Lo más cercano que he tenido a una mascota es un amigo fiel, de barrio, que tenía clarísimo que el sentido de la vida no era solo comer sino también dormir. Corrijo: la verdad es que una compasiva novia de mi hermano nos regaló, en los primeros días de agosto de 1990, un estanque ruidoso lleno de pececitos de colores, pero que, como se suicidaron sin ningún tipo de vergüenza (yo les dije que había que echarles menos comida), he preferido inventarme un pasado lejano, digno, probable, en el que ningún animal me hizo compañía. Quise tener, alguna vez, un perro ovejero. Y, aunque estuve a punto de ponerle nombre a uno que vi por ahí, nunca llegué a tenerlo porque me dio por pensar en lo tristes que se vuelven todos los seres vivos, en nuestros pequeños apartamentos, cuando no tenemos tiempo para ellos. Desde entonces les he entregado mi afecto a mis objetos favoritos: la colección de películas que he venido haciendo desde los cinco años, la biblioteca en donde me esperan los libros que me dicen "el mundo siempre ha sido así", el museo de inutilidades que se ha ido armando sobre mi escritorio.

Pero no es eso lo que quiero discutir. Si hablo de peces suicidas, de perros lanudos, de cosas leales, es porque una persona a la que quiero mucho está pensando en tener una mascota. Y yo quiero convencerla de que no sea un gato sino un perro.

Hace unos quince mil años, tras una selección natural de cientos de siglos que nos hizo habitable este planeta, los perros se convirtieron en buenos amigos de los hombres. Fueron los primeros animales en lograrlo. Mucho después, dos mil, tres mil, cuatro mil años después, fueron domesticados los marranos, las ovejas, las vacas, en fin, los animales que la junta del edificio jamás dejaría vivir en uno de los pisos altos. Y más tarde, en la búsqueda de enemigos para los ratones, harían su aparición los asustadores gatos caseros. Que desprecian nuestra torpeza. Que se mueven muy, muy rápido. Que vuelven, como hijos pródigos con los hombros encogidos, cuando han terminado de hacer lo que les da la gana. Que son, no cabe duda, mucho más inteligentes que nosotros. Pero que miran fijamente —qué miedo— como si no le bastara a uno con los ojos firmes de su propia conciencia. Yo, de ser ella, tendría un perro: ese es el punto. De ser ella me negaría rotundamente a hospedar en mi casa a una persona que solo se hace el animal cuando tiene mucha hambre.

Pero no tengo yo ninguna autoridad en este caso. Aunque de niño entendí, en las fábulas, que quien sabe vivir como los animales sabe vivir en el mundo, de grande me traumatizó la historia de un jardinero en Bogotá que (lo siento: así fue) volcó su pasión sobre una gallina, alteré una rifa de cumpleaños para que una niña adoptada se ganara un conejo que murió al día siguiente, conocí a unas hermanas en Viena que cuidaban a un par de ratas ("die Ratte, die Ratte" gritaban llevándome la mano a sus lomos arqueados) como si fueran hámsteres inofensivos y perdí toda una noche de mi vida escondiéndome de un gato implacable (odio a ese gato) bajo unas cobijas más bien mediocres. Lo único que podría decir, para ganar la discusión, es que odié a los perros así, en abstracto, como lo habría hecho un racista de los de antes, desde que un San Bernardo gigantesco fue extremadamente cariñoso conmigo, pero que en estos años, de vuelta en lo concreto, he conocido una pug, una springer spaniel, una rottweiler y una golden retriever que me han devuelto la fe en las mascotas que ladran. Diría que me ha ido bien con las perras, pero nada puede decirse en estos días sin que alguien se moleste.

Yo sé bien que el animal que llegue a la casa de la persona que estimo (sea un gato con los ojos abiertos o un perro que babee más de la cuenta) no encontrará, jamás, razones para suicidarse. Sé que no será uno de esos bichos enanoides (digamos no a los pincher) que le gruñen a todo lo que no conocen. Sé que se parecerá a sus dueños en que no tendrá dueños. Y que será una alegría verlo, en paz, en esa guarida que tanto se merece. Pero creo que es importante cerrar este alegato con la siguiente moraleja: tener una mascota me parece una buena idea si la mascota también lo tiene a uno: la gracia de cualquier amistad es que domestique a las dos partes. Yo, mejor dicho, tendría un perro.

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