Ese jueves era 22 de abril de 1999, cuando el Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) de la Fiscalía capturó en Villavicencio a Luis Alfredo Garavito Cubillos, responsable de la muerte violenta de 172 niños. Inmediatamente anunciaron la captura, mi mamá y yo quedamos fríos. Garavito trabajó a finales de los ochenta como mensajero de la empresa de asesorías tributarias que ella tenía en Chapinero.

En 1986, cuando yo tenía 13 años, Garavito había conseguido ese empleo haciéndose pasar por otra persona. Cuenta mi mamá que el personaje era bastante conflictivo y que hacía sus labores siempre de mala gana. De hecho duró poco en ese puesto debido a que descubrieron que tenía problemas con el trago y las drogas. El caso es que mi mamá preocupada porque no me fuera a pasar nada en las calles, mandaba a Garavito a acompañarme de la casa al colegio. Era un trayecto corto en realidad, pero recuerdo que en esas pocas cuadras este hombre langaruto y alto, de bigote y gafas (idéntico al que vio toda Colombia en las noticias), alcanzaba a fumarse unos seis cigarrillos. No terminaba de fumarse el primero, cuando ya estaba encendiendo el segundo con la colilla del anterior.

Mientras caminábamos, no musitaba palabra y, de hecho, cuando yo trataba de entablar conversación, el tipo abría los ojos de par en par y gruñía como perro rabioso. También recuerdo que a pesar de exhibir un temperamento ácido, Luis Alfredo tenía ciertos ademanes medio 'mariconescos'. A algunas personas las trataba con suma delicadeza y se irritaba como una niña ante comentarios fuera de tono.

Mi vieja me contaba que al parecer el tipo había tenido una infancia medio jodida y yo me preguntaba constantemente qué demonios le habría podido pasar para que se cargara semejante genio tan berraco. Nunca se me pasó por la cabeza que ese hombre llegara a convertirse en el peor asesino en serie del país o en uno de los cinco personajes más peligrosos del mundo. Lo veía como un tipo inconforme y gruñón, como muchos que se topa uno a diario en la vida, pero nunca lo consideré un trastornado mental.

Ese inolvidable jueves, mi vieja y yo nos enteramos a través de las noticias que nuestro ex mensajero había asesinado y descuartizado a más de 170 niños en once departamentos diferentes del país. Por fortuna mía y desgracia de otros, a mi compañero de caminatas al colegio sólo se le despertó su espíritu criminal en el año 1992, cuando mató al primer niño de su lista en el Quindío.

Gracias a Dios, a mí Garavito nunca me ofreció dinero como a otros, ni me llevó a sitios desolados, porque de haber sido así, ya sabrían en dónde habrían leído mi nombre. Seguramente en la lista negra de "La Bestia" y no en las páginas de esta revista.

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