Hace ocho meses desapareció un almacén de lámparas en plena calle 94 de Bogotá y se inició una obra monumental. En la pasada Navidad, las latas que cubrían la obra fueron retiradas y la construcción quedó expuesta ante todos. Desde afuera parece como si hubieran construido un búnker a escasas cuadras del parque de la 93. Pero no es nada por el estilo. Uno entra seguido por un hombre vestido de punta en blanco y cree estar en un templo oriental moderno. Y lo está. El lugar se llama Noura, que en árabe significa templo de luz, pero en él no hay espacio para credos ni fanatismos religiosos de ningún tipo. Si algo se venera de Oriente Medio es su comida, y si hay que mencionar el conflicto que allí viven, se debe decir que este es un templo de convivencia gastronómica, en el que se mezclan sin rivalidades, pero con gran maestría, sabores propios de Turquía, Palestina, Israel, Líbano, Egipto y también de Grecia, en platos exquisitos que unen esos pueblos como ningún diplomático podría hacerlo.

Los techos de Noura son altísimos y de ellos penden no más de tres o cuatro lámparas enormes que evocan con un estilo moderno las típicas de tela que en Oriente Medio iluminan las casas. Las paredes tienen texturas y colores que hacen pensar en la arena del desierto a distintas horas del día y unos mosaicos bellísimos dignos de mezquita. Los mesas, pufs y las dos barras que hay, una en el segundo piso donde queda el restaurante como tal y la otra a la entrada, en el primer piso, como complemento perfecto de un sofisticado lounge, parecen traídas de los lugares más distinguidos y modernos de Nueva York o Dubai, lo mismo que los cocteles que ofrecen, dentro de los que se destacan el apple martini y el daiquiri de mandarina. Lo que sí no podría confundirse con nada occidentalizado son los platos. Como entradas se destacan el clásico falafel y el mejshe warra aned (indios envueltos en hojas de parra). Como platos principales, el samak tayen (filete de pescado a la plancha con salsa taratur de tahine y cebolla, el shish kebab (chuzos mixtos a la parrilla) y el farruy bi lauz (arroz libanés) atayef (conos rellenos con crema malabie y pistachos con miel) y como postres, el malabie (crema de leche con pistacho y agua de rosas) y la polvorosa ogreive (galletas de mantequilla con almendras).

Noura es un templo gastronómico de luz, el último deseo que uno le habría pedido a la lámpara de Aladino si la hubiera encontrado en lo que quedó de ese antiguo almacén de lámparas para poder tener un restaurante de comida de Oriente Medio, sin tapetes persas, narguiles, inciensos ni un colombiano disfrazado de árabe a la entrada del que se diga, por ahí, que una vez un borracho lo pateó días después de aquel 11 de septiembre. Un sitio en el que uno pueda echarse unos tragos con estilo y acompañarlos con comida palestina o judía por igual.

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