Porque cuando lo mataron, el 18 de agosto de 1989, Galán ya no representaba ninguna fuerza política ni social de renovación o cambio para Colombia; sino que, por el contrario, era puro continuismo de lo que había venido combatiendo. Había vuelto mansamente al establo del Establecimiento del partido liberal, succionado dentro de sus propias carnes, por así decirlo, por el abrazo sofocante del ex presidente Julio César Turbay como es chupada una vaca por las arenas movedizas. Y se había convertido en el candidato oficial del oficialismo. Tanto, que en vez de escoger a un galanista como su jefe de debate para las elecciones nombró a un político profesional que había empezado su escalada de puestos públicos siendo viceministro en el gobierno del propio Turbay: César Gaviria. El cual, acto seguido, fue designado con insolencia dinástica por el hijo adolescente del caudillo caído para que "recogiera sus banderas". Una frase manida y hueca que por su solo relente de moho muestra lo infectado por los resabios del Viejo Liberalismo que estaba el autodenominado Nuevo Liberalismo de Galán.

Pero, además, lo cierto es que ni siquiera en sus tiempos de rebeldía había sido Galán de verdad tan rebelde como parecía en los afiches que le diseñó el publicista Carlos Duque. No era diferente de lo que había, sino más de lo mismo. Era simplemente el abanderado (no cabe otra palabra) del ala llero-santista del vetusto partido liberal, en la que había militado casi desde la infancia. Primero desde el diario El Tiempo, de la mano del ex presidente Eduardo Santos, y luego desde el semanario Nueva Frontera, en el regazo del ex presidente Carlos Lleras. En nombre de ese llero-santismo había sido ministro (de Misael Pastrana, háganme ustedes el favor) y luego embajador (durante nada menos que cuatro años), y luego candidato presidencial. Por dos veces. Aunque retirándose disciplinadamente la segunda vez para cederle el paso a otro llero-santista de más antiguos méritos burocráticos, Virgilio Barco, y poniéndose dócilmente a hacer cola esperando su turno en la llamada "fila india" de los presidenciables liberales.

Una carrera que le hace exacto pendant a la de otro brillante orador y ministro precoz como él, pero perteneciente al ala turbo-lopista del liberalismo: Alberto Santofimio.

Por todo esto cabe pensar que, si no hubiera sido asesinado, Galán hubiera sido elegido presidente en esas elecciones, sí: tal como lo fue César Gaviria en su lugar y con sus votos. Pero en su gobierno no hubiera hecho nada distinto de lo que hizo su suplente. Hubiera convocado una constituyente igual, iniciado una apertura económica de líneas neoliberales parecidas y mantenido con las guerrillas unas relaciones muy semejantes, de diálogos y rupturas. Algunos narcotraficantes hubieran sido dados de baja, como de todos modos sucedió, y otros extraditados, como sigue sucediendo. Y el poderío del narcotráfico sobre la política colombiana hubiera seguido creciendo, como siguió creciendo, porque es un fenómeno que no viene de la maldad de las personas, sino de la existencia del negocio. Y el negocio existe por voluntad de los gobiernos de los Estados Unidos.

Y si Luis Carlos Galán no hubiera sido asesinado, tampoco hubiera no pasado nada importante. Lo digo en el sentido de que, por ejemplo, sí hubieran no pasado cosas si no hubiera sido asesinado en su momento Jorge Eliécer Gaitán. No solo porque su asesinato exacerbó la violencia política (de la cual formó parte el asesinato mismo), sino sobre todo porque Gaitán sí encarnaba algo muy diferente de lo que en ese momento estaba en el poder: un partido conservador minoritario que, por minoritario y no solo por conservador, recurrió a la violencia en lo que podría llamarse (para usar un término neoconservador) "defensa propia preventiva". Recurrió a la violencia para no perder las elecciones que iba a ganar Gaitán. O sea: para que no hubiera elecciones. Y no las hubo (salvo con Laureano Gómez como candidato único). El asesinato de Galán, en cambio, no tenía el objetivo de que fueran derrotadas "sus banderas", que vencieron sin problemas y sin que cambiara nada. Sino solo el de eliminar a la persona de Galán; y no por motivos políticos, sino personales: los que tenía el narcotraficante Pablo Escobar para defender su negocio. Y, en el caso de que sea cierta la participación de Santofimio en el crimen, tampoco sus motivos y propósitos serían políticos, sino de ambición y rivalidad de índole personal.

Así que en fin de cuentas el no asesinato de Luis Carlos Galán hubiera tenido solamente un efecto: el de que Alberto Santofimio no estaría hoy preso. Y, en cambio, tal vez hubiera sido presidente de la República (eso sí, después de Galán).

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