A veces, el día de John Lennon comenzaba a las cuatro de la mañana. Recobrado tras de un sueño profundo, saludable, se sentaba en la cama y registraba de inmediato la hora exacta. Después solía caminar por el cuarto hacia el asiento de la ventana y, mirando afuera al Central Park y el suburbio de Manhattan, esperaba el amanecer. O se volvía a dormir. Aunque, por lo general, se despertaba alrededor de las seis o siete. Su reloj biológico estaba perfectamente programado. A menos que hubiera interrupciones, su hora de despertar no variaba por más de dos o tres minutos cada día. La rutina de la mañana era más parecida a la de los desempleados permanentes que a la de los ricos independientes.

Después del desayuno, John regresaba a su recámara, cerraba la puerta, ponía la televisión sin volumen. Solo permitía que entraran sus gatos. Disfrutaba tanto soñar, que pasaba el mayor tiempo posible durmiendo (llegó a dormir hasta 16 horas al día). Leía mucho sobre filosofía, religión, ocultismo, psicología, historia, ciencia, nutrición y superación personal.

Los únicos amigos que John y Yoko Ono tenían eran ellos mismos, y lo querían de esa forma. No tener amigos era la libertad. Cuando John necesitaba compañía, la compraba: esa era la belleza de los sirvientes. Cuando se sentía disgustado en general, siempre había alguien cerca más que deseoso de escucharlo desahogarse. Algunos de hecho tenían cerebro. Les hablaba, y parecían entender, aunque no le importaba cómo le respondieran.

El procedimiento de contratación en el edificio de los Lennon era errático. Las personas eran contratadas y despedidas a partir de los hallazgos de Charlie Swan, el lector de cartas de tarot; del Consejo de Videntes; de un surtido de astrólogos freelance, psíquicos e instructores y de las consultas personales de Yoko al zodiaco y a El libro de los números.

Sin contar a los psíquicos, había cerca de una docena de sirvientes de tiempo completo: institutrices y asistentes de institutrices, cocineras y amas de casa, un hombre llamado Mohammed que se arrastraba todo el día sobre sus manos y rodillas puliendo los pisos, un jardinero llamado "Árbol", una manada de "topos" que era despachada por las tardes a traer sushi y sashimi, y un surtido de asistentes administrativos y personales.

John siempre se estaba quejando de la obediencia de los sirvientes, pero realmente nunca había despedido a nadie. Esa era tarea de Yoko. Las cerraduras de los apartamentos, oficinas y despensas siempre se estaban cambiando. Las personas entendían que estaban sin trabajo cuando no se les daba la llave nueva. El infortunado sirviente o miembro del personal simplemente se desvanecía.
No era inaudito que una persona perturbada fuera aceptada en el rebaño. Un empleado fue despedido por escribir en secreto a los miembros del Congreso utilizando la papelería de Lennon y firmando con los nombres de John y Yoko. Incluso un fan, cuya fantasía más intensa era conseguir un autógrafo de John, era tan propenso a ser contratado como un sirviente profesional, que venía altamente recomendado por los socios más confiables de Lennon. Esto producía fricciones entre el personal. Los sirvientes profesionales se sentían explotados. Algunos ganaban como 36.000 dólares al año. Era solo que estaban rodeados de una riqueza material aparentemente ilimitada.
Un empleado nuevo requería por lo menos un año para acostumbrarse a Lennon. Lo más difícil era aprender a relajarse cuando él estaba en la habitación. La tentación irresistible era mirar y John odiaba ser mirado fijamente. Si lo mirabas fijamente, él se quejaría con Yoko y ella te despediría. La mejor estrategia era fingir trabajar e intentar robar las imágenes del reflejo de John en el espejo que cubría una pared entera en el fondo de la oficina que tenía en el Dakota.

John se comunicaba con sus sirvientes mediante la profusión de notas detalladas. Estas iban desde manifiestas explicaciones filosóficas sobre su dieta de jugo de toda una semana, hasta listas de compras macrobióticas profundamente mundanas. Algunos sirvientes las consideraban obras de arte y buscaban en la basura las notas desechadas, operando bajo la teoría de que cualquier trozo de papel que John tocara con una pluma valdría algún día una pequeña fortuna, en particular después de que él muriera. Todo hecho de sus vidas, toda frase que John y Yoko dijeran y cada fotografía que les tomaran tenían un valor comercial.

Una semana de trabajo y era obvio que la realidad no coincidía con la imagen pública de los Lennon como una familia feliz. Por eso, todo el que trabajaba para John y Yoko estaba obligado a firmar un acuerdo de confidencialidad, el cual decía que todo lo que se conociera durante la vigencia del contrato no podía ser utilizado con fines comerciales.

Era raro que alguien durara más de tres años. La primera regla de John y Yoko respecto a los sirvientes era: no dejes que nadie se haga indispensable; si alguien se hace indispensable, despídelo.

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