo: incluso si uno no bebe vino, es un placer leer de vinos.

Digo que acabo de levantarme de la siesta y que son las cuatro y media de la tarde, o por ahí. Juzgo por el sol bogotano ya diagonal que se filtra por el hilo de las cortinas. ¿He hablado del sol, de su luz, de su calor, de su caricia sobre la piel desnuda? Ese sol bogotano que viene y pica fuerte, y después se va un rato detrás de alguna nube, y luego vuelve y acaricia. Manchas de oro a través del follaje bruñido de un cerezo donde picotea una mirla. Si no tuviera que escribir este artículo (el placer del deber cumplido) saldría al jardín, donde en este momento un jardinero de gorrita juega en la luz con el chorro de una manguera que culebrea y cabrillea sobre el verde del pasto y los brochazos de color de las flores, como en un cuadro de los impresionistas. Creo que me olvidé de describir la siesta, que también fueron manchas de color en los párpados, fajas cromáticas como las que pintaba Rothko, y una especie de beatitud levitante bajo el peso liviano de la sábana. Yo duermo siesta entera, por decirlo así, cuando puedo. Siesta de las que llaman pijameras, aunque sin el pijama. Pero hay otras también, si el tiempo apremia: la siesta "de cucharilla", por ejemplo: sostiene uno entre los dedos la cucharita de revolver el azúcar del tinto, y se queda un momento dormido, sentado. Y se despierta con el tintineo que hace la cucharita cuando se cae al piso. Y hay, por supuesto, la siesta en compañía, que es la mejor de todas, porque la hora de las siesta es, en mi opinión, la mejor de las horas para hacer el amor, conyugal o clandestino, de tinieblo. El placer del tinieblo. Claro: hay que tener tiempo. (Y el placer voluptuoso de tener por delante todo el tiempo del mundo, el tiempo dilatado de la tarde). Quedarse vagamente adormilado, acariciarse perezosamente con la mujer medio dormida, perder por un instante la conciencia y encontrarse uno mismo, al despertar, rozando con la boca un hombro liso o las vértebras de un cuello bajo la masa del pelo, y pegado a la frescura tersa de unas nalgas mientras la erección, también ella, despierta, y en ocasiones se agiganta, o a veces vuelve a adormecerse. Y uno acomoda un codo y se endereza, y besa, y hace el amor, o no. Es sábado. No hay prisa. Tenemos toda la tarde por delante, como una playa de luz. Además, mañana iremos a los toros.

Mucho he escrito ya en la vida sobre el placer de ir a los toros para repetirlo aquí. Sólo diré que el alcalde de Bogotá, "municipal y espeso" como diría Darío, no tiene derecho a prohibirlo, y en eso está. Quiere acabar con la afición, a fuerza de joderla. Ya prohibió que vayan los niños a la plaza, ya prohibió que el placer del espectáculo se acompañe con el de la bebida. Está frenéticamente entregado al placer de prohibir, característico de los fanáticos autoritarios. Hablé de los curas. Pónganle a Mockus en la imaginación (ya se lo pondrá él mismo en la realidad, cuando le vuelva a dar por disfrazarse) un collarete redondo de cura de civil, y le verán su verdadero rostro.







Tras la siesta, el trabajo. En mi caso, escribir un artículo. Este, u otro: alguno sobre esa cosa repugnante que es la política colombiana, mi tema favorito. Pues resulta que hasta eso puede ser un placer. Leer unas declaraciones del ministro de Interior y Justicia, para encenderse de la ira, para reírse de rabia: el placer de la risa y el placer de la rabia. La adrenalina es placentera cuando fluye a borbotones por sus conductos designados, que no sé bien si son las venas o los nervios, pero que vibran todos de vida caliente y natural cuando les pasa el chorro. Escribir: "este alcalde ahora pretende?" o este presidente, o esta embajadora de los Estados Unidos, o este Papa de Roma? y levantarse para verificar en la biblioteca una cita maligna sobre el alcalde o el Papa. Y el placer íntimo de verificar, de investigar, de descubrir, de inventar. "Quien aumenta el conocimiento aumenta el dolor", advierte el Eclesiastés, ese libro tremendo tan placentero de leer como debió haberlo sido de escribir. Aumenta el dolor, pero también aumenta el placer. Antes del almuerzo, por el puro placer sin mácula de ampliar mis conocimientos aprendiendo cosas que olvidaré enseguida (el placer de olvidar), leí en la enciclopedia, buscando otra cosa (el placer de encontrar lo que no se busca), un artículo apasionante sobre las órbitas irregulares de los cometas llamados de Encke (Johann Franz, astrónomo alemán del XIX), que ya he olvidado. Y un pedazo de novela mala: el placer de cerrar un mal libro. Y luego fui a la cocina, y abrí la despensa con su olor encerrado de cebollas y ajos y mandarinas y pan viejo, a ver qué hacía. Y me salió el almuerzo que conté, y la siesta que dije, y después esto.

Decía Rimbaud, o pedía, que la vida debería ser un festín en el que corrieran todos los vinos, en el que se abrieran todos los corazones. No lo es, pero debería serlo.

Podría seguir indefinidamente. Los placeres de la salud, los del dinero, los del amor, llevado por el ritmo del tango. Los placeres del tango. Los del baile en general. Podría seguir indefinidamente, pero sólo me dieron tres páginas para que escribiera sobre los placeres de la vida. Como si en tres paginitas fueran a caber todos los vinos y todos lo corazones.

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