Lo que me ocurrió ese domingo fatídico de 1993 no se lo deseo a nadie. Fue una situación tan insólita como inesperada. Yo jugaba en el América de Cali y enfrentábamos de visitante al Deportivo Pereira. Me acuerdo que la cancha del Hernán Ramírez Villegas estaba empantanada, barrosa, difícil para los jugadores, ya que había estado lloviendo todo el día. Había mucho público en las tribunas, porque nosotros teníamos un gran equipo y éramos atracción en cualquier ciudad de Colombia.

En el primer tiempo, Lisanti, del Pereira, interceptó un balón en el medio campo y le dio un pase profundo a James Cardona. ‘La Guama‘ recibió el balón en el borde del área y yo, que estaba marcando el sector derecho, crucé a espaldas del central y me deslicé en el barro con la intención de puntear la pelota y mandarla al córner, porque si no Cardona quedaba solo para definir. Tuve la mala suerte de que se la clavé en el ángulo izquierdo al arquero argentino Ángel Comizzo. La verdad es que, para ser autogol, fue bonito. En ese momento me dije "un gol en contra, no pasa nada, a cualquiera le puede ocurrir".

El primer tiempo terminó 1 a 0 para el Deportivo Pereira. Ya en el segundo, cuando estábamos dominando el juego, vino un contraataque del Pereira que terminó con un inofensivo centro al área. Comizzo gritó "¡arquero!" y yo, que estaba atrás de él, agaché la cabeza de manera instintiva porque el centro era sencillo de controlar, pero a David se le escapó el balón de entre las manos porque estaba llena de barro y me pegó en la cabeza. Cuando vi que entraba lentamente al arco, quería que se abriera la tierra y me deglutiera. ¡Ya era demasiado!

A partir de ese momento, cada vez que tocaba la pelota, los hinchas del Pereira me gritaban: "Goooool. el tercero, el tercero". Para colmo, en la jugada siguiente me dieron un pase y yo estaba tan aturdido que se me escapó el balón por debajo de la suela y se fue al lateral. Me quería ir de la cancha. Miré al banco de suplentes para pedir el cambio, pero Pacho Maturana, que era el entrenador, me dijo: "No, mijito, usted se queda donde está". Fue un momento duro.

Por suerte, mis compañeros me alentaron en todo momento. Incluso, como sabían que yo cabeceaba muy bien, con cada córner que teníamos a favor me incitaban para que fuera a buscar la revancha. Pero yo estaba tan aburrido por lo que me había pasado que ni atacaba ni defendía, estaba bloqueado mentalmente. Perdíamos 2 a 0 con dos goles míos, increíble. Nunca había hecho un gol en contra y en un mismo partido metí dos.
La hinchada del América, en lugar de insultarme, se quedó en silencio, como respetando mi momento de dolor. Es que yo era muy querido por todos en ese equipo, porque tuve un rendimiento parejo, una regularidad que me hacía ser siempre titular. Y después de todo fueron dos goles fortuitos, sin ninguna mala intención.

No me acuerdo si el partido terminó 2-0 ó 2-1, porque mi mente borró todo lo que paso después. En los vestuarios, luego del partido, me escondía para no tener que enfrentar a los periodistas, pero los dos autogoles fueron noticia en todo el país durante toda la semana siguiente y no tuve más remedio que aparecer en noticieros, periódicos y radios para explicar lo sucedido. Un reportero gráfico me regaló la foto del primer autogol. Lo más increíble es que todavía la conservo en mi archivo privado.

Meses más tarde, con la ayuda de Dios, me tomé revancha contra el Pereira, porque hice un gol, ¡pero a favor! América ganó el partido, pero claro, de eso nadie se acuerda.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.