Al Mundial de México, en 1986,  llegué con una lesión de ligamentos cruzados externos. Lo ideal hubiese sido operarme, pero como sabía que iba a ser mi último Mundial preferí reforzar la musculatura con trabajos de gimnasio para poder estar presente en algunos encuentros. Telé Santana habló conmigo antes y convinimos que iba a comenzar en el banco de suplentes, ingresando en los segundos tiempos. Así sucedió frente a Irlanda, España y Polonia.

El partido más esperado fue el que jugamos en Guadalajara ante Francia, un gran equipo conformado por Platini, Giresse, Bossis, Tigana y Amorós. 

Cuando faltaban 20 minutos para el final y el juego estaba 1 a 1, Telé me mandó a la cancha en lugar de Muller. En el primer balón que recibí, habilité en profundidad a Branco que entró al área solo por la izquierda. Cuando intentó la gambeta larga, el arquero francés Joel Bats lo volteó y el árbitro cobró penal. Era nuestra oportunidad de pasar a semifinales. Quizá por mi delicada forma física, algunos compañeros, entre ellos Edinho, que era el segundo capitán, dudaban de mí a la hora de ejecutar el penal, pero yo les dije: "Si Zico siempre fue el encargado de los penales, ¿para qué cambiar justo ahora?". Tomé la bola y decidí ubicarla a la izquierda de Joel Bats, quien adivinó mi intención y desvió el remate. Mientras los franceses rodeaban al arquero para felicitarlo, Platini se me acercó y me acarició la cabeza en señal de consuelo. Fue un gesto muy noble y caballeresco de Michel que nunca olvidaré. 

Con 33 años y una gran experiencia en el fútbol, tomé esa falla como una situación más del juego y no me desanimé, sino que seguí corriendo porque en mi interior sentía que la victoria estaba cerca. Pero me equivoqué. El empate se extendió durante el tiempo suplementario y el pasaje a semifinales se decidió por tiros penales. Esos momentos claves sirven para detectar el verdadero temperamento de los futbolistas.
Cuando Telé preguntó a cada uno de mis compañeros quién quería patear, muchos se negaron diciendo que estaban fatigados o lesionados, pero yo le respondí que quería ejecutar de nuevo. No pensaba en una revancha personal, sino en ayudar al equipo. 

Me tocó el tercero de la serie y convertí ejecutando con fuerza y, por qué no decirlo, también con algo de rabia contenida. El destino quiso que en la misma definición fallaran dos especialistas como Sócrates y Platini, pero en la última serie Julio César erró y Luis Fernández le dio la clasificación a Francia. Esa fue mi triste despedida de la selección brasileña y de los mundiales. Por supuesto que la prensa me responsabilizó por mi decisión de ejecutar ese penal, sin estar en mi plenitud física. Yo les dije a todos los medios cuando llegué a Brasil después de la eliminación: "Para errar penales primero hay que tener la valentía de ejecutarlos. Y en los momentos decisivos, no son muchos los que se animan a hacerlo".

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