Se llama Perro. "Venga, Perro". "Quite, Perro". Se llama Perro. Así nada más. Con P mayúscula, porque es un nombre propio. Aunque no lo sea. Aunque alguien, alguna vez, le haya dicho Nerón. O Perezoso. O Manchas.
Manchas. Alguien debió decirle Manchas a este perro. No es blanco, no es amarillo: es un pelo del color de la crema de leche de esas fresas de tienda de barrio, que duran varios días en el mostrador, al lado de unos merengues que no provocan y de unas roscas de un rojo encendido a las que llaman liberales. La crema va dejando de ser crema y se convierte en una pasta con vetas pardas y puntos negruzcos y un fondo blanco como testimonio de lo que alguna vez fue. Así es el pelo de Perro. Y uno no sabe si los puntos negruzcos son las raíces de una pelambre que está cambiando de color, o un ejército de pulgas que vive a sus anchas sobre el lomo del can. Perro se rasca con fuerza: mueve una de sus patas traseras con ritmo de serenatero pobre, como si estuviera tocando los compases de guitarra de un corrido mexicano, y se vuelve a echar en el asfalto, recostado contra el andén, después de haber calmado el ardor de las ronchas y de haber desacomodado a las pulgas.

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Perro duerme una siesta que no perdona, haya tenido la suerte de coronar una presa de pollo con algo de carne pegada al hueso, o haya pasado de largo, como tantos días, porque no hubo un alma caritativa que le dijera "venga, Perro" y le hubiera tirado los sobrados de un corrientazo con muchas harinas y pocas proteínas.
Lo descubro desde la carrera Quinta, después de trepar la empinada 27 que sube desde la Séptima al lado de la Plaza de Toros. A dos cuadras de distancia, ignoro que Perro es perro, pero comprendo muy pronto que la que duerme a su lado, negra con manchones mal dispuestos de un amarillo casi quemado, es una perra: le cuelgan unas tetas largas y flacas que resultarían insuficientes para darle de comer a una cría de cachorros hambrientos. Parecen una marca registrada de su carácter de perra callejera. Nada más. Un adorno inútil, como casi todos los adornos. Jamás he visto tetas como éstas en las perras que llevan a los salones de belleza para que les recorten las uñas que las alfombras son incapaces de limar y para que les amarren detrás de las orejas unos lazos maricones en tono rosado.
Me ubico a prudente distancia de Perro, porque quiero contemplarlo en su modorra de dos de la tarde, y me pregunto si además de dormir este animal tiene algún oficio definido: no jala trineos, no persigue ladrones, no guía ciegos, no vigila almacenes, no conduce rebaños, no husmea entre los baúles de los automóviles en busca de explosivos...

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Perro voltea cuando le da la gana. A su lado pasan los estudiantes de la Distrital, de a dos, de a tres, en grupos ?rara vez van solos? y algunos de los que lo conocen desde que empezaron la carrera lo saludan: "Q'hiubo, Perro". O lo llaman sin llamarlo: "Perro, Perro". Y alguna aprendiz de sicóloga, incapaz de decirle por su nombre, se aventura con un diminutivo que no le va bien a un perro de la calle: "Hola, perrito". Y Perro voltea cuando le da la gana. Anda demasiado concentrado en su siesta como para distraerse con los muchachos. Tiene la panza llena, o distrajo el hambre con la suma de granos de arroz que poco a poco fueron quedando en el suelo después de una tanda de empanadas. Los perros de la calle son voluntariosos. Son interesados. Cuando necesitan, buscan. Y si tienen que fingir un poco de afecto para conseguir los gordos de un churrasco, no tienen reparos en mover la cola.
Me siento en una mesa que han dispuesto en el exterior de la cafetería que me ha servido de refugio, al lado de algunos que pretenden calentarse con el tibio sol de una tarde del marzo bogotano, y empiezo a contagiarme de la pereza de Perro. Apenas levanta las orejas cuando lo llaman, cuando cree adivinar una voz que le resulta conocida, pero sigue echado como si fuera de plomo en una esquina que debió conquistar hace mucho tiempo a punta de mostrarles los dientes afilados a otros perros que quisieron disputársela. Perro sabe que donde hay estudiantes hay comida. Como lo saben los que han arrendado garajes en esa calle para montar fotocopiadoras o improvisar restaurantes.

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Supongo que la espera será larga, hasta que Perro quiera mover su esqueleto, y me animo a pedir una Pepsi-Cola y tres empanadas de carne. Hago las cuentas y decido que una de ellas la destinaré, como un impuesto, a cubrir una parte de las necesidades vespertinas del animal al que observo. Oigo cuando la mujer del local sumerge en aceite, una a una, las masas congeladas, y muevo la cabeza en un intento inútil por evitar que la nube de grasa que sale del sartén se adhiera a mi pelo. Espero un par de minutos, acerco de la mesa de al lado la vasija del ají, y cuando creo estar listo para una sobremesa que no tenía en mis planes, advierto que Perro estira las patas, se despereza, primero levanta la cabeza y luego el resto del cuerpo y empieza a andar. Camina como perro borracho, alerta a la perra negra que duerme a su lado, esculca en una bolsa de basura que encuentra en el andén y de repente, como animado por una suerte de compromiso para el cual se le ha hecho tarde, se despoja de su pereza, acelera el paso y desciende de prisa por la 27. Corre como si persiguiera una perra en celo o escapara de los hombres de la perrera municipal que cada año recogen 63 mil ejemplares como él, los suben a la fuerza en un camión, los inyectan, los duermen, y a algunos los torturan, los sacrifican en una parrilla con exceso de voltaje y los incineran en algún potrero en las afueras de la ciudad, lejos del despacho de la sociedad protectora de animales.

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Me olvido de las empanadas y no tengo tiempo para pensar en qué dirá la mujer de la cafetería cuando descubra que su cliente ha escapado y la ha dejado con el plato servido. Perro cruza la esquina y yo apenas voy por la mitad de la cuadra. Acelero para alcanzarlo, pero Perro parece otro perro y no el que creí sumido en un letargo que le impedía moverse más allá de la esquina poblada de estudiantes. Cruzo la esquina y compruebo que Perro me ha tomado más ventaja. Inicio, entonces, un trote que me resulta ridículo para la hora, para el sector y para mi atuendo de pantalón de paño gris, pero voy decidido a alcanzar al animal. Cuando pienso que he perdido la carrera, Perro cruza de una acera a la otra y frena en seco en un antejardín sembrado con un sietecueros solitario. Lo huele varias veces, con ansiedad, levanta una de las patas traseras y lo orina con un chorro que sale intermitente. Levanta el hocico mientras lo riega, y cuando termina la operación vuelve a oler el arbusto, antes de seguir su recorrido. Gano unos cuantos metros y suspendo el trote. Quiero detenerme frente al sietecueros: tengo la tentación de orinarlo yo también, pero sigo a Perro en la ruta caprichosa que ha establecido, caminando en zigzag de un antejardín a otro, orinando rosales y geranios, esquivando obreros como si tuviera en su historia clínica más de un golpe con el palustre y mirando de reojo a las señoras que salen de las panaderías con las mogollas recién horneadas.

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No hay perro con papeles que tenga tanta personalidad como este perro. Como Perro. Lo que le falta en porte le sobra en seguridad. No lleva lazos ni collares, no tiene certificado de vacunas, desconoce las propiedades del concentrado, ha aprendido a convivir con las pulgas y exhibe con indiferencia una herida vieja en el muslo derecho que seguramente jamás sanará del todo. Perro es un todoterreno. Sabe que no morirá de hambre. Su oficio no es otro que sobrevivir, y ha acumulado muchos años de experiencia en la materia. Ha esquivado bolillos, ha asaltado mercados, ha conmovido empleadas del servicio. Tiene un territorio que defiende a muerte, porque allí lo conocen los estudiantes y él conoce a los vecinos. Sabe cuándo debe cambiar de acera, en qué casas viven las perras que lo desvelan (y en qué arbustos orinan) y tiene un completo inventario de las canecas de la zona: esquiva aquellas de las familias vegetarianas y se deja tentar por las de los restaurantes. En las calles en las que ejerce hay comederos de todos los estilos, y sabe muy bien qué día hay ajiaco con pollo en los corrientazos de la 27. No hay caneca más apetecible que una repleta de huesos, aunque deba escarbar entre las cortezas de papa criolla y de papa sabanera.

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Con esa seguridad, que es más una actitud de bacán de barrio ?pacífico, porque un perro callejero que se respete no busca pleito, aunque tiene colmillos de sobra para responder a los que se lo buscan?, Perro agota las calles de La Macarena y sigue sin pudor, sin temor, sin problema, a La Perseverancia. Pasa de largo por el callejón largo que está a espaldas de la plaza de mercado, y me sorprende que avance tan a la carrera: no solo porque de nuevo me lleva al trote, sino además porque ignora esa suma descomunal de olores que salen de los puestos de verduras, de carnes, de frutas, de especias, y se mezclan en una sola receta que pensé que sería atractiva para su hocico. Lo comprendo más tarde, dos cuadras adelante, cuando estoy a punto de desfallecer. No hay manjar que pueda detenerlo o desviarlo de la ruta. Una perra café, más grande que él y con las tetas largas como su amiga de la 27, lo espera a la entrada de un taller de taxis. Mueve la cola cuando lo divisa. Se levanta, corre a encontrarlo, le estrella el hocico en el hocico, da media vuelta, se para frente a la puerta del taller, espera el momento preciso, le hace una seña y lo invita a pasar.
Espero casi una hora en la cafetería de la esquina, pido un par de empanadas de carne que, esta vez, por supuesto, alcanzo a comer, bebo de un sorbo la primera botella de Pepsi y ordeno otra. Cuando Perro sale del taller, con el pelo ensortijado, me quedo mirándolo con cierta envidia: toma la misma ruta, trepa los mismos antejardines, orina los mismos arbustos. Y vuelve allí, a su esquina, porque muy pronto saldrán de clase los alumnos de la Distrital, y Perro necesita reponer energías. Mientras tanto, se tira en el asfalto, contra el andén, y sólo voltea la cabeza cuando le da la gana.

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