Las telenovelas son, quizá, la mejor de las razones para ponerle a la televisión el dulce y silencioso velo del off. Porque qué gracia tienen los preámbulos tortuosos y los preparativos estrambóticos de un año largo para llegar a la conclusión de un matrimonio sabido. Mientras se resuelve el barullo sentimental, el público es entretenido por las gracias y los decires de algún payaso trillado y ordinario. Que bien puede ser un chofer, un vendedor de zapatos, un boxeador de medio pelo, un mago arruinado o un rábula con más caspa que sesos. Una vez se descubre que la pantomima del sobreactuado despierta simpatías entre los espectadores, vendrá la repetición religiosa del numerito, hasta que el gracioso de marras se convierte en protagonista invitado de las argucias de la propaganda, y de las fiestas familiares y los cumpleaños y los días de la secretaria.
Pero concedamos que los finales con bendición para unos novios predestinados y las ocurrencias de una caricatura de lo que llaman lo popular son simplezas necesarias para toda telenovela, y nadie con dos dedos de frente se alejaría de la pantalla por el solo hecho de que le ofrezcan los encantos de la obviedad y la monotonía. El verdadero mal de las telenovelas está dado por el eterno aplazamiento de las dichas prometidas. Hablo de las telenovelas exitosas, porque las malas tienen la encantadora virtud de terminar de repente. En cambio, los culebrones con taquilla agotan los infortunios, acaban con las penas, secan las lágrimas, exprimen las argucias de las brujas y los encantos de los galanes y todavía no pueden acabar; entonces, hacen que sus personajes se dediquen a comentar por teléfono sus asuntos menores o los ponen a llenar papeles en sus oficinas o a montar en carro o les inventan un paseo a la playa o -en el mejor de los casos- los llevan a un crucero. Y logran que la vida de una secretaria idolatrada sea tan aburrida como la vida de una secretaria a secas, y hacen lo mismo con las chapoleras, las putas redimidas, las divas de cantina o las viudas con acciones en Drogas La Rebaja.
Les prometo, entonces, damas y caballeros, que puedan ausentarse impunemente de sus telenovelas, por días, por semanas, por meses, sin riesgo de perder un beso con consecuencias o la apertura de un testamento o una muerte relevante o una traición que pueda llamarse tal. Dos capítulos al comienzo y dos al final bastarán para saberlo todo, incluso, uno puede privarse de la novela completa y seguir su trama en las conversaciones obligadas que saltan entre vecinos, amigos y parentela. Así que para qué tomarse el arduo trabajo de ver lo que nos llegará vía ósmosis, sin necesidad de recorrer un camino culebrón.
Habrá quien diga que las novelas tienen el encanto de mostrar a las divas locales en acción. Cosa que hay que desmentir de plano, porque la verdadera acción de las divas está más en los reinados, los catálogos, las portadas y el voyeurismo a la vida real. Prefiero a Carolina Gómez mostrando algún pliegue oscuro en una revista que llorando para los ojos de un detective criollo, y Amada Rosa está mejor vendiendo tangas que desvelando cachacos. Ni hablar de Cristina Umaña, quien luce más posando para el clic de su novio que haciendo de niña santurrona. Porque para colmo de males las novelas son recatadas y hasta la que transcurre en un burdel podría verse en un jardín. No sé si cuando dos de nuestras divas hacían de lujuriosas Hinojosas el asunto se trataba de una telenovela, pero es lo más estimulante que he visto en las tramas nacionales, ya me contarán si me he perdido de algo.
Pero falta la tapa. Las telenovelas vienen con enseñanzas y moralejas, parece que en remordimiento por la bobera que propagan se sintieran obligadas a abogar por las buenas acciones y entregar una lección. Así que en realidad son fábulas lloronas, con todo el catálogo de animales buenos y malos deambulando por un corral de oficinas de todos los pelambres. Y lo peor: ganan los buenos. Y se casan.

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