Armamos un parche entre mi hermano y yo, que somos montañistas, un amigo kayaquista y montañista que se llama Alejandro Roselli y Chacho Fernández, músico de profesión y pernicioso de espíritu, para hacer un recorrido poco común. Íbamos a atravesar la Sierra Nevada del Cocuy. Saldríamos de Güicán, dando un rodeo hacia el sur, en un recorrido de aproximadamente diez días, hasta el pueblo de El Cocuy.

El undécimo día llegamos temprano a la Laguna de la Plaza, ubicada en el borde entre Arauca y Boyacá. A partir de allí, teníamos dos opciones: la de pasar por entre dos picos llamados Cóncavo y Concavito sólo se podía hacer si había buen clima; ante la posibilidad de tormenta, y en consideración de que Chacho y mi hermano no son tan abejas para subir, optamos por la segunda, que consistía en coger la ruta del páramo. Teníamos brújulas y mapas, y raciones de comida para una jornada más, lo suficiente para llegar al mediodía siguiente a El Cocuy. Hasta entonces no había problema.

El problema apareció cuando pasamos por unos charcos pendejos, pinches pozos de agua lluvia, y los confundimos con un sitio llamado Lagunillas. Yo, aunque en el fondo tenía mis dudas, me dejé convencer, y paila: dimos una curva 500 metros antes del sitio convenido. A las seis de la tarde del undécimo día, tras una caminata estéril y sin referencias cartográficas que se adentraba en terreno selvático, nos convencimos de que estábamos perdidos. Acampamos al borde de una quebrada. Al otro día estaríamos más frescos, tendríamos luz y energías para retomar el rumbo, pero el optimismo se nos acabó cuando, a la madrugada del día doce, hicimos el inventario de la comida. Entre todos teníamos una libra de leche en polvo, una libra de panela, un pan duro y algunos choricitos de paté. Ante la sospecha de que el embolate nos podría durar días, distribuimos todo en raciones de fakir.

El plan no era el más inteligente ni el más elaborado sino el más sensato: seguir el curso de la quebrada para ver hasta dónde nos sacaba. Aparte, a 5.000 metros de altura en un bosque de niebla no se puede uno poner a hacer muchas gracias porque empieza a andar en círculos y ahí sí se jode. El día 13 ya se había ensanchado la quebrada y el día 14 ya era un río ancho y caudaloso. Eso nos tranquilizaba, pues pensábamos que tenía que llevarnos a alguna vereda habitada, a algún lugar civilizado. Lo grave eran las raciones de comida, pues a cada uno le tocaban tres cucharadas de sopa, un pedacito de panela del tamaño de un dado, un sorbito de leche y un bocado de paté por día, y con posibilidades de empeorar. A esa altura, y con agua venida del páramo, no se encontraban peces en el río. No había árboles frutales ni animales; solo tijeretas, unos pajaritos diminutos que anidan en las copas de los árboles. Muchas veces nos dábamos garra echándoles piedra y, nada, pura pérdida de tiempo y de nuestras ya tan escasas energías.

El día 15 ya se notaban en nosotros los estragos de la mala alimentación, el cansancio y la ansiedad. Ya cada vez avanzábamos menos, nos tocaba parar a reponer energías constantemente y estábamos peleando entre nosotros por cualquier pendejada. Tuvimos que deshacernos de casi todo el equipo de escalar; necesitábamos aligerar la carga y, al mismo tiempo, dejar un rastro por si alguien estaba buscándonos. También encontramos unas uvitas blancas y, después de dudar y dudar, elegimos a Chacho para que las probara y, si sobrevivía, pues nos las comíamos. Sobrevivió. Comimos y, por si fuera poco, Alejandro Roselli, que además de ser kayaquista y montañista es biólogo, descubrió que no estaban clasificadas.

El día 17 encontramos restos de campaña que podían ser tanto del ejército como de la guerrilla. Pero éstos no eran ni para preocuparse ni para alegrarse, porque llevaban allí mucho tiempo; eran casi fósiles. Quienquiera que los hubiera dejado, había sido por lo menos hacía un año. El día 18 caminamos como sonámbulos; débiles, tropezando contra raíces, piedras y baches. El día 19 se acabó la comida y empezamos a pensar en la muerte, en la posibilidad de desfallecer antes de llegar a algún lado. El día veinte, por fin, encontramos una trocha y, ¡eureka!, una huella de mula, suficientes signos de que alguien vivía por allí. No eran visiones de náufrago porque al poco tiempo llegamos a la parcela del primer colono de la Sierra para abajo, un tipo que se parapetó, sacó una escopeta y, luego de comprobar que veníamos en son de paz y que si viniéramos en son de guerra igual nos podía matar de una cachetada, nos dio comida y abrigo mientras repusimos fuerzas. Luego, nos indicó el camino para llegar a Sácama, un caserío en los límites entre Casanare y Arauca.

El tipo nos mandó justo adonde nos esperaba el frente Domingo Laín del ELN. Allí nos detuvieron. El comandante guerrillero nos recibió con "Huy, llegaron los famosos", pues para ese entonces los noticieros y los periódicos habían dado la noticia de nuestra perdida. Por la noche estábamos en nuestros sleeping bags maldiciendo nuestra suerte cagada de haber sobrevivido a semejante aventura y terminar secuestrados por la guerrilla, cuando el comandante vino y nos dijo que le había llegado por radio la orden de dejarnos libres. Nos mandó para Sogamoso, donde nos enteramos de que nuestros familiares habían pasado mil angustias y que la llamada había sido hecha por Inteligencia Militar. El ejército nos había rescatado sin necesidad de disparar una sola bala. Perdí 15 kilos; Alejandro, 14; Chacho, 8, y mi hermano, gracias a que yo le daba parte de mi comida, sólo 6. Todos estábamos demacrados y él había recuperado la línea.

Siete años después, mis amigos montañistas me la siguen montando: "Ah, van con Müller...", dicen, "pues cuidado se pierden".

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