¿Saben? Ya tengo 77 años. He visto casi de todo, he acumulado un sin fin de experiencias, he viajado, he conocido a grandes personajes y también a gente sencilla. He tenido el honor de ser querido por un público de varias generaciones, sin diferencia de clases sociales, en distintos países, y aunque me han pasado cosas realmente extraordinarias, confieso que soy un ser humano de lo más normal. Siento lo mismo que cualquier otro, tengo necesidades similares y supongo que muchos se podrán identificar con las cosas que me hacen feliz... o que me deprimen.

Es curioso para mí hablar de estas cuestiones, pues siempre me preguntan acerca de asuntos alegres y de anécdotas graciosas. Tal vez piensan que la vida de un comediante es una carcajada constante. Obviamente, no es así, aunque hasta la situación más dramática puede tener sus tintes humorísticos y ese es el material del que nos valemos a veces los escritores de comedia. La risa y el llanto comparten una esencia similar: son características humanas. La risa apela a la inteligencia, mientras que el llanto está más ligado a la sensibilidad, pero si nacen del alma, ambos pueden ser liberadores.

En ese sentido, la depresión es un proceso natural que es necesario, como un ciclo vital en el que algo nace lleno de empuje y vitalidad, crece y al alcanzar el clímax, decrece poco a poco para dar paso a lo nuevo. En ocasiones, cuando estamos inmersos en un proyecto muy grande, nos comprometemos de tal manera, que cuando termina nuestro cuerpo y nuestro espíritu requieren esta pequeña "depresión" para adaptarse. Lo mismo ocurre cuando experimentamos un cambio, sea cual sea, pues eso nos genera un duelo que debemos afrontar. Claro, me refiero a una sana depresión que es pasajera, no aquella en la que existe algo patológico de por medio que impide a la persona levantarse de ese estado sin ayuda médica. Hay depresiones sencillas, más bien cotidianas y de esas puedo hablar con mayor soltura, pues no me son ajenas.

No soy, por ejemplo, afecto a las fiestas de cumpleaños, me parecen aburridas y cuando debo asistir, prácticamente son para mí un sacrificio. Sin embargo, si veo las noticias y en ellas aparecen las imágenes descarnadas de las guerras, me lleno de tristeza, de impotencia y comento con Florinda, mi esposa, que "de plano, sí prefiero las fiestas de cumpleaños".

Eso sí, yo procuro estar la mayor parte del tiempo en un tono positivo. No obstante, he de ser sincero y decir que, como el común de las personas, me deprimen los días nublados o lluviosos. No sé si es una especie de nostalgia aprendida o, simplemente, la cuestión fisiológica que relaciona la luz del sol y su calor con la vida. A veces siento que mi ánimo empeora cuando salgo de casa y veo el estado en el que se encuentra mi amada Ciudad de México. Un lugar que mi infancia, mi adolescencia, mi juventud e incluso mis años ya maduros conocieron como una de las más bellas del mundo, y que hoy parece estar tomada por asalto, llena de basura, de violencia y de un desorden promovido desde autoridades indolentes (en el mejor de los casos) o descaradamente cómplices del caos.

Pero lo que más me duele es la falta de solidaridad en el mundo, en particular, de los mexicanos. A lo largo de la historia nos hemos estado peleando unos contra otros y por eso hemos perdido varias contiendas, desde la conquista hasta nuestros días, incluyendo la más trascendente: "La batalla por el futuro". No nos hemos sabido hermanar en lo importante y nos hemos enemistado eternamente en lo trivial y pasajero.

Me agobia la falta de amor, porque si tuviéramos más empatía y tolerancia con los demás, nuestro entorno global sería distinto. Es desolador, por ejemplo, ver cómo el amor se está volviendo un artículo de lujo, difícil de conseguir, cuando es algo tan sencillo y natural que debería estar en la mirada de todos, en el corazón de cada persona y aun en la palma de la mano para estrechar hasta la del enemigo.

Me desmoraliza también tener una mente clara y vigente, en un físico que ya no me responde como antes. Aunque eso se convierte en agradecimiento, porque mi cuerpo me ha servido bien y está en muy buenas condiciones, a pesar del mal trato que en algún momento le he dado, como cuando fumaba. Nadie debería fumar, es una tontería; si supieran los daños que causa, como los he conocido yo, no lo harían.

Sí, todo eso que he dicho me deprime, pero nada más por un rato, porque soy un hombre de fe y creo en el género humano. He sido testigo de innumerables milagros, entre ellos, el inexplicable prodigio del cariño que la gente tiene por mis personajes, y de lo que mi trabajo ha podido significar en sus vidas. Creo en esta humanidad, de otro modo no hubiera podido darle vida al Chavo, un niño que en la peor de las miserias, tenía sus células llenas de amor, de esperanza... ERA FELIZ. Y tampoco hubiera podido crear al Chapulín, que ante la fatalidad y la evidente superioridad de los adversarios no se amilanaba, vencía su miedo y acometía cualquier empresa; estoy seguro de que aún ahora, cuando lanza su clásico grito de "¡Síganme los buenos!", los buenos todavía son muchos más que los malos, y eso me llena de ánimo.

Esta manera de pensar es lo que me mantiene vivo, activo, creativo. La nobleza y valentía del Chapulín, esa ternura de mi Chavo, la capacidad de regeneración y la postura pacifista del Chómpiras, ese desparpajo del doctor Chapatín y ¿por qué no?... hasta la locura de Chaparrón Bonaparte son valores que habitan en mí, me impulsan y me hacen salir a flote de cualquier mal momento, por oscuro que me pueda parecer.

Ahora que, para no defraudar a los que esperan cosas muy deprimentes y leen este texto hundidos en el decaimiento y la postración, debo decir que, sin lugar a dudas, lo que más me deprime es... ¡que me pregunten qué es lo que me deprime!

*Publicado en 2006


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