No somos poca cosa. Tenemos ojos para ver el mundo y manos para transformarlo. Tenemos una máquina que fabrica sueños mientras estamos despiertos, y otra que los produce mientras dormimos y nos permite recorrer otros mundos que no podemos ver ni transformar con las mismas pupilas y la misma piel de la vigilia. Tenemos unos dedos más largos que otros, que no solo resultan útiles a la hora de pelar una mandarina o de lanzar una piedra al agua con la intención de que entre y salga de la superficie tantas veces como pueda: son una herramienta maravillosa sobre todo cuando descendemos con la mano por el cuerpo de una mujer. Tenemos entre la boca un laboratorio de besos y de sabores. Podemos diferenciar un tempranillo de un cabernet sauvignon, y a veces logramos saber cuándo la mujer que ha pegado sus labios a los nuestros nos está dejando de amar. Debajo de la lengua crece el mercurio de los termómetros.

Tenemos en alguna parte del cuerpo un aparato que alberga ilusiones, y una glándula que lo alimenta de terquedad. Tenemos un cajón para guardar los buenos momentos y para volver a ellos cuando nos asaltan las dudas sobre lo que viene. Tenemos entre las piernas un instrumento que descubre universos fascinantes en las entrañas de la mujer.

No somos poca cosa. Podemos contar de dos en dos, pegarle a la pelota, resolver crucigramas, recoger caracoles, montar en bicicleta, coleccionar pepas de eucalipto, poner apodos, deshojar margaritas, preparar helado de chocolate, cazar mariposas, hacer sombra, leer en voz alta, jugar a las escondidas.
Podemos aprender alemán o italiano, leer a Shakespeare en inglés o declararle el amor en francés a una jovencita del barrio latino de París. Podemos imitar a los pájaros, aunque estemos estúpidamente convencidos de que somos superiores a ellos: podemos silbar como un canario, lanzarnos de una montaña con alas de cometa o subirnos a un airbus que cruza el Atlántico en ocho horas, más rápido que las aves migratorias.

Incluso, podemos valernos de la mitad de lo que somos: caminar en un solo pie aunque parezcamos canguros, reproducirnos con un solo testículo, mirar a la mujer del vecino con un solo ojo (y desearla de cuerpo entero). Podemos desafiar las leyes de nuestro propio diseño: pararnos en la cabeza, escribir con la mano izquierda, dormir con los ojos abiertos. Podemos multiplicarnos: pensar en una mujer mientras contemplamos a otra. Y dividirnos: pecar de seis a ocho y rezar de ocho a diez.

No somos poca cosa. Pero es inevitable: en algún momento se nos mete, como un mal viento, como una bala perdida, como los rayos equis, el deseo de ser mejores. Y más que el deseo, la preocupación de serlo. Se nos mete. A las buenas o a las malas. A causa de un ataque místico o por cuenta de unos malos tragos. En el atrio de la iglesia o a la salida del bar. Después de un sermón de menos de siete palabras o en el tercer estadio de un guayabo moral. Se nos mete: o tal vez nos sale, porque sin darnos cuenta llevamos adentro la espina desde antes de alcanzar el uso de la razón. Nos lo han machacado toda la vida: las tías abuelas, las mamás de los vecinos, las maestras de la escuela: tienes que portarte mejor, tienes que ser un hijo ejemplar, no puedes desperdiciar los talentos que te ha dado la vida. De repente, todas esas voces se nos devuelven convertidas en grito, nos aplastan, nos manipulan. Y sentimos que tenemos la obligación de ser mejores. Y lo primero que se nos ocurre —porque venimos a este mundo sin manual de instrucciones— es mirarnos al espejo. Como si el otro yo que nos mira de frente tuviera la respuesta.

No sabemos si la tiene. No, al menos, en ese momento. Y salimos a la calle, como locos, y empezamos a andar en busca de un signo, de una señal, y corremos el riesgo de tropezarnos con el que no toca: cirujano plástico, cura, instructor de gimnasio, sicólogo, prestidigitador, consejero matrimonial o asesor de imagen. Hay que dudar de todo (y de todos) con fe cartesiana. En especial de aquellos que aseguran tener la fórmula para convertirnos en hombres mejores. Debemos llevar las manos libres: si no podemos esquivarlos, es indispensable levantar pronto los dedos índices —como si fuéramos a disparar—, apoyarlos sobre los oídos y presionar fuertemente con las yemas. No debemos oírlos. Cada quien tiene su propia idea de lo que significa ser mejores, y no conviene comprar propósitos ajenos.

Tampoco se recomienda divulgar los propios. Que la mano derecha no sepa lo que hace la izquierda. Todo el que esté al tanto de nuestras intenciones se sentirá con derecho a opinar. Y no dejará de mirarnos de reojo. Nos aburrirá con sus consejos. Se convertirá en un ser indeseable. Despertará nuestro odio, y en ese momento comprenderemos que hemos dado un paso atrás.

Queremos ser mejores hombres. Pero, ¿mejores en todo de una buena vez? El que esté libre de vanidades que tire la primera piedra. ¿Mejores hasta el aburrimiento, desechando el aderezo de los defectos?
¿Mejores con la raqueta y mejores en la cama y mejores en el chat y mejores con el wok, así, de repente, con un solo golpe de vara?

Somos tantas cosas —aviones de guerra, muñecos de trapo, fichas de ajedrez— que ser mejores hombres en toda la dimensión del término hombres sería cuestión de varias vidas: y ni siquiera sabemos qué hay después de ésta: ¿acaso otra, acaso un salto al vacío? Habrá que ir por partes. Comenzar por el principio. Ser mejores con el trompo o con las bolas de cristal. Ser unos curiosos mejores: aprender a ubicar los volcanes desde la ventanilla del avión, adivinar el cuerpo de la mujer detrás de la tela que lo cubre. Ser mejores en el uso de dos o tres palabras. En la combinación del negro y el azul. Ser mejores trepando a los árboles. Buscando tréboles de cuatro hojas. Desenredando el hilo de las cometas. Sacándole punta a los lápices. Ya habrá tiempo de ser mejores en lo demás. No hay prisa. Al fin y al cabo no somos poca cosa.

RESEÑA FERNANDO QUIROZ:
No pocas instrucciones para ser mejores en el amor están en las páginas de En esas andaba cuando la vi, la primera novela del periodista Fernando Quiroz.

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