Yo, que siempre he odiado levantarme en las mañanas (o a cualquier hora), necesito, desde entonces, despertarme con música para hacer menos dolorosa la obligación; y como antes los radios no se despertaban solos, adormecido lo prendía y lo dejaba sonar hasta tomar fuerzas para levantarme. Sin embargo, prefería quedarme en cama arrullado por Óscar Golden, Vicky, Camilo Sesto, por la música deliciosa que ponían en Radio 15. Luego llegaron las telenovelas, o ya estaban ahí en blanco y negro, cuando me sentaba en las tardes con las empleadas del servicio a engolosinarnos con las tramas de Esmeralda, La señorita Elena, Lucía Sombra y otras.

De la televisión y de la radio aprendí, entonces, algo fundamental en mi vida y que no ha cambiado con el tiempo: el amor es cursi. No solo lo descubrí a través de los culebrones y la balada, donde se hace del amor un trauma, sino que lo comprobé años después en algo tan serio como la literatura, y en algo tan poco serio como la vida real. Desde Lupita Ferrer, ciega en la telenovela, diciéndole a su galán: "Tus ojos serán mis ojos, Juan Pablo"; pasando por Emma Bovary, que, al borde del desmayo, musitaba: "¡Oh, no te muevas! ¡No hables! ¡Mírame! De tus ojos sale algo tan dulce, que me hace tanto bien"; hasta el cotidiano y actual "regálame esos ojitos, gordis", hay mil ejemplos para concluir que los sentimientos son así: cursis. ¿Quién no se ha sentido identificado con una canción que hable de un mal amor o un despecho? ¿Quién no le ha dicho a quien quiere algún diminutivo o algún piropo que nunca imaginó decir? ¿Quién no se ha tragado una lágrima en una película romántica? ¿Quién no le ha dicho a su hijo "papito" o lo ha llamado con algún apodo que hace abochornar al propio hijo? Quien lo niegue debe vivir bajo mucha presión y estrés por cuenta de las apariencias, y además, no sabe de lo que se pierde.

La cursilería es atacada con vehemencia por quienes ven en ella todo lo relacionado con el mal gusto. Detrás de este ataque hay una especie de miedo a aceptar que en lo cursi está la esencia, lo que seríamos si no tuviéramos a la moda como asidero, o al qué dirán como pauta para nuestras decisiones. Es cierto que lo cursi se nutre de lo popular, de la sensiblería, de la histeria colectiva y de los instintos, pero no por esto tiene que confundirse con lo chabacano, o relegarse al rincón de lo ordinario. Hay que ver las obras maestras que ha logrado Almodóvar en sus películas a partir de una estética de lo cursi; o como en otra película mexicana, Y tu mamá también, su clímax llega con una canción memorable de Marco Antonio Solís. O cómo se salva Frida cuando Chabela Vargas canta su Llorona con voz aguardentosa.

Además, ¿quién escribe las normas del buen gusto?, ¿las locas de la nobleza europea?, ¿la difunta Lady Di con su desorden gástrico y mental?, ¿los gringos?, ¿las señoras de la alta? A mí me parece del peor gusto ver a dos de ellas en cualquier calle bogotana saludándose, hablando y despidiéndose en inglés. Eso sí traspasa lo cursi. Me parece de pésimo gusto cuando cantamos el happy birthday (casi siempre japi verdi) en lugar del cumpleaños feliz; me parece de requetemalgusto la Navidad con sus vitrinas nevadas en pleno trópico.

Toda imitación está por debajo de lo original, por más cursi que lo original sea; no hay nada tan chillón como aparentar lo que no somos. Y no hay por qué extrañarse de estos juicios apasionados y aparentemente contradictorios; los que nos electrizamos con las canciones de Juan Gabriel también tenemos todo el derecho a rajar, y a decir de los otros: ¡qué tan cursi!

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