Camine hasta la Plaza Santo Domingo, pero siga de largo. Ignore a ‘La Gorda’ de Botero, a los hippies y a los bailarines de turno que la volvieron insoportable. Llegue hasta la esquina en la que se cruzan la Calle Santo Domingo con Gastelbondo y ahí lo encontrará. Parece un café parisino, acaso un anticuario apostado para la tertulia, pero es Pelíkanos, un restaurante con vida propia.
Apenas justo en sus espacios, tiene unas mesas en las que el arte convive con la buena mesa. Mire por un instante los cuadros de Rubí Rumie, Rafael Dusán, Ramiro Cadena o Cecilia Herrera. Si se inspira puede pintar sobre los manteles de papel, para eso están.
Mire también los detalles, las máscaras y las antigüedades que Francisco Olano, uno de los propietarios y anticuario de profesión, ha puesto juiciosamente por todo el lugar: jarrones gigantes convertidos en coloridos aderezadores, cabezas de madera que parecen sonreír, una camarera sacada de un cuadro de Cogollo, tan encantadora como Ivonne Parra y Lucía Bohórquez, también dueñas del lugar.
Si pone oído, deambulará por la música de João Gilberto o Gal Costa, y luego, cuando usted ya se haya olvidado del bullicio exterior y se haya dado cuenta en dónde está, prepárese para comer. Las entradas son sorpresa y se cambian diariamente, así que sorpresa se quedarán. Eso sí, las disfrutará con un buen vino chileno de justa temperatura. La cocina de Pelíkanos recoge los 15 años de Olano en París y los mezcla con un toque antillano para producir recetas europeas en pleno corazón del Caribe: comida créole, traída de Francia para las Antillas. Recomendadísimos, la Langosta gratinada con mariscos, los Camarones al maracuyá y los platillos de calamares en salsa de aceitunas con cierto aire mediterráneo.
Coma y beba. El sitio es barato, (no más de $20.000 por plato), el vino está incluido en el menú y puede tomarse lo que quiera durante las primeras dos horas. Los postres lo entusiasmarán, en especial la Placa de chocolate suizo ‘al martillo’ que anda de mesa en mesa provocando uno que otro accidente. Y si tiene tiempo, (y suerte) siéntese un rato con Francisco o con Ivonne. Ellos le confirmarán lo que es regla entre los franceses: el secreto no está en la comida que se sirve a la mesa sino en la conversación que tiene lugar en ella. La perfecta comunión entre deliciosa cocina y buena charla. En Pelíkanos, a diferencia de otros congéneres de la ciudad vieja en los que hay más pompa y más dinero de por medio, hay personalidad. Hay vida.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.